Skip to content


Simplemente confianza*

por Eliseo Verón

Me parece que en las últimas semanas se ha esbozado un debate implícito interesante, relativo a ciertos aspectos de la estrategia del Gobierno. Digo implícito porque no resulta de una polémica directa, sino del intertexto entre artículos publicados en distintos medios, principalmente por Beatriz Sarlo, Tomás Abraham y Manuel Mora y Araujo. Esperemos que el debate se vuelva explícito mañana martes, en el seminario organizado por el Centro de Investigaciones Políticas (CIPOL), donde estarán presentes, entre otros, los que aquí se mencionan –incluido el suscripto.

Me permito tomar los tres artículos de Beatriz Sarlo en el diario La Nación (4 y 12 de marzo y 7 de abril) como una secuencia sintomática. En el primero, Sarlo retoma la noción gramsciana de “hegemonía”, a la que califica de “creencia indispensable y misteriosa” y se la adjudica sin dudar al actual gobierno (el artículo se llama “La hegemonía cultural del kirchnerismo”). Bueno, no me parece claro decir que la hegemonía cultural es una creencia; es más bien una metodología de ejercicio del poder, que sólo es eficaz en el tiempo si genera creencia. Pero el deslizamiento no es casual: el artículo contiene apreciaciones sobre efectos de identificación y de creencia que resultarían de las operaciones de propaganda del Gobierno (particularmente el candombe “Nunca menos”) que a mi juicio no expresan otra cosa que los efectos que tuvieron en Beatriz Sarlo, dado que no se aporta prueba alguna respecto a sobre quiénes, en qué medida y con qué alcances esos efectos se habrían producido. Es verdad que proclamar, a partir de una evaluación personal de esas campañas –tan respetable como cualquier otra–, la hegemonía cultural del kirchnerismo es un acto político mediatizado que seguramente tiene también sus efectos. Con el mismo espíritu de esa primera columna, la segunda recoge apreciaciones positivas de la autora relativas a “la felicidad de la fiesta” y la “buena onda” de la militancia cristinista después del acto en Huracán. El anti-clímax llega con el tercer artículo (“La superficialidad del mal”), que comenta la muestra de “Homenaje al pensamiento y al compromiso nacional” en el Palais de Glace, de la cual Tomás Abraham hizo en PERFIL una elocuente crónica. Supongo que a Beatriz Sarlo le debe haber sido difícil seguir hablando de “hegemonía cultural”. A este respecto, el tono feroz de la columna de Abraham del 12 de marzo sobre las “Batallas culturales”, en este mismo diario, me parece la reacción adecuada. La propia Sarlo reconoce la gravedad de tratar de inducir (y aquí seguimos hablando de la producción y no de los efectos) a tirar pelotas al gorila o a escupir a las imágenes de ciertas personas. Estamos de acuerdo en que el mal “superficial” es socialmente siempre el peor –el mal profundo se lo dejamos a los asesinos seriales de la novela negra–. Ese mal superficial de la “gente del común que a priori no tiene nada de malvado” es el que suele alimentar, llegado el caso, el racismo, el antisemitismo, la homofobia. Pero entonces, de esa muestra sobre el “pensamiento nacional” no podemos contentarnos con decir, como hace Sarlo, que tiene algo que ver con “el aire de los tiempos” y resumirla en la frase “si no podemos hacer la revolución, podemos macanear un rato”.

Concuerdo con la advertencia de Manuel Mora y Araujo en su artículo del 16 de abril en este mismo diario: “Las ideologías pueden servir, a veces, para fundamentar decisiones de gobierno. Raramente sirven para conseguir votos. El voto en la Argentina se define por fenómenos de identificación y de representación política. El votante vota a quien siente que le está hablando a él; la mayoría de la gente no busca representantes por motivos ideológicos”. Esta observación, me parece, refuerza la hipótesis de que si bien el Gobierno controla de manera por el momento exclusiva la agenda política, su vínculo con los que lo apoyan no es en modo alguno asimilable a un fenómeno de hegemonía. Tengo dudas sobre lo que Mora y Araujo entiende por “fenómenos de identificación”; en todo caso, se me ocurre que la distancia entre aquel momento de la historia italiana en que Gramsci reflexionaba sobre la hegemonía y la coyuntura en que se encuentran en este nuevo siglo muchos de los regímenes republicanos (entre ellos el nuestro) remite a la diferencia entre mecanismos que buscan activar una configuración de creencias y procedimientos de comunicación destinados a generar, simplemente, confianza.

*Publicado en el diario Perfil el 24 de abril de 2011

Posted in 8 años de Kirchnerismo, Elecciones 2011, Kirchnerismo, Política, Politica Argentina, Populismo, Seminarios.


One Response

Stay in touch with the conversation, subscribe to the RSS feed for comments on this post.

  1. Alejandro María Cardoso says

    Me parece que todos advertimos que de parte del gobierno existe realmente un intento de hegemonizar, probablemente no la cultura entendida como “ilustración”, sino la cultura en sentido amplio, todo lo cual se deduce del inaudito poder de fuego gubernamental puesto de manifiesto en las continuos mensajes oficiales y en la inmensa construcción de un multimedios para-oficial para el endiosamiento propio, y la demonización ajena.

    Creo que, como comenta Abraham en una de sus notas, las “cultura” en sentido estricto no es fácilmente domesticable, como lo demuestran las magníficas y nada complacientes manifestaciones culturales que florecieron en medio de tantas dictaduras.

    Pero no creo que exista contradicción en lo que Sarlo llama Hegemonía cultural del Kirchnerismo, que es tanto un ejercicio de poder como una creencia de quienes lo detentan, y en ocasiones, también un efecto social.

    Claro que este instrumento será eficaz si genera creencia, si genera aquél efecto social buscado. ¿Pero qué tipo de creencia? ¿Podemos definirla con precisión? Difícilmente. Pero en cambio si podemos afirmar que es un tipo de creencia que busca el mayor alcance posible. Y aunque coincido con Abraham en que estas batallas culturales a la larga se pierden, basta con conseguir la aspiración de mínima: que se convenza a la cantidad de gente suficiente capaz de aportar los miserables puntos que faltan para ganar en primera vuelta en las próximas elecciones.

    Y en realidad noto que esa hegemonía en diminutivo, precaria, fugaz, pero eficaz al fin, se está ganando. Mora y Araujo dice que las ideologías raramente sirven para conseguir votos. Coincido: raramente. Pero Mora y Araujo nos está diciendo también que en algún caso (raro) SI sirven para ganar elecciones. Creo que estamos ante un ejemplo de esta situación excepcional: el hegemonismo ideológico –enfermizo, a mi juicio- si no logra todo lo deseable, esta al menos en capacidad de aportar lo necesario para ganar una elección.

    Sucede que ganar las elecciones significa, en nuestro caso, que un proceso político personalista que va desnaturalizando el frágil contexto institucional -a veces sin cambiarlo sino sólo forzándolo- va a permanecer doce años, y tenía previsto hasta la muerte de Kirchner hacerlo por mucho tiempo más.

    Quizás no sea cultural en alguno de los sentidos, pero ese proyecto personalista, completamente vigente a pesar de aquella muerte, es pura y absoluto hegemonismo. Y tengo para mi que la diferencia fundamental entre la simple confianza y el hegemonismo, es que éste último busca la fidelidad a través del odio y el pensamiento unilateral.