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La ira K y sus causas

Se ha discutido mucho en estos días si el triunfo electoral de Macri justifica o no la indignación de kirchneristas apasionados como Fito Páez, Horacio González, Aníbal Fernández, Alberto Sileoni, entre otros, o el interés de difundirla de los editores de Página 12, Barcelona y otros medios. No se ha prestado en cambio suficiente atención a las causas subyacentes de la iracundia kirchnerista, que estalló en marzo de 2008 y parece haber reverdecido en estos días. Esto es, a tratar de comprender a los asqueados e irritados, no en relación a si tienen o no razón, si se sostienen o no sus argumentos sobre “la derecha”, el “Macri fascista”, el egoísmo porteño o de la clase media; sino a cuáles son las razones que los mueven a sentirse así. Al respecto se me ocurren varias hipótesis.

Primera: los indignados viven el comportamiento de quienes los asquean como una injustificada traición porque pertenecen a la misma clase. Como se sabe, la elite kirchnerista en general, y los voceros de la ira en particular, se parecen y mucho al prototípico votante porteño contra el que ahora despotrican, tanto por su nivel de vida como por educación y cultura (seguramente en las casas de esos votantes hay montañas de CDs de Páez). No poder encontrar mayor sintonía en sus congéneres les resulta particularmente irritante, mucho más que al dirigente peronista promedio del resto del país, que no se hace tanto problema.

Segunda: el voto porteño cayó como un balde de agua fría sobre la tesis de la hegemonía cultural kirchnerista. Que las grandes ciudades, y en particular Buenos Aires, vuelvan a mostrarse renuentes a apoyar a los candidatos kirchneristas, y más aun que prefieran a un conocido neoliberal y consumado derechista como Macri, parece retrotraer la situación política a como estábamos en 2007 o, peor, 2008, antes de que el kirchnerismo militante iniciara su seguidilla de “batallas culturales” y se hiciera a la idea de que iba ganándolas una tras otra.

Tercera: la inseguridad con que viven su identidad política los apasionados del kirchnerismo. Ellos necesitan trazar fronteras a sangre y fuego, imaginar enemigos amenazantes y monstruosos para poder disimular las inconsistencias del “campo popular” y los muchos vicios que lo habitan, que cada día que pasa son más difíciles de subestimar como meros “daños colaterales” o sapos inevitables.

Cuarta: el resultado de la votación porteña revela una palmaria ingratitud de electores que se han beneficiado más que nadie del clientelismo de lujo que el gobierno nacional distribuye a través de subsidios y alicientes al consumo de todo tipo. Esto refuerza la lectura de clase de la primera hipótesis, que a un peronismo de clase media como es el kirchnerista es natural que le resulte indigesta: ¿qué otra cosa que egoísmo puede encontrarse, desde esta perspectiva, en un voto que resulta terriblemente más caro y mucho más ingrato que el del resto de los habitantes del país, que (se espera al menos) se acomodan dócilmente a la cuota mucho más modesta que les toca por derrame de las políticas del gobierno nacional?

Claro que, entre las muestras de sincera indignación no hay que descartar que se filtren unos cuantos pillos, que no se creen nada de esto, ninguna de estas hipótesis les cabe, y simplemente tratan de encontrar algún culpable para disimular su torpeza. De ello hay unos cuantos ejemplos entre los encuestadores que hicieron creer a los kirchneristas apasionados que las cosas podían salir de otra forma. En una nota publicada por Raúl Kollman en Página 12 días después del comicio se resumen estos argumentos: un encuestador no identificado dice allí que “el ciudadano está cansado de atender a encuestadores… habría que fijarse si quienes contestan son personas más convencidas, más políticas y, por lo tanto, más votantes del kirchnerismo, mientras que quienes rechazan contestar son menos politizados, ciudadanos más distantes de la pasión por la política, y tal vez más votantes de la oposición. Es posible que eso haya llevado a que registremos mayor cantidad de votos que los que tuvo Filmus y menos que los que tuvo Macri”. En esta versión sofisticada del argumento de Fito Páez los votantes de Macri son unos nabos, y encima groseros que te cortan el teléfono, por eso no se podía saber que eran tantos, se esconden en el anonimato de la ignorancia y el desprecio por la política, y encima la política, o sea el kirchnerismo, ¡los tiene que aguantar!, ¡qué injusta es la democracia! ¿No es este un “gorilismo” invertido por demás revelador sobre los tiempos que vivimos?

Publicado el domingo 17 de julio de 2011 en el diario La Nacion

Posted in 8 años de Kirchnerismo, Elecciones 2011, Kirchnerismo, Política, Politica Argentina.

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4 Responses

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  1. Pablo Díaz says

    Sí, hay mucho odio de clase, intra-clase. Sobre todo con el desastre de La Campora y Cambandié, sus pocos y carísimos votitos. Se les cae el mito “conquistamos a los jóvenes”, “hay una nueva juventud”, el Nestornauta, etc. Todo eso era merchandising, se ve ahora. En S. Fe, con la gente de Rossi, pasa algo muy parecido. Te odian, los tipos. Encima, Del Sel lo podría dejar 3º! Y ahí sí, les sale la descalificación clasista típica, abierta, les falta solamente el “negro de mierda”…

  2. picamiel says

    excelente!!!excelente!!!

  3. Guido says

    De las cuatro hipótesis, acaso la prioritaria sea la tercera, al nuclear una idea que cruza a las demás: la repentina conciencia de la fragilidad de la propia identidad política; el trauma de percibir, nada menos que a través del voto popular, que la permanencia de la propia fuerza política está en plena decadencia. Así, ¿Cómo no desilusionarse y, por ende, asquearse, tras descubrir que los porteños, mayoritariamente de clase media, no se dejaron arrastrar ni por los números (discursivos) del “crecimiento económico” (además de la demagogia consumista “para todos”), ni por la guía moral y epistemológica de una intelectualidad políticamente “intachable” (a la cual se supuso mentora de una juventud febril)? Estas reacciones me hicieron recordar aquello que usted bautizara como “romanticismo anti-menemista”, hace ya un par de años atrás. Caía de maduro un retorno a la estigmatización de la clase media (que se viene gestando desde el 2001, y especialmente luego del conflicto contra el campo, por intelectuales que la perciben como una mera construcción discursiva retrógrada), paradójicamente el único sector social que no se dejó influenciar por el temible voto cuota de la reelección menemista (si Menem logró retener el gobierno, no lo hizo con el favor de la capital). Al fin de cuenta, siempre me quedo con el mismo interrogante: cuando se pierde el predicamento de estos sectores (concentrados en las ciudades), ¿lo único que le queda a la dirigencia política es recurrir a los más vulnerables (sin olvidarse de un sector influenciable por los eslóganes moralizantes) para perpetuarse en el poder, aquellos que responden positivamente a los estímulos económicos ? Evidentemente, en estos casos es más simple moldear voluntades, una buena receta populista; pero suponer semejante reduccionismo economicista respecto a estos sectores, a los que siempre se los etiqueta como “solidarios” y “auténticos”, ¿no implicaría caer en el mismo terreno moralizante de la intelectualidad K?

  4. Marcos Novaro says

    Puede que tengas razon, Guido, y esa sea la razón mas fuerte en el caso de los intelectuales k, que lo moralizan todo para justoficarse, pero en el caso de los políticos k me parece que lo decisivo es la cuarta, han gastado tanta plata para recibir tan poco.