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El gabinete de la incertidumbre

Acabó la incertidumbre del gabinete. Lo que sigue es el gabinete de la incertidumbre. En la Argentina que Cristina Kirchner quiere para nosotros hay solo una persona que toma decisiones importantes y es ella. Además, como consulta con muy pocos y siempre en círculos cuidadosamente tabicados a la vista del público, es la única que sabe lo que va a pasar. El método recuerda un decálogo que Menem confesó alguna vez haber seguido en sus dos mandatos (“reunía toda la información, la mantenía en secreto y actuaba por sorpresa”), pero que, en verdad, en su caso resultaba una vanidosa exageración: entonces había ministros fuertes, reuniones de gabinete, mesa de gobernadores, internas partidarias y unas cuantas cosas más que hace tiempo no existen. Ni existirán en los tiempos que vienen.

Paradójicamente, uno de los últimos en enterarse de que estas son las condiciones reinantes resultó quien llegó a considerarse primero entre los beneficiarios de la nueva etapa y el más posible sucesor de Cristina: bastaron un par de episodios banales antes incluso de que asumiera su nuevo cargo, una disidencia inoportunamente filtrada a la prensa, una ceremonia intrascendente en Puerto Madero, para que Boudou se desayunara que la regla de oro del kirchnerismo sigue siendo que el poder no se comparte.

La incertidumbre asociada al “modelo”, en el ínterin, debió quedarles bien en claro a los industriales, grupo invitado a incrementar sus beneficios pero al que se mantendrá hasta último momento en la ignorancia respecto al cuánto y al cómo. En la conferencia de la UIA Cristina les dio una buena noticia, que no apoyará una ley para limitar las transferencias de utilidades al exterior, acompañada de varias malas: que lo que cada empresa podrá transferir se resolverá caso por caso, según lo que esté dispuesta a invertir y lo que el gobierno considere justificado, y que los controles sobre el dólar seguirán. Es el método Moreno que se extiende, devorando reglas y precios porque él no pone nada por escrito y todo puede cambiar en cualquier momento.

También caso por caso se está resolviendo el retiro de los subsidios a los servicios. La incertidumbre respecto a cuánto deberán pagar los usuarios, y desde cuándo, domina el ambiente. Boudou y De Vido acusan a los medios independientes de llevar malos augurios a los hogares. Pero lo cierto es que, en este terreno igual que en el del dólar son ellos los que más preocupación han generado, aplicando una selectividad que, si bien hasta aquí se orienta con criterios redistributivos, lo que más cultiva es la discrecionalidad asignativa.

En este contexto no debe sorprender el secretismo con que se manejó la cuestión del gabinete. La clave en este asunto, sin embargo, está bien a la vista: y es que los nombres mucho no cuentan, porque las cosas se seguirán manejando con un método que los devalúa. Los cambios son marginales, no habrá superministros y la coordinación seguirá ausente. Detrás de Cristina todos son y serán actores de reparto, que le reportan sólo a ella y cuyas destrezas técnicas y opiniones no importan, lo que importa es su disposición a ir para un lado o el otro según lo que en cada momento la presidente disponga. De lo que ellos se desayunarán con escasa ventaja respecto al resto de los gobernados, o ninguna.

Gobernar la incertidumbre ha sido siempre una máxima influyente en la política peronista. Que contempla no sólo manejar la incertidumbre que existe, sino en alguna medida crear más desde el poder: así se amplían sus márgenes de libertad y se vuelve a todos dependientes de su voluntad. Pero se sabe por experiencia que el método funciona cuando el gobierno tiene buenas noticias para dar, y no tanto cuando las novedades que por sorpresa comunica son malas.

El problema que tiene por delante el gobierno es, para colmo, aun más complejo que el de dar malas noticias: tiene que lidiar con actores celosos de su autonomía, como son los dueños del capital y los gremialistas, para incrementar la tasa de inversión, si no quiere que la economía tambalee, ahora que el aliento al consumo ya no basta. La gran pregunta es si podrá convencer a los empresarios que inviertan en un contexto marcado por la incertidumbre y por una discrecionalidad gubernamental que no deja de alimentarla.

Mostrarse duro con los gremios y amistoso caso por caso con los empresarios difícilmente alcance. Por regla general, hay una relación inversa entre la extensión de tiempo que los empresarios calculan necesitan para recuperar sus inversiones y la incertidumbre sobre el futuro: de allí que, cuando esta impera, sólo se invierte en actividades con altas ganancias de corto plazo. En Argentina, por décadas, la inestabilidad de los gobiernos y la desconfianza hacia su capacidad de dar continuidad a sus políticas fueron las principales fuentes de incertidumbre, y las que acortaron en consecuencia los horizontes de tiempo con que actuó el empresariado. Hoy el problema parece ser el opuesto: nace de la gran estabilidad conquistada por una elite de gobierno que se esmeró y sigue esmerando en dejar en claro que todo depende de su voluntad, porque ella puede dar o quitarlo todo. Ojalá Cristina comprenda que más que declaraciones rimbombantes para ganar aplausos, más que funcionarios leales y unidad de mando, más que otra vuelta de rosca al capitalismo de amigos, lo que necesita en este momento es abdicar de algo del poder construido porque, aunque suene paradójico, él se está volviendo el principal obstáculo para que su segundo mandato sea exitoso.

Publicado en Clarin el 8 de diciembre de 2011

Posted in Elecciones 2011, Kirchnerismo, Politica Argentina.

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