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La celebración del fracaso

Sólo los más fanáticos entre los fanáticos festejarán a la presidente por su discurso sobre derechos humanos, su alegato por el derecho a la vida en su sentido más amplio, y su denuncia de la xenofobia cuando, en el mismo instante en que expresaba estos conceptos, en territorio de jurisdicción de la policía federal bandas armadas de civiles ingresaban en el escenario de un conflicto conocido y que se había cobrado ya tres vidas, para generar más muertos y heridos, ante la ausencia completa de cualquier atisbo de presencia estatal. Quizá nunca antes el contraste entre el discurso de las bellas palabras presidenciales vitoreado por los cánticos militantes y el de un estado incapaz de garantizar los derechos fundamentales haya quedado tan en descubierto.

Es difícil pensar que el gobierno nacional quede tan indemne como sus máximos funcionarios lo pretenden frente a estos hechos. Al menos desde la muerte de Néstor Kirchner, la opinión pública parecía ganada por el conformismo, adobado éste por los periódicos anuncios de prosperidad ilimitada ofrecidos desde el gobierno (y avalados en parte por el crecimiento económico y el aumento del consumo). Los hechos de Villa Soldati, con su enjambre de pobreza extrema, violencia, xenofobia y, sobre todo, como explicitación del fracaso del estado argentino en el cumplimiento de varias de sus funciones esenciales, han sacudido a esta opinión adormecida, haciéndola, una vez más, despertar del sueño de la Argentina opulenta. Es cierto que el gobierno nacional había logrado hasta aquí contar con la complicidad de esa opinión haciendo simplemente caso omiso de aquellos temas poco agradables sobre los cuales carga con inocultable responsabilidad (desde la apabullante corrupción de Jaime hasta las cifras de inflación y su ocultamiento). La prensa gubernamental había optado – y logrado también, lo cual no es un dato menor – por ignorar esas cuestiones, sin siquiera considerar que fuera necesaria una versión oficial para explicarlas. Pero la decisión en este caso de limitar su rol a criticar las declaraciones del jefe de gobierno porteño en pos de lograr la ansiada polarización con la derecha podría no ser lo exitosa que se pretende. Cuanto menos, la situación pone en evidencia las limitaciones de la política kirchnerista de “no represión”, y de dejar a los actores sociales definir el orden de la calle bajo el argumento de evitar males mayores. ¿Cómo no preguntarse sobre el éxito de esta política cuando termina por permitir la resolución de conflictos mediante la violencia entre particulares, y que sostiene esa posición en forma explícita?

Como es natural, la decisión de utilizar la situación para erigir a Macri en el enemigo número uno encuentra en el jefe de gobierno porteño a un socio ideal. En efecto, también Macri se entusiasma con la apuesta por la polarización entre él mismo y el gobierno nacional. Y para eso tampoco duda en jugar con fuego, apelando a declaraciones tan repudiables por su contenido abiertamente discriminatorio como falsas.

En definitiva, las muertes absurdas que se incrementan con el correr de las horas en un conflicto definitivamente evitable revelan el triste espectáculo de gobernantes de un estado en crisis. Mientras aquellos juegan el juego de las apariencias en vistas a sus próximas postulaciones, éste se define incapaz de garantizar la vida de sus habitantes.

Posted in Política, Violencia y politica.

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