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Un nuevo mapa político: desequilibrio y tentaciones

Sin sorpresas mayores, los resultados del 23 de octubre configuran un mapa político que tiene al desequilibrio por uno de sus rasgos más conspicuos. Este desequilibrio es potencialmente peligroso para todos, porque puede empujar a la formación oficialista tanto como a las oposiciones por caminos destructivos. La formación oficialista podrá estar tentada a arrasar con los escasos obstáculos institucionales remanentes (en este sentido, la relación entre el Ejecutivo y las Cámaras será clave), o a resolver los dificilísimos problemas internos que le aguardan (en especial, pero no únicamente, el de la sucesión del liderzgo presidencial) mediante el recurso de dar rienda suelta a proyectos que por su desmesura prometan un alineamiento sin fisuras de las fuerzas propias al precio de una agudización del conflicto político (el intento de forzar una nueva reelección presidencial, en el marco de una reforma constitucional que permita inscribir al “modelo” como parámetro de la politicidad argentina, es un ejemplo, aunque no el único posible, de este juego).

Un grave error que la formación oficialista podría cometer, por ello, es interpretar su concluyente triunfo como una autorización o un mandato para ocupar la totalidad del campo político o para considerar que los que no pertenecen a la misma adolecen de una existencia política ilegítima (desde luego, hay elementos, por ahora minoritarios, en el campo oficial, que dan pábulo a este temor).

En cuanto a las oposiciones, uno de los peores errores que podrían cometer sería el de desesperarse. Pero esta posibilidad es elevada. Los gobiernos suelen generar sus oposiciones y si la contrapartida de un mal gobierno suele ser una peor oposición, la de un gobierno abrumadoramente victorioso suele ser una oposición fragmentada, desalentada y alterada. Claro que les esperan tiempos difíciles, y un cruce del desierto sin alivios, pero la desesperación podría arrastrarlas a un oposicionismo cerril (del que no faltan ejemplos recientes), y autodestructivo. Entrar en la disputa de polarización y deslegitimación recíproca en la que desde la formación oficialista algunos querrían ver a las oposiciones no ayudaría nada para que la política argentina pueda sortear los peligros inherentes al desequilibrio que hoy la afecta (el hecho de que la coalición socialista haya sido la fuerza opositora más votada es positivo en ese sentido, aunque no pueden desconocerse los riesgos de cooptación por parte del gobierno). En suma, conjurar los males del tremendismo político que anida tanto en la formación oficialista como en las oposiciones podrá suponer el pago de cierto precio en el corto plazo, pero resultará muy valioso para acotar las tendencias más destructivas aparejadas al desequilibrio.

La presencia de esas tendencias nos obliga a interrogarnos por la dinámica del próximo período presidencial. ¿Se tratará de una etapa diferente de aquella hasta ahora transcurrida, y que estará marcada por la necesidad de dar cuenta de los desequilibrios que se agolpan a las puertas de la Casa Rosada? ¿O se tratará de la misma etapa, solo marcada por el abrumador respaldo electoral? Probablemente ninguna de las dos cosas. Cristina se verá en la necesidad de poner en juego el descomunal capital político adquirido para reconducir a la economía y al Estado argentinos por senderos sustentables, a menos que desestime la necesidad de enfrentar los desequilibrios y opte por continuar a toda ultranza la trayectoria vigente, como si un conjunto de cambios en los contextos nacional e internacional pudiera ser obviado. A todo esto, las oposiciones no podrán eludir hacer públicas sus posturas y, en caso de que el oficialismo opte por encarar los desequilibrios, también tendrán una opción ineludible por delante, entre acompañar críticamente el cambio de rumbo u oponerse frontalmente.

Publicado en Clarin del 24 de octubre de 2011

Posted in 8 años de Kirchnerismo, Elecciones 2011, Política, Politica Argentina.