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CFK y las guerras preventivas

Boudou concluye en estos días su ejercicio provisorio del poder y debe estar respirando aliviado de que el trance termine de una buena vez. A las reiteradas humillaciones a que fue sometido por la dueña de casa y sus más devotos seguidores, se sumó una a la que se sometió solito. Cuando dejó de pasar desapercibido, y se cruzó con un grupo de empleados estatales a los que se les empezó a aplicar la profundización del modelo, no tuvo mejor idea que contestarles con un reconocimiento de su irrelevancia: “soy un empleado como ustedes”, se disculpó ante el indignado personal del Fondo de las Artes, que había dejado de cobrar su habitual premio de fin de año, admitiendo lo que todos saben pero en su caso es bastante duro reconocer, que debajo de ella nadie es más que eso.

La pregunta que cabe hacerse a esta altura no es si Boudou se merece el trato que recibe, tampoco si está dispuesto a tolerarlo (ha demostrado ya que la respuesta es indubitable). La cuestión más importante es si al kirchnerismo le conviene o no ser tan verticalista y maltratador con su propia gente. Dicho más precisamente: ¿si llegado el caso no tiene otra que buscar un sucesor entre lo que hay disponible, no lamentará haber subordinado y ninguneado tanto a sus “empleados”, no haberles dejado un resquicio de autonomía como para que al menos alguno, el mejor dotado, ganara cierto favor en la opinión?

La respuesta que está dando el vértice del poder es que no, que si esa circunstancia llega, bastará que la presidente levante la mano del aspirante que sea, para que él se convierta en “su” sucesor y portaestandarte.

Esta apuesta es clave para entender mucho de lo que viene haciendo el gobierno en los últimos meses, en la escena pública y detrás de ella, y no sólo en relación a Boudou sino también a los gobernadores y demás figuras peronistas con sueños presidenciales. Todos ellos reciben un trato que deja traslucir la “guerra preventiva” lanzada para encarar la cuestión de la sucesión: todavía no se sabe en la Rosada cómo se resolverá el dilema que se enfrenta, inédito en el ciclo kirchnerista, de no tener habilitado hacia adelante un nuevo turno presidencial, qué margen habrá para imponer la solución ideal, una que de continuidad a CFK, o el second best de un presidente vicario y obligado a ser leal, pero por de pronto se asume que en cualquier caso convendrá horadar lo más posible a cualquier potencial sucesor, porque así se evitará el síndrome del pato cojo, y si no se puede finalmente habilitar la continuidad, al menos se estará en posesión del poder suficiente para ejercer un dedazo inapelable; para lo cual lo que hace falta es que sólo ella esté en condiciones de votar: quien sea favorecido por su elección se convertirá ipso facto en presidente.

Está de más decir que Boudou no es ni por asomo el más castigado por esta estrategia. Hay que ver los disgustos que están pasando Urtubey y Capitanich. Y claro, no llama la atención que Scioli la esté pasando tan mal en su relación con el kirchnerismo, ni debería sorprender que la siga pasando igual o peor. Él representa el hueso más duro de roer para estas guerras preventivas de la presidente, sobre todo después de que salió medianamente airoso de la doble trampa que se le tendió en las elecciones con la dupla Mariotto-Sabbatella.  La apuesta del gobernador, se ha visto, no deja de ser razonable: aguantar todo, porque finalmente el tiempo corre a su favor, llegará el momento en que tanto los moderados del kirchnerismo como los del antikirchnerismo converjan en su apoyo, y lo dejen encarnar la reconciliación de la familia peronista. Sólo si a la presidente le fuera demasiado bien, o demasiado mal, su estrategia correría verdadero peligro.

Uno de los problemas es que en el ínterin se presentan demasiadas ocasiones para la exageración. Y ya sabemos que la evolución de estas rencillas entre peronistas es siempre incierta, porque ellas son poco afectas a someterse a reglas y altamente sensibles a la improvisación de sus protagonistas. Una de las oportunidades que se presentarán para que el diablo meta la cola, y la guerra de trincheras se convierta en batalla campal, son los conflictos salariales.  Las negociaciones con los gremios en las provincias, y sobre todo en la de Buenos Aires, serán en este sentido toda una prueba para los bandos en pugna, frente a la cual todos ellos buscarán sacarse ventaja, pero pueden terminar perjudicándose mutuamente.  Y esto porque, además, en esa ocasión se puede producir un cruce que todos deberían temer entre la interna política y la sindical. Tal vez se vea entonces que son demasiados los interrogantes abiertos como para encararlos con estrategias tan poco colaborativas: ¿cuánto ajuste se necesita en las cuentas públicas y dónde apretará el zapato?, ¿quién conducirá la CGT y cuántas centrales habrá?, ¿a través de qué vías y en qué medida se dejará traducir el poder sindical en poder político?, ¿será posible competir por el premio mayor dentro del PJ o él seguirá desactivado y se alentarán nuevos cismas? Curiosa sumatoria de incertidumbres en un país donde el poder está tan firmemente concentrado.

Publicado en tn.com.ar el 22/01/2012

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.


2 Responses

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  1. German says

    Muy buena la nota. La estrategia verticalista tiene otro problema, que la anécdota de Boudou deja en evidencia. En la medida en que las políticas del ejecutivo empiecen a imponer costos concentrados en sectores de la población, la estrategia de descargar la culpa en subordinados parece de corto alcance. Lo que pasó con Lusteau y la 125 revela un poco esto. A la tercera vez que el mozo la pifia te embolás y le pedís explicaciones al gerente.

  2. Mario Strogoroff says

    Muy bueno el artículo, aunque faltaría plantear la eventual solución de la reelección mediante una reforma constitucional para continuar con el actual poder unipersonalista durante otro período de gobierno. Concuerdo con tu idea de concentración de poder mediante la figura de la presidenta y me atrevería a decir que esta autosuficiencia es el mayor desafío que enfrenta el peronismo.