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Adiós 2010

2010 termina con un cuadro marcado por la recuperación de los índices de aprobación de la gestión de Cristina Kirchner, la fortaleza consecuente de su candidatura presidencial, y un arco opositor disperso y debilitado. Todo bastante distinto de cómo empezó. A ello se suma una acumulación de problemas pendientes o que se están incluso agravando (inseguridad, protestas violentas, inflación), pero ellos pueden o no convertirse en un nuevo factor de crisis para el gobierno. Si algo enseña 2010 es que a la oposición no le resulta la estrategia de esperar que el gobierno se equivoque para saltarle a la yugular: no porque este no le regale oportunidades para hacerlo; en verdad, este año que concluye, igual que todo el ciclo kirchnerista, está plagado de dislates, delirios, barquinazos originados en la estrechez mental, la baja calidad de la implementación o cosas por el estilo (Papel Prensa, Fibertel, Indec, Villa Soldati, y la lista sigue); pero en un contexto externo inéditamente favorable y con cierto entrenamiento en controlar daños y recoger el piolín sin que se note, Cristina ha mostrado que puede timonear, retener la iniciativa, y dejar conforme a una porción suficiente de la sociedad.

En cuanto a la actual fortaleza del gobierno en la opinión pública, es importante advertir que se trata de una ventaja en parte novedosa para CFK, porque desde el inicio de su presidencia –con el conflicto que desató el decreto de retenciones móviles- ella vio impotente cómo los índices de desaprobación aumentaban a lo largo del tiempo, en un largo ciclo de crisis de confianza. La “novedad” de este respaldo tiene un doble valor, porque él en parte al menos se experimenta como un “nuevo afecto” más que como reenamoramiento o reencuentro; es una suerte de “descubrimiento”, que encontró además un hecho simbólicamente perfecto para dispararse, la muerte de Néstor Kirchner: ésta creó la ocasión ideal para dejar atrás el pasado y dar inicio y empuje a un “nuevo ciclo”, el de Cristina. Permitió así que no se recuerde que la presidente decepcionó en un comienzo, ofreciendo en el mismo momento a la sociedad la oportunidad para decepcionarse de haberla criticado durante ese largo período, decepción que se ha volcado naturalmente en perjuicio de quienes impulsaron esas críticas. Sobre este relato es que el oficialismo ha venido trabajando desde el momento mismo en que las fuerzas de oposición se hicieran de un parcial control del Congreso, y puede decirse que ha logrado un considerable éxito.

Más precisamente, es posible identificar un ciclo, entre mayo y octubre, en el que el gobierno desplegó toda su artillería para construir este relato autocelebratorio y descalificador de la oposición y los sentimientos críticos que ella había logrado capitalizar. Los festejos del Bicentenario le dieron una buena ocasión para dramatizar una contracara de lo ocurrido a mediados de 2008, cuando la gente salió a la calle a protestar y solidarizarse con el campo. Ellos brindaron la ocasión para que la “facción kirchnerista” se nacionalizara y pudiera invertir la carga de la prueba sobre los opositores: ahora serían ellos los que deberían explicar su crispasión, su enojo, frente a un gobierno y un pueblo que aparecían felices y reconciliados. En segundo lugar, la intensificación de la guerra contra los medios logró producir un quiebre en la confianza ciudadana hacia la información periodística, con lo que el principal capital de los medios independientes se deterioró: aun cuando a lo largo de esa guerra el gobierno perdiera algunas batallas, e incluso hiciera unos cuantos papelones, que terminarían siendo costos aceptables para su ecuación. Finalmente, el duelo nacional por la muerte de Kirchner, prolijamente trabajado como acontecimiento público de reinvención de su figura y, a través de ello, de la del gobierno en su conjunto, dio el empujón que le faltaba para llevar sus índices de aprobación al nivel que disfrutaba en el comienzo del mandato y abrir un horizonte de futuro para un liderazgo que hasta ese momento aparecía atrapado por el peso de sus fracasos.

Hasta aquí los logros oficiales. No son pocos, aunque tal vez no sean suficientes para asegurarle un triunfo en 2011. Ellos revelan algo que es importante tener en cuenta: la gran fortaleza del kirchnerismo no es que sabe gobernar, sino que sabe armar el relato con que se justifican, tapan o achacan a otros sus errores de gobierno.  En cambio las fuerzas de oposición, a las que se achaca muchas veces déficits de capacidades de gobierno, tienen en realidad como problema central, que deberían atender si tienen verdadera vocación de disputar la presidencia el año entrante, cierta incapacidad para articular un relato alternativo, que cierre simbólicamente el ciclo kirchnerista y abra un nuevo horizonte.

