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¿Puede la elección de 2011 dar a luz un nuevo sistema político?

Como suele suceder ante cada elección presidencial, se han echado a rodar pronósticos sobre la próxima consolidación de un nuevo “sistema de partidos”, que tendría por protagonistas a los sobrevivientes de la elección, los que las ganen y los que, perdiéndolas, puedan volverse cabeza de la oposición. En esta ocasión en particular, los señalados son un kirchnerismo recargado y el alfonsinismo resucitado, versiones actualizadas respectivamente del nacional-populismo y la socialdemocracia.

Creo que este tipo de análisis y pronósticos, que por lo general han fallado porque subestiman la continuidad de los actores tradicionales y sobreestiman la durabilidad de las tendencias de opinión del momento, hoy tienen aun más chances de hacerlo que en otras ocasiones: en primer lugar porque ni el kirchnerismo ni el alfonsinismo son realmente partidos y difícilmente puedan llegar a serlo, en segundo lugar porque no se diferencian lo suficiente como para que la competencia los convierta en los dos polos de un “nuevo bipartidismo” que represente al grueso de la sociedad, y en lo que coinciden, y podría dar base a una convivencia futura (como ya se está viendo sucede con lo que acordaron hace poco, la reforma política) de implementarse volvería del todo irrelevante a uno de ellos, y finalmente, porque son demasiado diferentes en cuanto a recursos de poder, por lo que ya se puede anticipar cuál de los dos es el candidato a una más pronta extinción.

Empecemos por el kirchnerismo. El fue, en su origen, el fruto de un descuido de la elite peronista. Duhalde y los gobernadores que firmaron el pacto de los “14 puntos” en abril de 2002, poniendo fin a los pisos mínimos de transferencias federales automáticas y habilitando el cobro de nuevos impuestos no coparticipables, no pudieron anticipar el drástico cambio que estaban introduciendo en la relación entre nación y provincias, y entre el estado y la sociedad. Tampoco advirtieron que, al votar el presupuesto de 2003 y subestimar el crecimiento de la economía y de los ingresos públicos terminaron de asegurar a la presidencia una masa enorme de recursos de uso discrecional. Así fue que, mientras se imaginaban eligiendo un “presidente de transición”, lo que en verdad estaban haciendo era sellar su suerte bajo un poder inéditamente centralizado. El kirchnerismo ha sido por tanto, ante todo y desde entonces, una nueva forma de ejercicio del poder presidencial, que convirtió en pauta regular lo que había sido al principio apenas un accidente: así, subestimó regular y concientemente todos los presupuestos posteriores, hasta que directamente decidió prescindir de ellos, con lo que pasaría a administrar fuera del control parlamentario de un 20 a un 40% de los ingresos nacionales, que a su vez llegarían a representar un 80% del total de los ingresos públicos. Fue y sigue siendo, además, un modo particularmente caro y poco eficiente de ejercicio de este poder. Así, ha podido gastar más que nunca antes en educación, y sin embargo ella nunca fue de peor calidad que ahora; destinó enormes recursos a financiar el consumo pero ello benefició mayoritariamente a sectores medios y altos de inestable humor político y tradicionalmente ingratos, y dedicó no menos dinero a la obra pública, y sin embargo los déficits habitacionales, de energía y transporte han tendido a aumentar en vez de a disminuir. Como sea, lo que sí supo hacer ese poder eminentemente estatal fue mantener bajo control la estructura territorial del peronismo, así como a su brazo sindical, pagando hasta aquí precios para él módicos por esa disciplina.

La pregunta que cabe hacerse es si eso alcanza para estimar que los ha vuelto propios, es decir, que ha logrado una penetración en el disco rígido del peronismo superior a la que lograra en su momento el menemismo (recordemos, con bastante menos dinero en sus manos). El comportamiento de los jefes distritales del PJ, que salvo en la ciudad de Buenos Aires y algún otro caso aislado resisten las pretensiones hegemónicas del kirchnerismo, y más recientemente también de los caciques sindicales, que no por nada están mostrándose más renuentes que lo esperado por el gobierno a participar solícitos del derrocamiento de Moyano, no alienta precisamente una respuesta positiva. Cristina Kirchner puede haber vuelto a ser, tras la muerte de su marido, la mejor opción como vía de acceso a los recursos nacionales para esa dirigencia, pero ello es así porque ya está en funciones y es reelegible. No por otros motivos más programáticos e identitarios. ¿Podría de todos modos aprovechar la nueva oportunidad que parece habérsele abierto para crear estos motivos? Eso es lo que sus seguidores más fieles esperan. Y para abonar esa posibilidad han pergeñado ya un par de iniciativas bastante audaces: por un lado, lo que llaman “radicalización del populismo” y que significa en pocas palabras crear nuevas fuentes de financiamiento de los recursos presidenciales de uso discrecional a costa de las empresas privadas y el comercio exterior; por otro, una reforma constitucional que, en nombre del parlamentarismo, perpetúe la concentración del poder alcanzada en años pasados a través de la reelección indefinida de un primer ministro.

