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Gerenciamiento Presidencial y Manejo de Crisis

La crisis del Parque Indoamericano volvió a mostrar un rasgo ya puesto en evidencia por otras crisis políticas de los años kirchneristas: la dificultad de la Presidencia para procesar información, tomar decisiones y comunicar esas decisiones de manera adecuada a los actores pertinentes. Esta dificultad, habitualmente soslayada como de innecesaria consideración en tiempos normales, muestra sin embargo una debilidad clave del dispositivo de gobierno y pone en cuestión el remanido mito de la gobernabilidad peronista.

Tal como ante las movilizaciones de Blumberg, la tragedia de Cromagnon y el conflicto agrario, la reacción inicial de la Presidencia ante los enfrentamientos en el Parque Indoamericano fue el desconcierto. Este desconcierto muestra no sólo falta de previsión, lo cual puede resultar en algunos casos razonable, sino también, y fundamentalmente, problemas para procesar la información emergente – i.e. producir una definición de la situación, una proyección de escenarios, una evaluación de cursos de acción alternativos. Estos problemas parecen derivar de al menos tres fuentes. Por un lado, la ausencia de una adecuada evaluación sociológica de los actores participantes del conflicto, la cual debilita al extremo la capacidad presidencial para comprender la naturaleza de las demandas en juego, los incentivos y las restricciones de los actores y, por consiguiente, para elaborar respuestas estratégicamente realistas a la crisis. Por otro lado, la relativa desconexión entre el vértice presidencial y la burocracia permanente, la cual priva a la Presidencia de acceso directo a información y opiniones de diversas fuentes con mayor conocimiento directo tanto de los problemas como de las dificultades asociadas a posibles soluciones que el conocimiento disponible entre los asesores que constituyen el centro presidencial. Por último, la ausencia de asesoramiento técnico en el centro presidencial, la cual tiende a imponer una comprensión exclusivamente política de la naturaleza de las crisis y, por tanto, induce a la Presidencia a producir respuestas poco atentas a los aspectos técnicos de los problemas.

Tal como en casi todas las otras crisis mencionadas, las respuestas iniciales de la Presidencia a la crisis del Parque Indoamericano consistieron en acusar a sus adversarios políticos y en concentrar las energías en imponer entre la opinión pública su propia visión de la crisis. Estos patrones de respuesta derivan en parte de los sesgos ya advertidos en la etapa de procesamiento de la información, pero también de concepciones precisas, y evidentemente arraigadas, sobre el gerenciamiento del poder político. Por una parte, los presidentes kirchneristas han concebido el ejercicio del poder como ejercicio de la autoridad: el poder se maneja produciendo e imponiendo decisiones unilaterales. Por otra parte, han entendido a la distribución de fondos públicos como herramienta principal de ejercicio del poder: el poder se maneja encontrando modos de usar el dinero para resolver, o al menos neutralizar, los problemas. Estas concepciones obturan las posibilidades de construir legitimidad política entre los actores relevantes en apoyo a las respuestas presidenciales, y de producir respuestas a las crisis capaces de atacar la complejidad de sus dimensiones. Por consiguiente, las respuestas iniciales de la Presidencia a las crisis suelen estrellarse contra la falta de consenso entre los demás involucrados y contra la diversidad de capas inherente a cada problema.

Tal como en las otras crisis, la comunicación de la posición presidencial en la crisis del Parque Indoamericano resultó inconsistente y agresiva. La inconsistencia resultó, en gran medida, de las dificultades de procesamiento de la información ya marcadas y del fracaso político de las respuestas iniciales. La agresividad resultó del sesgo político invariablemente presente en la interpretación de la información emergente en las crisis, así como de la frustración ante el fracaso de las gestiones iniciales. Como consecuencia de ello, la Presidencia no fue en general capaz de persuadir a los actores involucrados sobre la adecuación de sus respuestas, ni de convertir las crisis en oportunidades para ampliar su capital político en la opinión pública sino para galvanizar el existente.

