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La reglamentación sobre las listas colectoras

Esta es la versión completa (y con el título original) de la nota que publicamos con María Page de CIPPEC en Clarín el sábado pasado.

Sin límites a la promiscuidad electoral: ahora todos podrán ir con todos

Por María Page y Gerardo Scherlis

La reciente reglamentación sobre las listas de adhesión o colectoras (Decreto 443 del 14 de abril de 2011) supone una noticia buena y una mala. Primero la buena: el gobierno estableció claramente qué es lo que se puede hacer en esta materia, despejando las dudas e incertidumbres que hasta ahora motivaban interpretaciones de todo tipo. Para quienes desde hace tiempo pedíamos que la norma jurídica fijara criterios claros en la materia, esto podría ser visto entonces como un avance. La mala noticia consiste en que la decisión es la peor de todas las posibles en este campo, ya que tenderá a crear mayor confusión e inequidad en el proceso electoral. Para peor, se ha legislado en materia electoral por medio de un decreto (pequeño detalle que parece haber pasado inadvertido).

Lo cierto es que el decreto reglamentario no deja lugar a dudas: las listas colectoras serán ahora aceptadas en todas sus variantes. No sólo eso, sino que se permitirá incluso que diferentes alianzas que hayan concurrido a las elecciones primarias por separado compartan luego una misma boleta en las elecciones generales. Aunque la ley estableció un plazo para la conformación de alianzas, que debían constituirse antes de las primarias, de este modo se habilita de hecho una nueva ronda de alianzas hasta la fecha de oficialización de las boletas para las elecciones generales, esto es, obviamente, después de las primarias. El decreto reglamentario da así por tierra con el objetivo original que se había planteado la reforma electoral: que las primarias contribuyeran a ordenar la oferta electoral.

En la jerga política local se suele denominar “listas colectoras” a las distintas listas  de partidos o alianzas diferentes que adhieren a una misma candidatura para otro cargo de jerarquía superior, acompañando a esa candidatura cada una en una boleta distinta. De esta forma, por ejemplo, una candidatura presidencial puede aparecer en varias boletas distintas, acompañada en cada caso por una lista diferente de Diputados nacionales o de gobernadores provinciales. Los candidatos que reciben la adhesión de las distintas listas “colectan” votos de una variedad de partidos o alianzas diferentes. Las listas colectoras, por su parte, buscan beneficiarse del efecto “arrastre” que provocan los candidatos a cargos de mayor jerarquía.

Es cierto que esta práctica no es nueva, pero su uso se ha ido generalizando hasta transformarse en uno de los principales recursos utilizados por los partidos a la hora de pensar su táctica electoral. El problema surge porque las listas colectoras son perjudiciales para  la transparencia y para la equidad de la competencia. En primer lugar, las boletas que combinan candidaturas de distintos partidos tienden a confundir al elector (de hecho, con ese fin, jugar con la confusión del elector, se arman en gran medida las colectoras); el votante puede elegir la boleta de un partido sin darse cuenta de que al mismo tiempo está votando a otro partido para alguna de las restantes categorías en juego. Si esto ocurre, se desnaturaliza la voluntad del elector y la función de las elecciones como mecanismo de rendición de cuentas se desdibuja. Por otro lado, las listas colectoras han contribuido en buena medida a la profusión de boletas que el elector debe enfrentar hoy en el cuarto oscuro, lo cual atenta contra la posibilidad de emitir un voto informado. Además, este recurso alienta la aparición y facilita la supervivencia de los partidos “sellos de goma” que se constituyen más con el objetivo de alquilar sus estructuras a los candidatos que quieran presentarse por fuera de su partido de origen o de captar el financiamiento público, que de participar en la competencia democrática. Por si fuera poco, en ocasiones ocurre que un mismo partido adhiere en distintos distritos a candidaturas de candidatos presidenciales que compiten entre sí, situación que hace aún más opaca la oferta electoral y contribuye a la confusión del electorado. Finalmente, aunque no menos importante, las colectoras suman hacia arriba en la misma medida en que dividen hacia abajo, retroalimentando así la ya preocupante fragmentación extrema que presenta nuestro sistema de partidos.

El uso y abuso de esta táctica, por la cual partidos que ni siquiera han cumplido con la formalidad de conformar una alianza pueden pegar sus boletas, se asienta precisamente en una legislación que al tratar la cuestión de oficialización de boletas no dice nada sobre este punto. Pero la proliferación de las colectoras y de sus efectos antes mencionados ha llevado a la Cámara Nacional Electoral a adoptar criterios cada vez más restrictivos. En los últimos años la Cámara había establecido que las colectoras sólo deberían admitirse en el caso de que los partidos involucrados tuvieran un vínculo jurídico (es decir, una alianza formalizada) al menos en alguna categoría de cargos a elegir. Pues bien, el nuevo decreto va para atrás con las restricciones impuestas por la jurisprudencia de la Cámara. Con el nuevo texto no quedan márgenes para la interpretación: ahora podrá haber colectoras (aunque con el elegante nombre de listas de adhesión), de todos los colores, de todos con todos.

Si la reforma pretendía originalmente ordenar la oferta electoral, es evidente que con este decreto se ha optado por sacrificar ese objetivo en el altar de otros fines seguramente más urgentes.

Posted in Elecciones 2011, Internas abiertas, Reforma electoral.