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El huevo de la serpiente reeleccionista, la “perversión” K y sus efectos anestésicos

Fue sin duda con conocimiento de causa que Sergio Massa explicó, a la embajadora norteamericana en Buenos Aires en una de las charlas que hace poco conocimos gracias a los cables revelados por Wikileaks, que hay una buena dosis de perversión en el ADN del poder kirchnerista. Compuesto de desparpajo y apenas disimulada violencia, ese rasgo le ha permitido hacer pasar gestos e iniciativas insólitamente brutales, como si fueran lo más normal del mundo. Una pequeña muestra: en la reciente inauguración de las sesiones legislativas la presidente, con total naturalidad y su habitual sonrisa sobradora, retó a Cobos “y su gente” por no respetar las instituciones ni tener educación, al haberse atrevido a imitar (sin mucho tino por cierto), los cantitos de cancha con que las barras de La Cámpora acompañaban simpáticamente el discurso presidencial, y que Cristina avaló en cambio con el gesto cómplice de quien se siente dueña del lugar y dicta las reglas de juego.

Ese discurso sirvió también para que la jefa de la facción gobernante desmintiera a una de sus más entusiastas y verborrágicas seguidoras, Diana Conti, respecto a la posibilidad de que el oficialismo impulsara una reforma constitucional para introducir la reelección indefinida del presidente (que se haría tragable con el dulce de un simultáneo cambio de régimen en dirección al parlamentarismo). Cristina afirmó que esa reforma no estaba en sus planes. Pero lo hizo con un argumento que sutilmente transmitió el mensaje contrario: no dijo que descartaba la reelección indefinida por la concentración del poder que ella supone, sino porque no contaba con mayoría parlamentaria para imponerla, y porque la oposición en el Congreso ya había mostrado durante el último año que entorpecería todos sus planes, como cuando “no le aprobó su presupuesto”, ocultando el hecho de que eso fue lo que el oficialismo buscó, para ignorar por completo al Parlamento. En buen romance, lo que la presidente dijo fue que la división de poderes es un obstáculo y que la sociedad se equivocó al repartir el poder de forma más equilibrada en 2009; que mientras esté “en otras manos” del Congreso sólo puede esperarse que “trabe al gobierno”, y que si éste va a impulsar cambios, no será a través de la negociación y el acuerdo con las demás fuerzas políticas sino de los resortes que controla monopólicamente.

La conclusión que cabe extraer de ello no es muy estimulante: la sociedad será sometida una vez más a la presión de una opción del tipo “yo o el caos”, para devolverle la suma del poder a la señora; por lo que no hay que guardar muchas esperanzas respecto a una posible moderación de su estilo o de sus objetivos; seguirá buscando horadar, hasta romper si puede, los límites a su poder, porque hacerlo está en su naturaleza.

En el episodio del anuncio y la desmentida del proyecto reeleccionista se revelan otras dos cuestiones. Primero, que la perversión K también se vuelve contra sus propios seguidores cuando ello es necesario: ¿alguién puede creer que Diana Conti se largó sola a hablar de un tema tan delicado? Igual que Horacio González con su infausto pedido de censura contra Vargas Llosa, lo más penoso de estos episodios es ver a los dóciles instrumentos de la voluntad presidencial ir para un lado o el otro según le convenga a la patrona, dejando por el camino hilachas de dignidad personal y profesional.

Segundo, que el oficialismo va sembrando las semillas que espera le permitan, con el paso del tiempo, la normalización de la anormalidad. Ya hemos visto cómo funciona el mecanismo en un buen número de “desbordes”, que se dosifican hasta la medida justa que permita desarmar las resistencias, y ampliar el alcance del poder oficial en detrimento de la vigencia de la ley y de la república. A este respecto, el episodio del corto “Nunca menos”, podría ser considerado sólo otro “exceso” pintoresco si no fuera por lo sistemático del procedimiento: tras el escándalo inicial, habiendo medido la capacidad de reacción y los posibles daños colaterales, se redujo el corto de 4 a 1 minuto y se hace pasar por aceptable, moderado, en suma normal, que el estado sea cada día más y más utilizado para fines partidistas. Así como en su momento se naturalizó que el Indec no informara sobre los precios que mide, y los denunciantes y despedidos del organismo se deban hoy “conformar” con no ser enjuiciados por supuestos crímenes cometidos en el cumplimiento de su trabajo o en la difusión de información que contradiga las cifras adulteradas.

Entre los significados que para el kirchnerismo posee la celebrada “repolitización” de nuestra vida pública se destaca el que “lo normal” se puede fabricar, y que administrando los pasos y recursos adecuados lo que es en cierto momento “intolerable” puede hacerse pasar poco a poco como inevitable. Como enseña la famosa película de Ingmar Bergman sobre el origen del totalitarismo, el espíritu humano demuestra su extremada disposición a adaptarse a las circunstancias cuando es paulatinamente sometido a cambios que le quitan una a una sus libertades, sobre todo si le proveen algunos incentivos materiales mientras tanto. El poder puede entonces salirse con la suya. Utilizando en su provecho incluso las tenues muestras de resistencia de sus víctimas para perfeccionar su control sobre ellas. Massa tiene razón. Lástima que haya hecho su advertencia sólo en un ámbito reservado y ella no alcance entonces para quebrar el efecto de tanta anestecia.

Publicado en el diario Perfil del domingo 6/3/2011

Posted in Política, Politica Argentina.