Skip to content


¿Habrá alternativa entre la hegemonía y la inestabilidad?

Por primera vez desde comienzos del siglo XX el mismo grupo político ejercerá el poder en el país por más de una década y luego de superar airoso tres elecciones presidenciales. Salvo muy breves excepciones, es también la primera vez desde entonces que la Presidencia tiene detrás un estado nacional estructuralmente superavitario, con el que puede controlar el territorio sin necesidad de recurrir a intervenciones federales u otros medios punitivos, disciplinando con la chequera a gobernadores de todos los signos partidarios.

Hay quienes creen que, en un país con el récord de inestabilidad que tiene el nuestro, estos son motivos para festejar. El kirchnerismo, según esta visión, ha dado en la tecla para ofrecernos una solución a las recurrentes crisis de gobernabilidad, y ahora sólo hay que esperar que el poder personal se institucionalice. Y que surjan alternativas, que si hoy no existen, como dice Ernesto Laclau, no es por culpa del autoritarismo o del afán de poder sin límites del gobierno sino por las propias falencias de la oposición.

En cambio, otros sostienen precisamente lo opuesto, que esta estabilidad se está consiguiendo a costa del federalismo, del carácter público de las instituciones del estado, del pluralismo político y mediático, y de la competencia democrática. Así que el remedio puede ser peor que la enfermedad: no hay por qué esperar que un poder hiper concentrado y personalista se modere ni se institucionalice, a menos que se lo obligue a hacerlo.

Cabe preguntarles a unos y a otros, ¿alguien puede saber a ciencia cierta para dónde va Argentina? Pese a la certidumbre respecto a quiénes ejercerán el poder, hoy en día los diagnósticos y las previsiones a este respecto no podrían ser más discordantes. ¿Estamos regresando, disimuladamente bajo la pátina de un discurso progre y antioligárquico, al unicato decimonónico, gracias a una remozada combinación de la apropiación centralista de la renta agraria y la política conservadora de provincias? ¿O, peor aun, nos encaminamos a un régimen populista como el que Perón intentó instaurar en sus primeros años, que entonces fracasó por falta de recursos, pero que con más suerte ha prendido en los últimos tiempos en países como Venezuela y Ecuador? ¿O será en cambio que la hegemonía kirchnerista, que hoy parece extenderse incontenible como una mancha de aceite, habrá de revelarse más temprano que tarde como una apariencia efímera, y dentro de no mucho tiempo volveremos a ver que el peronismo se divide entre distintos proyectos y liderazgos, y el poder hoy tan concentrado se diluye como arena entre las manos de los gobernantes?

Como en muchos otros asuntos, el curso de los acontecimientos dependerá, en principio, de las decisiones que tome la reelecta presidente. Pero una cosa es decir esto y otra muy distinta creer que ella pueda en cualquier caso imponer su voluntad.

Cristina contará a su favor con un control muy amplio, inédito en la etapa kirchnerista, de su partido. El proceso de reunificación que éste está viviendo, observable en los últimos tiempos en la migración de disidentes como Solá y Das Neves hacia las filas oficiales, se extenderá seguramente después de los comicios a figuras como De Narváez y al resto del peronismo federal. La presidente tendrá también a su alcance una inédita voluntad de colaboración de los grupos de interés: ilustrada no sólo por el acercamiento entusiasta de las asociaciones empresarias al calor oficial, sino también por la disputa que se ha abierto en el sindicalismo y que está llevando a los gordos e independientes a disputarle al moyanismo el cetro de interlocutores amistosos de la Rosada.

Bien manejada, esta podría ser la oportunidad para que desde el poder se cree un sistema más institucional de toma de decisiones. Que, aunque concentrado y hasta monopólico en muchos aspectos, sería en alguna medida un avance respecto a lo que hemos vivido en estos años: volvería públicas y predecibles decisiones que hoy son opacas e inciertas.

Pero puede también que en su afán de controlarlo todo, imponerle su sello al partido, al estado y a la sociedad, este poder se desgaste muy rápidamente. Sobre todo si el contexto internacional y la situación económica y fiscal se deterioran. Puesto frente al desafío de resolver al mismo tiempo una difícil situación económica y un complicado dilema sucesorio, tal vez el oficialismo termine descubriendo que el poder político sigue teniendo aquí pies de barro. Este desenlace le facilitaría las cosas a opositores sin mucha luz propia. Pero no sería el que más convenga al país: ojalá haya todavía, entre la hipótesis de la hegemonía y la del regreso de la inestabilidad, algún espacio para hacer que prosperen las instituciones republicanas.

Publicado en Perfil el 23 de octubre de 2011

Posted in 8 años de Kirchnerismo, Elecciones 2011, Kirchnerismo, Política, Politica Argentina.