Hay buenos motivos para pensar que el polo alfonsinista del radicalismo podría ser un socio colaborativo en este camino. Por un lado, no se resistió sino que más bien avaló algunas de las iniciativas antiempresarias que han permitido ampliaciones sucesivas de los ingresos de uso discrecional del estado nacional: por ejemplo, la estatización retroactiva de las cuentas individuales administradas por las AFJPs, y más cerca en el tiempo, la alteración por decreto de esa ley de estatización de activos para permitirle a la ANSeS designar directores en empresas privadas, cuyos precios, inversiones y ganancias se espera poder así orientar a favor del PEN y de sus aliados. Por otro lado, dada su heredada predilección por el parlamentarismo, no es descabellado imaginar que Ricardo acepte reeditar otra invención de su padre, el Pacto de Olivos, y dar por tierra, del modo más disimulado posible, con el obstáculo impuesto en 1994 a más de una reelección consecutiva. Al menos un sector del radicalismo podría estar tentado a creer, como ya creyó con la reforma política, que de este modo contribuye a la consolidación de reglas republicanas y de paso que, a falta de otros medios, más y más dosis de ingeniería institucional pueden reflotar el bipartidismo. Y por su parte el kirchnerismo podría avanzar en su emulación del modelo priísta, y tal como se hizo en el México de los sesenta y setenta, crear cuotas de representación para una minoría no demasiado crítica y suficientemente impotente, que ayude a mantener la escenografía del pluralismo.

Hay de todos modos obstáculos electorales y partidarios difíciles de remover para que estas ideas se lleven exitosamente a la práctica. En primer lugar, es improbable que el candidato radical vaya a protagonizar una campaña competitiva y polarizante contra el kirchnerismo, por más ayuda que éste le preste. Alfonsín hijo ha sido muy eficaz para sacar del medio a otros posibles candidatos opositores, en esto se parece a la presidente, y le debe mucho a ella, pero no ha ganado mucho al hacerlo: llamativamente las encuestas le dan peor ahora, que no comparte cartel con Cobos, ni Sanz, ni siquiera con Macri, que cuando era menos conocido y éstos le hacían sombra. Sus dificultades para sumar a la vez el voto de centro-derecha y del peronismo disidente y el de centroizquierda antikirchnerista están a la vista: aun cuando finalmente logre la cuadratura del círculo, actúa con tanta culpa y confusión que probablemente buena parte de lo que intenta pescar lo perderá a manos de Carrió, Duhalde y otras fórmulas alternativas que puedan presentarse.

Por otro lado, es poco razonable esperar que el peronismo distrital y el sindicalismo se presten dócilmente al juego oficial. Máxime sabiendo lo que pueden perder, o lo que dejarían de ganar si no plantean una negociación mucho más exigente de las que hasta ahora han impuesto al kirchnerismo: ¿por qué habilitarían una reforma destinada a consolidar el poder central, sin exigir a cambio una redistribución federal de los recursos? ¿qué sentido tendría para ellos avalar nuevos avances sobre las empresas privadas, si siguen condenados a esperar la cuota que graciosamente el gobierno nacional decida asignarles de lo obtenido? Como ya dijimos, el abrupto giro adoptado por la presidente respecto a Moyano, que dejó en off side a los analistas e intelectuales kirchneristas, ha servido por ahora tan sólo para dejar a la luz lo muy poco que atiende a esos discursos el sindicalismo peronista, y lo característicamente clasemedieros que son tanto sus emisores como sus consumidores.

Por último, la experiencia regional indica que reformas como las que los kirchneristas imaginan para un eventual tercer mandato son posibles cuando el sistema institucional ha sufrido un quiebre y los partidos están muy debilitados o directamente disueltos, y cuando la situación macroeconómica permite al estado prácticas predatorias dirigidas a ampliar rápidamente sus recursos. Ese fue el caso en Venezuela, Bolivia y Ecuador. El problema para el kirchnerismo a este respecto podría resumirse a los siguientes términos: siguiendo la pauta que el agente Smith de Matrix atribuye abusivamente al conjunto del género humano, ha consumido ya casi todas las fuentes de renta disponibles, deteriorando en el ínterin las variables cambiarias, monetarias y comerciales, su partido goza de una salud demasiado robusta para que se deje pasar por encima, y la contraparte tal vez dispuesta a colaborar en cambio carece totalmente de ella.

Una versión reducida de este artículo fue publicada en el diario Perfil.

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