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La izquierda kirchnerista, por el ajuste y contra los gremios

No es nada raro que a gobiernos de izquierda les toque en suerte aplicar políticas de ajuste: le sucedió al comienzo de su primer mandato a Lula y al final de su gestión, con bastante menos suerte, a Zapatero. Pero, entre nosotros, ¿sucedió ya alguna vez que un gobierno peronista inclinado a la izquierda, y electo con la expectativa de que promoviera la redistribución de ingresos vía alza de salarios y aumento del gasto público, se viera forzado por las circunstancias a aplicar un considerable ajuste sobre ambos, y por tanto a enfrentarse con los sindicatos? La memoria colectiva dispara más o menos automáticamente una respuesta: “sí, en 1973”. Sin embargo las similitudes con aquel momento son tantas como las diferencias. Por empezar, el nivel de inflación: en 1972 había sido más del doble de lo que fue en 2011. Y el déficit público, que fue alrededor del triple. Además, la izquierda del movimiento estaba mucho más renuente a someterse al Ejecutivo de lo que está en nuestros días. Esta última es tal vez la diferencia más importante, y sobre ella conviene detenerse, sobre todo porque en los últimos tiempos se ha planteado un interrogante que pone el foco en esta relación: ¿podrá la izquierda kirchnerista, la que integran La Cámpora, Carta Abierta, el Movimiento Evita y otros grupos similares, contrapesar la falta de apoyo al gobierno de los gremios, e incluso las protestas que estos empiecen a protagonizar? Asesores oficiales como Ernesto Laclau creen que sí, porque los gremios están divididos y no pesan tanto como en los setenta, mientras que los analistas críticos tienden a pensar que no. Veamos.

Lo primero que habría que hacer para ser fieles al método comparativo es recordar qué fue lo que sucedió entre la vuelta del peronismo al poder en 1973 y, digamos, la muerte de Perón. Un dato no siempre recordado es que, al comienzo, la llamada Tendencia Revolucionaria, esto es, Montoneros y quienes acompañaban su estrategia general, fueron bastante colaborativos con los intentos del general de poner en caja a los sindicatos. Jugaron como se sabe entusiastamente a favor de Cámpora y contra Cafiero, el candidato de la CGT, y aceptaron compartir el gabinete del primero con lo más granado de la ultraderecha, Osinde, López Rega, etc., y dejar a los gremios recluidos en el Ministerio de Trabajo, desde donde podrían hacer poco y nada frente a los planes económicos de Gelbard, a quien la Tendencia también apoyó sin chistar. Y es que la idea entonces compartida por ésta y por Perón era que la burocracia sindical representaba de momento la peor amenaza para ambos. Lo que tenía su lógica: había resistido todos los intentos de desperonizarla y dividirla, se había fortalecido con las generosas concesiones de la Revolución Argentina (en particular los aportes obligatorios para las Obras Sociales), y mientras que el territorio había sido permeable al crecimiento de la juventud radicalizada (hasta tal punto que ella había logrado ubicar a gobernadores o vicegobernadores en muchos distritos), los sindicatos seguían siendo mayormente reacios a su “penetración”, tanto por tradición anticomunista como por celo corporativo.

Como se sabe, esa circunstancial cooperación entre derecha e izquierda duraría bien poco: ya antes de Ezeiza los choques por el control de los ministerios se volvieron muy intensos. Sobre todo por razones ideológicas, pero también porque el estado no alcanzaba para todos: no eran tiempos en que se pudieran repartir contratos a troche y moche para dejar contentos a los miles de militantes movilizados. Finalmente, ir a la vez contra los gremios y ese aparato estatal sería letal para la izquierda, que rápidamente perdió presencia en el territorio y quedó aislada, lista para ser masacrada.

