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La hegemonía y su eterno retorno

Últimamente se viene discutiendo mucho sobre la conformación de una hegemonía kirchnerista. El debate es sin duda importante, pero no deja de ser significativa la terminología en la cual se enmarca: la noción de hegemonía sigue apareciendo como una categoría esencial para comprender los procesos políticos en la Argentina. Es un elemento llamativo si tenemos en cuenta que, en otros países, el concepto de hegemonía no tiene demasiada (si alguna) presencia en los análisis políticos. Difícilmente se lea o se escuche de la “hegemonía” de Obama en Estados Unidos, de Merkel en Alemania, o de Sarkozy en Francia. Entonces viene al caso la pregunta: ¿por qué la política argentina se piensa a sí misma en términos de hegemonía? ¿Por qué, casi medio siglo después de la introducción de este concepto proveniente del marxismo italiano, sigue siendo dominante en los análisis políticos?

Como todo concepto, “hegemonía” no es una categoría neutra ni transparente. Su articulación conceptual tiene una historia específica, ligada a los debates internos del marxismo respecto de cómo desarrollar la acción política. La intervención de Gramsci, que fue quien dio al concepto de hegemonía su máxima profundidad teórica, se proponía resaltar la autonomía de la esfera propiamente política y de la lucha ideológica, en contraposición a la idea de que los procesos económicos resolverían por sí mismos los procesos políticos. La noción de hegemonía resalta entonces la idea de que la acción política se basa en una “batalla” (el lenguaje militar que subyace a esta noción debe ser tenido en cuenta) por el sentido común. La clase social hegemónica es aquella que consigue que sus ideas particulares sean asumidas por la sociedad en su conjunto, algo que se logra controlando, o al menos influyendo, en los espacios de difusión ideológica: las instituciones educativas, los ámbitos de socialización, los medios de comunicación.

Para preservar el valor teórico del concepto, es necesario evitar sobre-extenderlo. No todo predominio político es “hegemónico”; es decir, no todo predominio político se basa en el convencimiento ideológico. Ya Gramsci había distinguido entre hegemonía y coerción estatal. Si interpretamos flexiblemente este último elemento, deberíamos tener en cuenta que la política argentina pasa en gran medida por aparatos locales, donde los incentivos para votar a uno u otro candidato tienen muy poco que ver con preferencias ideológicas. No hay “hegemonía” cuando alguien vota a un gobierno porque teme que si su representante local pierde, dejarán de llegar bolsas de comida, subsidios, o que perderá el trabajo. En la Argentina, el control del aparato estatal y de diversos aparatos partidarios sigue siendo un elemento central del predominio político.

Es importante distinguir también (y esto es a menudo ignorado) entre hegemonía y coalición. Una coalición es un acuerdo entre actores cuyas ideas e intereses son previos y permanecen sin modificaciones tras su ingreso a la misma. Que un gobierno consiga la adhesión de una serie de actores a quienes beneficia, económicamente o de otro modo, a través de sus políticas, no implica necesariamente una transformación ideológica de dichos actores, ni de la sociedad en su conjunto. Para que haya hegemonía, los intereses e ideas de los actores deben ser modificados, que no es lo mismo que ser satisfechos. Conseguir el apoyo de la CGT otorgando aumentos salariales no implica de por sí una transformación ideológica de la CGT, como tampoco lo implica obtener el apoyo de organizaciones de derechos humanos por juzgar a los responsables del terrorismo de Estado.

Una objeción a este razonamiento sería que aún una coalición de intereses implica en alguna medida una transformación ideológica. Es posible. Pero en la medida en que el predominio político se base en la capacidad de sostener un acuerdo de intereses que, en caso de no poder sostenerse, socava dicho predominio, pone en duda la prevalencia de la dimensión ideológica que subyace al concepto de hegemonía. De nuevo: este concepto tiene que ver con la transformación ideológica de los actores, y no con los acuerdos entre actores con ideas e intereses pre-existentes. Si la permanencia en el poder se sustenta principalmente en recursos de política pública, es dudoso que exista una “hegemonía”.

Debemos, por último, distinguir entre “hegemonía” y moda o climas electorales, otra distinción a menudo ignorada. La opinión pública suele entusiasmarse circunstancialmente con ciertas ideas y con ciertas figuras. Pero eso no constituye hegemonía, en la medida en que dichas ideas o figuras no adquieren una cierta persistencia en el imaginario de los actores colectivos. El entusiasmo circunstancial con un gobierno debido a una coyuntura económica favorable, a un estilo popular y novedoso, a la influencia de ciertas personalidades, y demás, no implica que las ideas de dicho gobierno pasen a ser asumidas por la sociedad en su conjunto. De hecho, los entusiasmos electorales suelen demostrar lo contrario: cuando el clima favorable se termina, la reacción ideológica tiende a arrasar con las ideas que, hasta ese momento, parecían incontestables.

De todo esto se desprenden dos conclusiones posibles. La primera es que la dimensión propiamente “hegemónica” de la política es más reducida de lo que normalmente se piensa. Muchas veces se habla de la “hegemonía” de un gobierno cuando, si nos atenemos a la especificidad del concepto, se está refiriendo en realidad a dimensiones no hegemónicas del predominio político: dominio de aparatos estatales, formación de coaliciones y climas de opinión. En ese caso, podríamos preguntarnos si la sobre-extensión del concepto de hegemonía no responde a un cierto sobredimensionamiento del aspecto ideológico del predominio político, y al hecho de imaginar que ciertos escenarios políticos cuentan con una consistencia y una persistencia mayor de la que en realidad tienen.

La segunda conclusión posible, más radical y tal vez más realista, es que la hegemonía ha perdido especificidad conceptual porque la misma no consigue explicar la pluralidad de dimensiones que atraviesan a la política contemporánea. Condensar conceptualmente la pluralidad de mecanismos en los que se sustenta el predominio político de un actor puede ser una forma de esconder dicha pluralidad. En otras palabras, ese predominio puede no ser otra cosa que la convergencia de modas sociales, coaliciones circunstanciales de intereses, dominio sobre ciertos aparatos, y demás elementos lo suficientemente heterogéneos entre sí como para ser conceptualmente unificados. De esto son tal vez más conscientes los actores políticos, siempre pendientes de la multiplicidad de mecanismos en los que se sustenta su poder, que los analistas, muchas veces ansiosos por totalizaciones que reduzcan la complejidad de los fenómenos.

Sea reevaluando la amplitud del concepto o reconociendo su caducidad, es importante no solo analizar los fenómenos “hegemónicos”, sino preguntarse por qué la política argentina se piensa a sí misma en términos de hegemonía.

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