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Buscando la cuadratura del círculo

El notable desempeño del oficialismo en las primarias y la altamente probable re-elección de la Presidente colocan al gobierno ante un par de problemas que ni la voluntad política ni la retórica pueden dejar de lado. Por un lado, un problema de política económica: cómo resolver los desequilibrios acumulados sin altos costos sociales o económicos. Por otro lado, un problema de supervivencia política: cómo asegurar la continuidad de la propia coalición cuando el líder está institucionalmente impedido de sucederse a sí mismo. Ambos problemas se encuentran, desde ya, conectados: si no resuelve el primero, difícilmente podrá encauzarse el segundo; si no se contiene el segundo, probablemente no se pueda controlar tampoco el primero.

El problema de política económica tiene dimensiones específicamente técnicas, pero con efectos inmediata e inevitablemente políticos. Desde el punto de vista técnico, el problema es cómo restaurar la competitividad y el equilibrio fiscal sin acelerar la inflación y la fuga de capitales. Recobrar la competitividad es necesario para que la solvencia del país no dependa dominantemente del precio de las exportaciones agrarias – pero ello implica acelerar el ritmo de devaluación del peso y, con ello, la fuga de divisas y, en cierta medida, la inflación. Recomponer el equilibrio fiscal exige reducir la cuenta de los subsidios a la energía y al transporte en el Gran Buenos Aires – pero ello implica incrementar las tarifas y, con ello, incentivar la transferencia a precios de los aumentos y las demandas salariales orientadas a ganarle a la inflación. Para evitar que cualquiera de estos caminos resulte en la recreación del laberinto hace falta coordinar las políticas monetaria, fiscal y de ingresos: de coordinarse políticas en una dirección menos expansiva que la actual los actores empresariales, sindicales y gubernamentales podrían converger en un nuevo equilibrio que garantice, a un menor ritmo que el experimentado desde 2003, el crecimiento de la economía y del empleo.

Pero la coordinación de políticas exige también reinventar el esquema de pagos con que hasta ahora se ha sostenido la coalición oficial. Si se pide a los sindicatos moderación salarial, ¿qué contraprestación podría ofrecérseles cuando a la vez se cierra la cuenta de subsidios? Si se pide a los empresarios moderación en los precios, ¿qué compensación podría ofrecérseles cuando a la vez se restringe la política monetaria? Las meras demandas a los actores económicos probablemente estimularían, además, la faccionalización en ciernes: de los sindicatos, que competirían por el liderazgo de la CGT movilizándose contra las pautas salariales; y de los empresarios, que competirían por incrementar sus ganancias de corto plazo utilizando como excusa la incapacidad oficial para imponer moderación salarial a los sindicatos. Para evitar esta versión actualizada de la dinámica que liquidó el Pacto Social de 1973, el gobierno ofrece amenazas a los sindicatos y seducción al empresariado. Amenaza a los sindicatos con la estatización de las obras sociales, que destruiría las bases de su poder político; y seduce a los empresarios con crédito barato, que les permitiría expandir la capacidad productiva o mejorar la competitividad sin financiarse aumentando precios. La estrategia tiene, empero, sus riesgos. No todos los sindicatos dependen económicamente de sus obras sociales, y los menos dependientes – i.e. los beneficiados por negocios abiertos durante las privatizaciones o por subsidios recibidos en estos años – son precisamente los menos afines al oficialismo. El crédito barato para las empresas implica una política monetaria algo expansiva que conspiraría contra los objetivos de subir la competitividad y bajar la inflación. Aun cuando se financiara con reducciones graduales de los encajes bancarios, sin moderación salarial un esquema de micro-devaluaciones graduales no resultaría creíble ni para los ahorristas conservadores ni, en especial, para los empresarios que deberían invertir esos créditos.

El problema de supervivencia tiene la simple forma de un dilema: crear un sucesor confiable o cambiar las reglas de sucesión. Crear un sucesor confiable sería nomás una apuesta y, como tal, de resultado incierto. Por un lado, porque en el peronismo hay otros aspirantes a la sucesión que no deben su carrera al kirchnerismo. Por otro lado, porque algunos de esos aspirantes tienen perfil como para construir coaliciones electorales propias – y quizás más amplias de las que podría construir un sucesor kirchnerista. Este sucesor, entonces, debería competir en una primaria o enfrentar una candidatura disidente que podría vencerlo o, por el mero cisma, consagrar un presidente no peronista. Cambiar las reglas de sucesión es, también, una estrategia riesgosa: alienta a los disidentes a desplegar tempranamente su oposición, pues de otro modo perderían su chance, y activa el recuerdo de las reformas constitucionales pasadas, que terminaron en la deslegitimación del sistema político (1949) o en el descrédito de sus promotores (1994).

