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¿Un tortuoso camino a la estabilización?

Quizás la velocidad de los hechos sepulte estas líneas en la irrelevancia o el disparate, pero aun así vale la pena tratar de comprender la realidad pensando en contra de lo aprendido. Los paradigmas establecidos en la economía política contemporánea y la experiencia de la historia económica argentina sugieren que medidas de control cambiario como las implementadas por el gobierno nacional en estos días resultan, al cabo, inútiles y contraproducentes. Desde esas premisas sólo cabe denominar a estas medidas como actos de impericia y proclamarse desconcertados porque economistas profesionales entrenados en Argentina hayan tomado decisiones demostradas como pasaportes al fracaso por la teoría y la práctica de la política económica nacional. ¿Cómo explicar que a esta altura de la historia un gobierno argentino utilice recetas fracasadas y deletéreas como estas? Aquí se exploran dos hipótesis: el sesgo cognitivo y la astucia tortuosa.

Estas hipótesis comparten algunas premisas. 1) Suspenden los supuestos de racionalidad instrumental perfecta en que se fundan los paradigmas establecidos. La mayoría de los analistas supone, con sólidos fundamentos teóricos y amplia evidencia empírica, que restringir la compra de dólares cuando la tasa de inflación supera a la tasa de devaluación indica que el Banco Central no desea vender más dólares y que el dólar seguirá, al menos por ahora, barato. Pero ese impecable razonamiento excluye la posibilidad de que existan otros objetivos para cuyo logro estas decisiones sean medios racionales y quizás adecuados. 2) Las hipótesis toman en cuenta la historia de quienes toman las decisiones. Esa historia puede contener regularidades, patrones, ideas desde las cuales estas decisiones cambiarias serían consistentes, razonables, ordinarias, normales. 3) Las hipótesis prevén la posibilidad de que los actores deliberadamente despisten, engañen, induzcan a error a los observadores para lograr sus objetivos.

La hipótesis del sesgo cognitivo sostendría que el gobierno tomó estas decisiones cambiarias motivado por una visión intervencionista de la política económica para la cual es posible cambiar preferencias de los actores restringiendo o elevando los costos de acceso a ciertos bienes. Para esta visión, el ahorro en y la fuga al dólar son inconsistentes con un esquema económico en el cual la movilización del ahorro doméstico ha sido la clave para un proceso de crecimiento, incremento del empleo y caída de la pobreza. El ahorro en dólares no sería una preferencia auténtica de los argentinos sino una elección inducida por unos pocos actores con intereses fuera del mercado interno que por ello necesitan cada tanto modificar su rentabilidad o sus costos en moneda extranjera. Las medidas cambiarias apuntarían a restaurar la consistencia del esquema económico: si el público se convence de que es más costoso ahorrar en dólares que en pesos, volcará su ahorro en el sistema financiero doméstico, con lo cual aumentaría el crédito para las empresas y se estimularía el crecimiento de la economía. Las medidas cambiarias serían consistentes con el historial de la política económica kirchnerista: la economía argentina creció a tasas elevadas cuando se garantizó, aun de manera imprecisa e informal, la estabilidad cambiaria – i.e. cuando el gobierno de Kirchner estableció “la convertibilidad a tres pesos” y el de Fernández impuso un “creciente retraso cambiario”. El sesgo cognitivo es por naturaleza conservador: si las cosas funcionaron bien así – si la economía creció, el desempleo y la pobreza cayeron, y el gobierno fue reelecto – no hay motivos para hacer nada distinto.

Esa visión intervencionista omite los potenciales efectos recesivos y anticompetitivos de estas medidas cambiarias. Tal omisión le impide contemplar los costos económicos y políticos que crecerían si expectativas y precios pasaran a orientarse por el dólar paralelo, la inflación se acelerara, los sindicatos incrementaran sus demandas salariales, y el gobierno debiera responder lanzando un programa de estabilización para reencauzar la situación. La hipótesis del sesgo cognitivo caracterizaría las decisiones cambiarias como un caso de racionalidad limitada por la visión intervencionista de la política económica.

La hipótesis de la astucia tortuosa sostendría que el gobierno impuso estas restricciones cambiarias con el objetivo de crear condiciones para introducir medidas de estabilización. Las restricciones inducirían una desaceleración que bajaría la inflación, reduciría las demandas salariales y el nivel de devaluación necesario para restaurar la competitividad, volvería consistentes las metas y supuestos del Presupuesto 2012 y, al cabo, permitiría volver a las políticas expansivas. Esta astucia sería tortuosa porque impondría costos a la economía y al gobierno que podrían evitarse lanzando un programa de estabilización. Pero este tortuoso camino a la estabilización sería consistente con una visión del gran juego político donde la política económica se insertaría y con los antecedentes del kirchnerismo. El gran juego político que el gobierno parece jugar no es el de la política económica de corto-mediano plazo sino el de la historia. En ese juego, no sólo los resultados económicos son un activo para el kirchnerismo sino también su identidad política, y esta identidad, en política económica, se orienta por dos reglas: un gobierno kirchnerista no anuncia programas de ajuste y siempre usa instrumentos intervencionistas de ajuste económico. Las reglas pueden parecer contradictorias, pero no funcionan como tales. La primera regla es retórica: no postula renunciar a toda política de ajuste sino abstenerse de anunciarla. La segunda regla es pragmática: se usan instrumentos intervencionistas porque ellos permiten apropiarse del rédito político por los resultados. En este gran juego político, entonces, el objetivo táctico es que las condiciones para introducir ajustes en la economía no sean atribuidas al gobierno sino a actores impopulares como los especuladores, quienes cargarían con el costo de inducir las medidas estabilizadoras que se presentarían como respuestas a la acción destituyente de los enemigos del pueblo. La desaceleración y la pérdida de capital político serían costos necesarios y transitorios, ulteriormente compensados por los beneficios de la estabilización. Esta astucia tortuosa sería coherente con los precedentes oficiales: aumentos tarifarios a las industrias ante las presiones por incrementos en gas y electricidad; controles directos de precios y costos como respuesta a la aceleración inflacionaria; estatización de las AFJP para revertir el impacto de la crisis internacional y el conflicto agrario sobre los ingresos públicos. La hipótesis de la astucia tortuosa explicaría estas medidas cambiarias como una táctica para facilitar la imposición gradual de medidas estabilizadoras con baja resistencia potencial de los actores económicos.

Si esta última hipótesis no resulta ser un ocioso contrafáctico, la política económica argentina habrá regresado a los años 80, cuando el gobierno de Alfonsín lanzó el Plan Austral luego de inducir aumentos de precios, tarifas y salarios orientados a generar condiciones sostenibles para la estabilización – pero sólo en parte, porque ese plan reactivó, no desaceleró la economía. Si, en cambio, el sesgo cognitivo explica estas medidas cambiarias, el futuro estará teñido de un pasado más añejo y menos promisorio.

Publicado en El estadista

Posted in Politica Argentina, Politica Económica.