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Peronismo y reelección

Tanto la teoría como la experiencia práctica de los regímenes presidencialistas como el nuestro enseñan que la posibilidad de reelección, al menos por una vez consecutiva, puede ser útil como mecanismo para premiar el desempeño de los gobiernos, y por tanto, dar incentivos para que los gobernantes se esmeren en hacer bien su trabajo. Es, en suma, un modo de fortalecer el sistema, reforzando el compromiso de los gobernantes ante los ciudadanos. Pero esas teorías y experiencias comparadas no ignoran la existencia de contraindicaciones, por ejemplo, que el candidato que ya está en funciones puede tener demasiadas ventajas frente a los demás, reduciéndose la competitividad del sistema, y que hay excepciones, gobernantes que se comportan irresponsablemente porque existen esas ventajas indescontables. Como en muchas otros terrenos, Argentina es una de estas excepciones, y una bastante poco alentadora.

En Argentina, y ya van dos ocasiones, la posibilidad de la reelección presidencial se instauró con otros fines y por otras razones, en gran medida opuestas a las recién mencionadas: fue el desbordante poder de un líder, que no quería tener o no encontraba un reemplazante para él aceptable, y cuya presencia continua en el poder aparecía por tanto como la única garantía para mantener en pie el estado de cosas vigente, lo que volvió no sólo deseable sino imprescindible la reelección. Fue así que primero en 1949, y de nuevo en 1994, se reformó la Constitución para habilitar la reelección de los presidentes en esos momentos en ejercicio, en el primer caso Perón, y en el segundo Menem.

Como puede deducirse de lo dicho, no fue sólo ni principalmente el poder acumulado por esos líderes, Perón y Menem (¿ahora Cristina Kirchner?) lo que les permitía darse el lujo de extender su permanencia en el vértice del estado. Sino más bien la precaria estabilidad del régimen político y la frágil cohesión del movimiento en que ese poder se sostenía, el riesgo muy visible e inmediato de que éste se evaporara, lo que hacía necesario para el presidente y sus seguidores evitar ponerle fecha de vencimiento a su permanencia en el cargo, habilitando una, y eventualmente otras, reelecciones. En ese recurso, en suma, se revelaba la debilidad, más que de fortaleza, del sistema político en general, y del movimiento político gobernante en particular. Él era la expresión, en última instancia, de su incapacidad para resolver el dilema fundamental que tiene delante todo régimen y todo proyecto político, del que depende su posibilidad de perdurar y funcionar establemente a lo largo del tiempo, la sucesión del liderazgo.

Siempre pasa que quienes han conseguido cargos jerárquicos en el estado desean seguir en ellos el mayor tiempo posible, y si pueden, por un lapso indefinido. El placer de ejercer el poder, la gloria de “cambiar el mundo” y “hacer historia”, el acceso a recursos y muchos otros motivos buenos y malos los mueven a ello. Y cuando esa permanencia depende de la continuidad de un único e irremplazable líder al mando del estado se establece una suerte de compromiso entre conveniencia propia e identificación personalista para incitarlo a “seguir para siempre”, para destruir a cualquier competidor, sea de otra fuerza política o de la suya propia. Es interesante a este respecto el efecto que tuvo la reforma constitucional aprobada en 1949 sobre el peronismo entonces en pleno proceso de institucionalización. Como ha explicado Loris Zanatta en su brillante trabajo Eva Perón una Biografía Política (Sudamericana, 2011), la reelección fue impulsada, entre otros por la propia Eva, para debilitar a los líderes y organizaciones intermedias del peronismo que luchaban por conservar para sí algo de autonomía. La consecuencia fue que una fuerza que recién se estaba conformando como tal se volvió se completamente dependiente de Perón y de su continuidad en el cargo. Y todos los que pudieron en algún momento haber soñado en sucederlo (Bramuglia, Mercante, etc.) se opacaron y debilitaron. Y con ellos el sueño, que incluso Perón había en alguna medida cobijado, de replicar el modelo mexicano combinando un partido hegemónico y un férreo mecanismo de sucesión presidencial.

Carlos Corach cuenta, en su autobiografía también recientemente aparecida, que su alejamiento de Menem nació de la imposibilidad de convencerlo de que eligiera un sucesor amigable, en vez de forzar al peronismo a dividirse entre su re-reelección y el duhaldismo. Así llegamos al matrimonio Kirchner, y a su ingeniosa fórmula para sucederse a sí mismo, tal vez hasta la eternidad. La muerte de Néstor sepultó ese sueño pero le dio sustento electoral a la posibilidad de que su mujer sea reelecta. Como ella y sus seguidores lo presentan, el acto no dejaría de abonar la tesis de que Argentina es una excepción, y una poco ejemplar: sus funcionarios no se cansan de confirmar lo que muchos ya sabemos, que el kirchnerismo sin Cristina presidente se evaporaría de la noche a la mañana; y para colmo la propia candidata nos dice ahora que si no continuara en el cargo todo lo hecho en ocho años de esfuerzo se evaporaría también, porque nadie está en condiciones ya no sólo de hacerlo mejor, siquiera de evitar la total destrucción de la patria. Sólo los necios hacen de la debilidad y la fragilidad un culto. Pero bueno, así hemos elegido gobernarnos.

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