Estas formas de gerenciamiento del poder por parte de la Presidencia han producido, en general, el mismo efecto agregado: salir de las crisis por agotamiento de los actores involucrados y no por resolución de los problemas emergentes. Ninguno de los problemas que dio origen a estas cuatro crisis fue resuelto: la inseguridad ciudadana continúa rampante; el control público sobre las condiciones de trabajo y prestación de servicios en el sector privado sigue siendo deficiente; las políticas comerciales y fiscales que sesgan la inversión en el sector agrario y desincentivan su diversificación siguen vigentes; y las fallas administrativas y los criterios políticos de distribución de fondos que subtienden al fracaso del Programa Federal de Viviendas permanecen intactas. Las crisis cesaron, pues, por agotamiento de la capacidad de los actores para sostener su fase más virulenta: de Blumberg y sus apoyos para movilizar por el endurecimiento del régimen penal; de los familiares y víctimas de Cromagnon para peticionar por mayor ayuda estatal; de las organizaciones agrarias para movilizar por la eliminación de las retenciones y las trabas comerciales; de las agrupaciones territoriales en las villas para mantener bajo su control los terrenos ocupados. Las crisis fueron, entonces, desactivadas, pero los problemas subyacentes siguen latentes.

Este balance permite poner en cuestión la eficacia del dispositivo de gobierno actual y, a través suyo, la pertinencia del mito de la gobernabilidad peronista. El actual gerenciamiento presidencial del poder no parece capaz de resolver problemas, sino más bien de invertir recursos para mantener el status quo sin que éste derive en nuevas crisis. Este es, precisamente, el eslabón débil de la cadena argumental que sostiene el mito de la gobernabilidad peronista. Según este mito, sólo el peronismo puede gobernar porque sólo él controla las organizaciones de base capaces de parar la estructura productiva y generar caos en las calles. Pero este mito se sostiene sobre dos pilares que el manejo kirchnerista de las crisis muestra como precarios: 1) el control sobre las organizaciones populares requiere la inversión permanente de recursos y, por ende, su disponibilidad; y 2) la eficacia de ese control requiere la persistencia de los problemas que las organizaciones atienden distribuyendo políticamente los fondos públicos. La gobernabilidad peronista es posible, entonces, si hay fondos disponibles y si se aplican políticas sociales conservadoras que consisten en distribuirlos discrecionalmente antes que en resolver los problemas estructurales. El manejo de la crisis del Parque Indoamericano muestra que ambos pilares son necesarios para mantener la gobernabilidad: si la inflación destruye el valor de los fondos distribuidos o una decisión ajena incrementa bruscamente su demanda, ni un presidente peronista puede garantizar que las organizaciones de base que le profesan lealtad puedan mantener la paz social.

Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina, Politica Económica.

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3 Responses

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  1. Alejandro says

    Chicos, incorporen un botón “Compartir” para sitios sociales. Muy interesantes los conceptos. Felicitaciones Alejandro!

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Alejandro, comparto tu argumento sobre lo caro e ineficiente que es el particular modo de “gobernabilidad peronista” que ofrece Cristina, pero para matizar, no te parece también que en la crisis del Parque Indoamericano no hubo una demostración de la capacidad de la presidente de revisar sus errores iniciales, recoger el piolín y zafar? Creó el Ministerio de Seguridad, Selló un pacto con Macri impensable hasta entonces, y se alejó de los tomadores de tierras, todo sin pestañear, me parece que en eso fue más eficaz de lo que solía ser Néstor, no te parece?

  3. Alejandro says

    Estimado Marcos, Efectivamente parece haber habido un aprendizaje: en el agregado, el resultado final puede ser adecuadamente caracterizado como lo hiciste. Pero no estoy seguro de que se trate de una diferencia cualitativa con crisis anteriores: se siguieron los mismos pasos que en crisis anteriores, sólo que con mayor velocidad; se llegó a una salida, pero – igual que en las crisis anteriores – no a una solución. Fue más eficaz, entonces, en alcanzar resultados equivalentes a las salidas de otras crisis, pero no en resolver los problemas.