La lucha por la supervivencia es, además, una lucha contra el tiempo. La Presidente necesitaría tiempo para crear un sucesor confiable y competitivo o, en su defecto, debería actuar rápido para cambiar las reglas de sucesión – mientras disfrute la luna de miel de su re-elección. La primera opción fortalecería la capacidad de manejo de la coalición en el corto plazo postergando el conflicto sucesorio, pero debilitaría las chances de supervivencia más allá de 2015. La segunda opción aumentaría esas chances de concretarse rápido, pero activaría el conflicto sucesorio y complicaría en el corto plazo el manejo de la coalición.

De ahí que el vértice oficialista esté buscando la diagonal: una estrategia que maximice poder para encauzar la economía en el corto plazo y aumentar las chances de supervivencia en el largo plazo. Pero esta diagonal es, en rigor, la cuadratura del círculo. Un pacto social para sostener una política económica siquiera moderadamente restrictiva exige concentrar poder político para administrar los costos, pero una reforma constitucional diseñada contra los competidores internos puede fragmentar velozmente ese poder. De un lado, la emergencia de líderes alternativos en el peronismo podría retroalimentar la faccionalización de los sindicatos y, con ello, debilitar la capacidad gubernamental para imponer la moderación salarial. Del otro lado, la apertura de la discusión constitucional podría estimular, como sucedió en todas las reformas constitucionales celebradas bajo regímenes democráticos en países federales, la descentralización del poder fiscal hoy en manos del gobierno nacional. Activadas estas dinámicas, las expectativas del empresariado sobre la credibilidad y sustentabilidad de la política económica podrían revertirse y arrastrar consigo la estrategia gubernamental.

Nada puede frenar hoy al oficialismo en su búsqueda de la cuadratura del círculo. El desafío es, entonces, hacia el futuro: crear mientras tanto capacidades, dentro o fuera del peronismo, para conducir la política y la economía argentina cuando ese afán se revele como quimera.

Publicado en El Estadista

Posted in Crisis Financieras, Elecciones 2011, Kirchnerismo, Política, Politica Argentina, Politica Económica, Sindicalismo.

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7 Responses

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  1. FEr says

    Alejandro, excelente análisis.

    Esperemos que la quimera inconclusa no deje costos demasiado altos, aún para aquellos que todavía no estamos dispuestos a ver las incontables e infinitas virtudes de la fábula kirchnerista.

    FEr

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Alejandro, me parece excelente el análisis, pero no sería tan pesimista en la conclusión, la diagonal como vos la llamás tal vez no sea tan difícil de trazar y recorrer, si bien es cierto que la reforma constitucional puede ser muy costosa y poco rentable, eso es así sólo en el caso de que efectivamente se quiera avanzar por ese camino, pero no en el de que se la plantee, junto a otras opciones, simplemente para tener las manos libres, postergar lo más posible una solución sobre la continuidad y alentar a todos en el peronismo a buscar congraciarse con el vértice, para obtener su visto bueno en la distribución de recursos y cargos futuros. Lo mismo respecto a la crisis externa, si es corta, aunque sea seria, una solución como la que resultaría de la “diagonal”, hacer un poquito de cada cosa, un poco de deuda, un poco de recorte del gasto, un poco de devaluación, permitiría ganar tiempo hasta que las variables externas, soja y Brasil, se vuelvan a acomodar. Sería claro igual razonable, intelectualmente, prepararse para que las cosas no salgan tan bien, porque la crisis puede ser más larga que la de 2009, y porque problemas en el peronismo igual va a haber, saludos.

  3. Alejandro Bonvecchi says

    Querido Marcos, todo eso está muy bien y es, efectivamente, posible. Pero no creo que sea sencillo de instrumentar. Por un lado, porque si no se ponen en marcha los planes de reforma constitucional los otros aspirantes a la sucesión empezarán a calentar motores en público con menos pruritos – en especial si la respuesta gubernamental a la crisis internacional incluye alguna movida polémica del tipo “bono a los bancos por los encajes” o “nacionalización del comercio de granos”. Por otro lado, porque aun cuando el gobierno decida intentar una respuesta más moderada a la crisis, el diseño político de esa respuesta no estará exento de problemas. Uno de los esquemas que se insinúa, un programa de pautas para las principales variables, requiere alguna forma de concertación social, y – como Argentina comprobó dolorosamente en varias coyunturas anteriores – la concertación fracasa siempre que hay competencia por el liderazgo en el campo sindical y siempre que el gobierno carece de ingresos propios suficientes – i.e. por fuentes externas – para sostener el gasto y la demanda de activos financieros confiables – condiciones, ambas, que me temo están acechando ahora. Si, además, la Presidente continúa la tradición familiar de no designar ministros con alguna autonomía en áreas técnicas y se involucra más directamente en la negociación del “acuerdo social”, es probable que le facturen a ella los costos de cualquier fracaso. Y esa facturación, me parece, resulta más probable cuando se insiste en no anunciar ningún programa de estabilización – porque se cree que el gobierno no tiene rumbo – y cuando se insiste en mantener desactivado el sistema estadístico oficial que podría servir para coordinar expectativas a través de un monitoreo objetivo de la marcha de la economía. En suma, creo que la diagonal que proponés es teóricamente posible, pero requiere el cumplimiento de algunas condiciones que, en mi opinión, hoy no están presentes.
    Un abrazo
    Alejandro

