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Aportes al debate: ¿cuánto penetra el kirchnerismo en el sentido común?

En una excelente nota publicada en La Nación el pasado viernes 4 de marzo, Beatriz Sarlo analiza lo que llama “hegemonía cultural del kirchnerismo” basándose en el publicitado candombe “Nunca menos”, y el soporte que permite transmitirlo con algo de audiencia, el fútbol para todos. La idea de Sarlo es que ya con el título del candombe el oficialismo logra una síntesis de la experiencia democrática, “incorporando” el Nunca más de Alfonsín en una fórmula para su exclusivo beneficio: el kirchnerismo va así “más allá”, moviliza y sintetiza tradiciones, crea una hegemonía.

Tengo mis dudas de que exista tal hegemonía. Y más todavía, de que se pueda siquiera colegir de los esfuerzos por construirla una operación de “síntesis de tradiciones”. Más bien me inclino a pensar que el éxito de las operaciones de reconquista de la opinión pública realizadas por el gobierno en 2010, paradójica pero sobre todo sintomáticamente posibilitado por la desaparición de Néstor Kirchner de la escena política, no hacen más que reforzar el carácter faccioso, “particular” y no “nacional” del kirchnerismo como fenómeno político, y por tanto la debilidad de sus raíces populares.

Para decirlo mal y pronto, la renacida imagen positiva de Cristina no obedece a las causas que ella y sus seguidores dan, ni a nada muy nuevo que esté pasando en la sociedad, sino a otros motivos más llanos y sencillos, sobre los que, además, ya se ha escrito bastante: acelerado crecimiento económico, amplia disposición de recursos de uso discrecional, y debilidad de la oposición. Si estos motivos parecen hoy no ofrecer una explicación suficiente no es por un déficit intrínseco, sino porque el pronóstico que con ellos se elaboró desde la política y la reflexión opositora falló: como no se cumplió la prognosis de que después de la crisis en que se sumió el gobierno entre 2008 y 2009 sería tan fácil derrotarlo como había sido en su momento vencer a Menem en su penoso segundo mandato, hoy muchos tienden a creer que hay una fortaleza K, hecha de logros, significados, entusiasmos y raíces culturales que no se habían visto; y por cierto que algo de eso hay, pero conviene no exagerar. Si la oposición está viendo con desesperación, para seguir con la analogía con los noventa, cómo “retrocedemos del 97 al 95” y se toma el trabajo por demás saludable de buscar una explicación, creo que el menor de los problemas que tiene por delante es el de su relación con la opinión pública; es mucho más grave la pobreza de sus ideas y la falta de capacidad organizativa para convertirlas en acciones.

El caso de Fútbol para Todos es bien ilustrativo. Su creación fue sin duda un acierto para el gobierno, le proveyó público a sus campañas propagandísticas, que de otro modo hubieran seguido teniendo probablemente de público sólo el reducido núcleo de votantes fieles en el que ya no tenía sentido seguir invirtiendo más y más dinero. Sin embargo, la iniciativa sigue siendo muy impopular según las encuestas: alrededor del 70% la rechaza. No es como dice Sarlo que resultaría inútil objetar que el dinero público podría invertirse mejor en promover el acceso de los sectores excluidos al deporte, porque lo cierto es que eso es lo que piensa buena parte de la opinión pública, incluida la mayoría de los que ven fútbol. La pregunta decisiva a hacerse es entonces por qué tan pocos opositores han estado dispuestos a criticar esa política, por qué casi todos los precandidatos de oposición han dicho en los últimos tiempos que seguirían adelante con ella. En suma, ¿por qué no hay un discurso opositor más representativo de la opinión pública, que objete las pretensiones hegemónicas del kirchnerismo al menos allí donde ellas carecen de sustento popular?

La cuestión de la memoria de Néstor Kirchner es otro costado de este mismo problema. Sospecho que la revista Barcelona dio en el clavo cuando en una de sus últimas ediciones se preguntó irónicamente “¿quién se acuerda de Néstor?” Más allá del rito de nombrarlo en todas las reuniones K, disfrazarlo de eternauta es también revelador. La operación realmente efectiva en relación a la opinión pública es el olvido, no el recuerdo, es haber podido autonomizar a Cristina de su marido y jefe, para permitir una revaloración que ciertamente no es extensiva a la figura de éste.

Y esto permite retomar la que creo entender es la cuestión clave para analizar la supuesta o real “hegemonía K”: su mayor o menor capacidad para articular cosas distintas, para hacer una síntesis de lo diferente. El militantismo cristinista está haciendo todo lo posible para dificultar esta tarea, y tal vez pueda sacar provecho circunstancial de las ventajas que ha logrado sacarle a las fuerzas opositoras para obtener una victoria en 2011, pero es probable que lo haga a costa de sus posibilidades de nacionalizarse, de penetrar profundamente en el sentido común. Puede que no sea tan efímero como resultó el menemismo. Pero ¿será capaz de superar las barreras que dificultaron la nacionalización del primer peronismo, y que todavía hoy, después de medio siglo de disputas siguen operando contra sus pretensiones hegemónicas? No creo que esta historia se vuelva a repetir, porque si hay un espacio en que el kirchnerismo no ha logrado penetrar muy abajo ese es precisamente el mundo peronista, y porque la dificultad más seria que aquél peronismo y este modelo K hallaron para ser hegemónicos es la misma, pero hoy es más seria que a mediados del siglo XX: se trata de su irresuelta relación con el liberalismo político, tradición por suerte más sólida en nuestros días que cuando Perón llegó al poder, y que de todos modos, como bien señala Sarlo, los kirchneristas igual que el general menosprecian, o suponen erróneamente poder digerir en sus propios parámetros),  pero del que no pueden prescindir sin dejar de ser lo que finalmente son, populismos moderados, no revolucionarios. Allí es donde, de nuevo, Sarlo da más crédito del que se merece el “nunca menos”: porque él es ante todo y literalmente, una negación del “nunca más”, un esfuerzo absurdo y autodestructivo por borrarlo del mapa para volver a ser lo que los kirchneristas fueron o quieren creer que fueron antes que él.

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