En este marco, el estado de la opinión pública podría resumirse en la idea de que las cosas van “más o menos” pero que no está para nada claro si podríamos estar mejor ni mucho menos quién podría garantizar algo así. Existe, en consecuencia, una suerte de conformismo, una resignación a lo que existe y las posibilidades que hoy se ofrecen. Esa resignación tiene en gran medida que ver con la propia historia reciente del país, caracterizada por severas crisis económicas, y con lo que se percibe como ausencia de alternativas. En verdad, gran parte de la sociedad cree además que aunque “no estamos muy bien”, podríamos “estar bastante peor”, y que no hay “otros” (diferentes a “estos que están ahora”) que puedan propiciar que las cosas efectivamente mejoren. El conformismo se complementa así con sentimientos de frustración, desconfianza y, más genéricamente, resentimiento: dado que no se ven salidas, y se acumulan problemas no resueltos, es atractiva la explicación que liga esos problemas a la presencia de “malvados” que los causan, e impiden una solución. Así se puede racionalizar que siga sin haber solución, pero ya se tiene a un culpable a quien señalar, sea los empresarios por la inflación, el PO por los cortes de vías, o los medios por el clima de inseguridad. El oficialismo ha desplegado magistralmente su relato para incluir y usar en su provecho tanto el conformismo como el resentimiento, y con ello ha dejado a la oposición con argumentos que, si bien pueden ser en sí mismos bastante sólidos, carecen de fuerza explicativa.

No habrá chances para la oposición si no logra modificar este cuadro a partir de un discurso de reformas, que invite a hallar soluciones y no culpables. Por ahora, el relato oficial se impone. Por más descabellada que sea la interpretación y la solución oficiales para la usurpación de terrenos, para los trabajadores informales o “tercerizados”, o por más reclamos que existan por los cortes de luz, o la ausencia de billetes, el mal humor de la población no se traducirá automáticamente en una opinión que exija mejores políticas públicas.  Ha vuelto a haber muertes en las calles de la Argentina, por obra de patotas o de fuerzas represivas. Sería de desear que ello no se naturalice, ni que el gobierno se salga con la suya en su estrategia de dejarlas pasar y disipar su responsabilidad. Pero a la luz del antecedente de la inflación, en relación a la cual la sociedad argentina nos ha sorprendido también a lo largo de este año con su inesperada tolerancia, no cabe ser demasiado optimistas.

Haciendo sonar la alarma ante el derechismo de Macri y Duhalde, y no ante las muertes, ni ante la presencia de millones de personas dispuestas a correr riesgo de muerte para conseguir un lugar donde vivir y no tener que pagarle a las mafias de las villas altísimos alquileres, el gobierno deja en evidencia que no es su prioridad lograr una solución a estos problemas. Pero cierto es que tampoco la sociedad en general parece estar especialmente atenta al respecto, como no lo está ante la corrupción, el patoterismo ni la franca torpeza con que se maneja cotidianamente la cosa pública. Quizás sea hora de reconocer en esta sociedad tan poco exigente, que no exige mucho a sus gobernantes, apenas que la dejen consumir un poco, aunque el consumo esté muy mal distribuido y sea efímero, tener un trabajo, aunque sea ilegal y mal pago, y una escuela para mandar a sus hijos, aunque sea de baja calidad, y no sólo en el actual y anteriores “malos gobiernos”, el origen de nuestros problemas. Hacerlo no significa resignarse ante una fatalidad, sino todo lo contrario, advertir lo importante que es que una política de reformas contemple como urgente prioridad la educación política y la construcción de consensos de largo aliento.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.


3 Responses

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  1. fernando dozo says

    excelente análisis, Marcos

  2. FEr says

    Brillante último párrafo. Resulta llamativo como nadie se atreve a admitir que el gobierno “nacional y popular” enancó su éxito de gestión sobre las condiciones de posibilidad que dejaron los años más intensos de la política neoliberal. Tanto así que hasta hicieron del pago de la deuda externa una bandera de la independencia económica (???!!!!).

    Repito las felicitaciones por este detallado balance del 2010.

  3. Richard Kahre says

    Simplemente brillante.