  4. Marcos Novaro says

    Bueno, pero estarás de acuerdo en que entre decir que lo que el gobierno pretende es una quimera y decir que es difícil de instrumentar hay una considerable distancia.

    Una forma de plantear las cosas sería: si pretenden demasiado, esto es, quedar bien con todos, no ajustar y además habilitar la reelección indefinida, pueden quedarse sin nada, perderían un tiempo valioso que van a tener ahora para hacer correcciones y después ni siquiera podrán imponer un candidato afín para 2015.

    OK, pero la diagonal no alude concretamente a eso, no consistiría en una apuesta de máxima, sino más bien en un intento de escapar de los problemas y que el tiempo los resuelva, una fuga hacia delante: si dejan que la economía se enfríe sola y ellos siguen aparentando ser muy redistributivos sin gastar demasiado en demostrarlo, cuál sería el peor costo que tendrían que pagar? Tal vez uno parecido al de 2009 y que las urnas en 2013 no le sonrían? De allí el atractivo para Cristina del discurso de Felletti y cia que sugiere que la crisis será igual de breve que la de 2009 y para 2013 ya habrá quedado atrás. Además, attenti, las opciones electorales de la oposición, tanto dentro como fuera del peronismo, pueden ser bastante más pobres que dos años atrás, tal vez tan pobres como hoy.

    Es cierto que, si efectivamente pasa que los aspirantes a la sucesión se abren y vuelven a dividir al peronismo, la cosa se puede poner más caliente. Eso podrían hacerlo tanto porque el gobierno no les ofrece oportunidades para negociar o competir por sus candidaturas, como porque él da pasos concretos en dirección a una reforma constitucional, o simplemente porque le va demasiado mal en la economía. Precisamente por eso creo que hacer alguna de las dos primeras cosas sería muy torpe de parte de Cristina, y es razonable esperar que se esmere en corregir algunos de los problemas más serios del modelo que la crisis externa está sacando a la luz. Obviamente, dentro de los parámetros de eficacia y eficiencia con que el kirchnerismo se viene manejando, pero convengamos en que esos estandares difícilmente puedan ser impugnados por los demás actores: aun una gestión bastante desprolija y deficiente de la crisis, si se corona de acá a dos años con una reactivación, podría desembocar en una elección de medio término en condiciones no muy distintas a las actuales.

    El sistema político K entonces tendrá chances muy ciertas de consolidar su poder y sus reglas, consistentes en que la presidente designará a su sucesor, se reservará la chance de volver cuatro años después, y los demás la mirarán pasar.

    Saludos

  5. Alejandro Bonvecchi says

    La quimera, para mí, es justamente lo que describís en el segundo párrafo. Eso, efectivamente, es distinto de la diagonal que planteás, y ahora estamos discutiendo sobre la diagonal – no sobre la quimera.

    Vuelvo entonces sobre la diagonal. La receta que entiendo estás planteando es reproducir el 2009: ajuste “redistributivo” y control sobre la agenda política. Pero las condiciones para que esa receta funcione, insisto, no parecen estar cumpliéndose, y muchas se encuentran bastante lejos del control de este o cualquier gobierno argentino. Una de esas condiciones es que, como en 2008-09, la crisis internacional sea de corta duración. Nadie puede saberlo hoy y nada puede hacer el gobierno al respecto. Otra condición es que el gobierno consiga un financiamiento para el gasto público alternativo a los que ya dispone y entrarán en vías de reducción en los próximos meses. Ya no hay AFJPs que expropiar, ni margen para subir las retenciones a los productos más rentables, ni empresas que vender – y las utilidades de las empresas mixtas (i.e. con participación accionaria de ANSES) no alcanzan ni de lejos para reproducir el esquema de pagos con que el gobierno enfrentó la crisis en aquel entonces (REPROs, Plan Argentina Trabaja, Asignación por Hijo, etc.). Las ideas que circulan para resolver este problema acarrean complicaciones importantes: bono a los bancos por los encajes, nacionalización del comercio de granos, estatización de las obras sociales, devaluación significativa para ampliar la cantidad de reservas de libre disponibilidad. Las estatizaciones pueden generar conflictos importantes con actores económicos centrales. El bono a los bancos y la devaluación podrían funcionar, pero – si entiendo correctamente los argumentos económicos sobre programas de estabilización – sólo en el marco de un programa que contemple simultáneamente políticas de ingresos y monetarias consistentes. Y ahí volvemos a los problemas políticos que enunciaba la nota y la respuesta a tu comentario anterior.