¿Qué de todo esto tiene similitudes con lo que sucede hoy? Muy poco. Es ostensible que la izquierda kirchnerista carece casi por completo de inserción territorial y es nula su vocación gremial. Cuenta en cambio con una creciente presencia en el estado central, inéditamente generoso en términos de contratos y conchabos de todo tipo. En ello reside su poder. ¿Puede utilizarlo para crecer y llegar a influir algo, sino en los gremios, en los distritos y la compulsa electoral? El experimento iniciado por la presidente en las elecciones pasadas apunta en esa dirección. Pero al menos hasta donde ha llegado hoy en día, difícilmente alcance para contrapesar la capacidad de movilización sindical: de hecho, el kirchnerismo deberá refrenar su pasión por las movilizaciones de masas si no quiere seguir mostrando la hilacha, como le sucedió el del 10 de diciembre último. ¿Podrá por otros medios la Cámpora contrapesar la influencia sindical en la vida económica? Lo está intentando, ganando presencia en las áreas respectivas del gabinete y en los directorios de empresas, públicas y privadas, con vistas a presentarse como un agente coordinador de las iniciativas deshilvanadas que el resto de los funcionarios de gobierno es capaz de ofrecer, y un órgano pensante capaz de planificar el mediano y el largo plazo.

Sin embargo, en estos terrenos enfrenta varios problemas. El primero, que sus comportamientos suelen generar aun más tensiones y desconfianzas que los sindicales entre el empresariado. Y ello porque muchos camporistas parecen actuar con el criterio que Luchino Visconti utilizara para que uno de sus más terribles y célebres personajes se presente: “somos una elite a la que se permitirá cualquier cosa”. Siguiendo la analogía con los setenta, claro que para los dueños locales del capital los Montoneros eran mucho peores. Pero ha pasado demasiado tiempo para que esto sea consuelo suficiente. El segundo problema es que por más cerebro, discurso y coordinación que pretendan ofrecer los camporistas, en términos prácticos han tenido hasta aquí poco que ofrecer, y tienden por tanto a quedar relegados al papel de cara joven y académica de personajes algo más efectivos, como Moreno y su troupe. Y lo que el omnipresente Moreno opina de la izquierda K no es muy distinto, convengamos, de lo que suele decir Moyano.

Publicado en tn.com.ar, el 14 de enero de 2012

Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina, Politica Económica, Populismo, Usos de la historia.

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3 Responses

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  1. diego says

    La nota me parece muy buena, pero creo que omite otros datos relevantes para esta cuestión.
    Creo que la estructura sindical argentina, incluso la del sindicalismo “peronista”, es compleja y no puede concebirse como un bloque homogéneo alineado detrás de la figura de Moyano. Si bien la disparidad de fuerzas entre este sector (el “moyanismo) y los otros líderes sindicales considerados aisladamente es grande, creo que el gobierno ésta evaluando redefinir su alianza con el sindicalismo (algo de esto se adivina en su creciente afinidad con personajes como Martinez de la UOCRA o Caló de la UOM o Rodríguez de UPCN), con miras a obtener un nuevo equilibrio de fuerzas, fragmentando la coalición moyanista a través del acercamiento a otros sectores dentro y fuera de la actual CGT. Para esto, históricamente, los líderes sindicales peronistas han dado sobradas pruebas de pragmatismo y “flexibilidad” ideológica.
    Por lo tanto, creo que el armado de una agrupación política incondicional como La Cámpora no es la única estrategia (y, a mi entender, dista mucho de ser la más apropiada) que ha seguido el gobierno para sustituir el apoyo y contrarrestar presiones u hostilidades del sector sindical ahora adverso.

  2. Marcos Novaro says

    Creo que tenés mucha razón, conseguir aliados en el sindicalismo es de la máxima importancia para el gobierno actual, así como lo fue en el pasado para el kirchnerismo y para otras experiencias, pero también lo es hacerse de funcionarios leales, y mejor aun si pueden ofrecer algún control sobre el territorio y la calle, cuando los recursos escasean para sumar voluntades pragmáticas e ideológicamente distantes. Saludos

  3. Francisco says

    Y tambien creo que hay que tener en cuenta la cuestion de las provincias, que nada reflejan ese kirchnerismo de izquierda. Por poner un caso, las delegaciones de La Campora en las universidades, o en las municipalidades del resto del pais es casi nula. No salen, en el intento por expandir a nivel nacional una fuerza netamente fiel a la agenda kirchnerista, de la buracratizacion vertical del espacio. Tengo trato con chicos de La Campora, y sus integrantes estan mas metidos en temas que se tratan en 678, Duro de Domar o notas del Tiempo Argentino, Diario Registrado, o Pagina 12; y en planos reales no hacen mas que lo que cualquier ONG local puede. Los temas politicos de la mesa chica los tiene afuera, y su labor en campañas locales no difiere de la cualquier puntero o comitero del Partido Justicialista. Soy correntino y estudio en Resistencia, en Chaco. Saludos