    Coincido en que la oferta opositora puede ser igual de pobre que ahora y, por consiguiente, que no haya actores fuera del peronismo capaces de capitalizar la posible caída de imagen y votos hacia 2013. Pero, insisto, la Presidente no tiene demasiadas alternativas para encarar el problema de la sucesión: o busca armar un sucesor confiable, o intenta cambiar las reglas para sucederse a sí misma. Este problema no existía en 2008-09 porque vivía su marido y podían apostar a que alguno de los dos recuperara suficiente capital para ser competitivo en una elección presidencial. Ausente esa alternativa, la Presidente debe optar por alguna de las anteriores. Por cierto que puede postergar la explicitación de su opción, jugar con la ambigüedad y demás, pero si el manejo de la crisis económica no es eficaz se le agotará el margen para eso. El timing de la crisis internacional, entonces, complica el programa político del gobierno, y puede por ello habilitar el surgimiento de los competidores internos antes de lo que sería conveniente para esos planes. El sistema político que sobrevendría con esa secuencia seguiría siendo claramente dominado por el peronismo, pero no ya por la facción que hoy lo controla.

    Saludos

  6. Marcos Novaro says

    Ok, tiene menos margen para fugar hacia delante que en 2009, tanto en términos económicos como políticos, sin duda. Y tiene entonces que tomar buenas decisiones porque las malas pueden tener costos que ya no pueda disipar o ignorar. Pero ojo porque al mismo tiempo tiene muchos más recursos en sus manos para actuar: ya no es la presidente vicaria que no hablaba en público, que ganaba con votos prestados de Scioli y con un marido enfurecido con medio mundo que se metía en todo, ahora está en el cenit de su carrera, tiene amplia libertad para elegir colaboradores, aliados y políticas, y sabe que si elige bien gana su lugar en la historia. ¿Cómo saber si va a usar bien o mal la oportunidad que tiene por delante? Más precisamente, ¿por qué descartar que, aun haciendo las cosas medianamente mal, no vayan a salir airosos si en lo esencial no erran, si no se enloquecen creyendo que pueden “ir por todo”? Lo único que objeto de tus argumentos, Ale, es que tal vez exageran la propensión al error: qué pasa si no se equivoca, al menos no se equivoca fiero, y por ensayo y error o por aproximación timonea un segundo mandato que no es ni demasiado malo en lo económico ni provoca una nueva división en el peronismo? Esa sería la pregunta que yo le haría a tu último párrafo. Si bien es cierto que Cristina podría estar inclinada a creer que soluciones fáciles como las del pasado pueden repetirse, y tal vez la crisis ahora sea algo más larga que dos años atrás, igual tendrá margen para remontar errores, cambiar de ministros, quemar unos cuantos puede venirle incluso bien, para seguir siendo la jefa. Mientras tanto, puede darse el lujo de ver correr y competir a los aspirantes a sucederla dentro y fuera del kirchnerismo, dejar correr iniciativas de reforma, y tener tiempo como para armar una fórmula que le permita seguir teniendo poder después de 2015. Si me preguntás a mí yo tampoco soy muy optimista respecto a su olfato, pero sí creo que tiene margen para equivocarse, y hay además muchos alrededor interesados en que la historia no termine mal porque tienen mucho que perder.

  7. Alicia says

    Lo que yo no entiendo, realmente, es cómo con todos estos análisis, solo se esté pensando en que no hay otra alternativa. O sea, que nos coma el león es mejor. Porqué no analizamos qué pasaría cuando se deje de subsidiar la economía, cuando se sinceren los índices inflacionarios?. Todo sucederá por la gran picardía de los vivos de hoy que ganaran, quizás, y aplicaran las medidas restrictivas cuando nadie se de cuenta , porque para decir yo no lo voté será tarde.
    Porqué, cuando se hacen análisis sociológicos y políticos no se habla siempre de las dos posibilidades? y se cabalga siempre en discutir de la que ganará?. No sería mas honesto que los estudiosos analicen siempre las dos posibilidades?.
    Estamos de acuerdo que la oposición está dividida, pero…..cuidado con las peleas intestinas posteriores, cuando las realidades de los números macro, comiensen a hacerse sentir,no?. Solo pienso.