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Un comentario a “El Kirchnerismo y la cuestión socialista”, de D. Tatián

El artículo de Diego Tatián es un largo elogio del kirchnerismo y una vindicación del socialismo como posibilidad abierta del kirchnerismo en los términos de Gramsci, con un evocativo final de crítica a la minería a cielo abierto. El texto nos dice que estamos en el mejor de los mundos posibles (subrayo posibles). Treinta años atrás, los colegas hablaban de ampliar los márgenes de lo posible.

 El texto: el elogio corresponde al “tiempo kirchnerista” por “haber instalado la cuestión de la igualdad en el centro de la discusión pública”. Problema con la historia: ¿Cuál es el origen de ese tiempo? ¿2003? ¿O ya estaba antes ese “tiempo” a la espera? ¿pero desde cuándo? ¿2001? ¿1995? ¿1983? ¿1972-73? La resistencia a las reformas de los 90, la CTA, la Carpa Docente, incluso el Frepaso y la Alianza (fracaso, bien), eran momentos no K que trabajaron la igualdad. Sobre todo, la crisis de 2001. Acordemos esa historia (¿pre-historia?), y podemos quizá inscribir el kircherismo de una manera más compleja en la historia de la igualdad. Pero entonces acordemos también que la Asignación Universal por Hijo avanzaba en la forma de la propuesta de ley de la Coalición Cívica antes de que el gobierno apurara el paso por decreto; que el matrimonio igualitario ya venía refrendado en la justicia (e incluso por Macri) antes de que el momento kircherista apareciera como oportunidad; lo mismo el reajuste de las jubilaciones, que había tenido que llegar hasta la Corte Suprema para que ésta llame la atención a los otros poderes. Acordemos eso (y otras cosas), no vaya a ser que, como decía La Boétie, nos hechice el encanto del nombre de Uno. En una palabra, también podría decirse que las múltiples instancias de la democracia (del litigio, de la querella) no necesitaban otra cosa del kirchenrismo que el hecho de que dejara de ser un obstáculo. (Esperemos que suceda pronto lo mismo con el problema de la minería a cielo abierto). La interrupción del embarazo, la participación del trabajador en las ganancias, la reforma impositiva, el habeas data, el problema de la vivienda, el medio ambiente, entre otros temas, parecen sin embargo seguir esperando (algunos de esos temas, avanzan más en la justicia, con las limitaciones de todo poder no electivo). La inflación constante, indetenible, indiscriminada no parece muy promisoria en la vía al socialismo (siempre cuento la misma anécdota: un litro de leche barata es más barata –y de mejor calidad- en Paris que en Buenos Aires, Córdoba o Bahía Blanca).

 Ese impulso K sin fallas de la igualdad es, por lo menos, discutible. Y la evocación final, no es matiz suficiente, a mí entender. Otra afirmación sorprende: “Y, sobre todo, se ha llevado adelante en el marco del más estricto respeto del sistema institucional y procedimental que llamamos democrático.” Imposible, al menos para mí, saber a qué se refiere puntualmente la frase. No sé si lo más difícil de aceptar como lector es la sobrecarga de acentos (“sobre todo”, “estricto”) o la asociación de las instituciones y los procedimientos, lo “que llamamos democrático”, con una suerte de concesión, una prenda de negociación, que muestra la capacidad de apertura a lo otro del momento K. ¿si eso es lo otro, qué es esto?

El autor dice que América Latina vive un momento gramsciano (en Argentina, el kirchenirsmo!) que puede abrir una vía hacia el socialismo. En mi recuerdo, y sin los textos a mano, Gramsci escribe mayormente desde la cárcel y las trincheras por las que propone la avanzada son las de la sociedad civil. El camino de Gramsci es ascendente (y desde la cárcel), si se quiere, no descendente, desde el Estado (que no es la forma política definitiva), como parece ser el caso en el tiempo o coyuntura kirchnerista que describe al autor; si se prefiere, puesto que en Gramsci lo que llamamos Estado y lo que llamamos sociedad civil forma un todo político, si el momento gramsciano propone un camino desde los márgenes de la estatalidad hacia el centro, el momento kirchenrista opera la conquista de la sociedad civil desde el centro hacia los márgenes (¿es esto admisión de la parte de verdad de los que dicen: “¡se quieren quedar con todo!”?). En este sentido, y dejando de lado los riesgos que puede tener la naturalización del concepto gramsciano de hegemonía (porque el autor no menciona ese concepto, pero yo lo resumiría así: “Muchachos, no queda otra, ¡hay que dominar!”), el Estado aparece como noción indiscutida. La desconfianza recae sobre la democracia y no sobre el Estado. De la democracia, confiesa el autor: difícil resolver “si una democracia puede ser algo más que un dispositivo legal que reproduce desigualdades, garantiza privilegios y preserva un régimen de ganancia”… ¿difícil para quién?). ¿Y el Estado? ¿forma política neutral igualador? ¿campo de batalla? Según este paisaje de trincheras estado-céntricas, el kirchnerismo aparece como la oportunidad para que el Estado, el buen Estado, el Estado “autolimitado” (sic), el kirchnerista, dé forma a la difícil democracia. En las trincheras descriptas por Tatián, por cierto, no cuenta el Parlamento y, podría creerse (pues no hay referencia), tampoco los partidos políticos –aunque bien podrían ser trincheras a conquistar. El socialismo llegaría así de manera “paulatina” y con “lentitud” (ergo, paciencia!) de la mano de “formas de autoorganización social” –no cualquier forma, claro, no los partidos que no estén en el Estado, no la representación parlamentaria; se ignora los sindicatos, pero creería que sí cuentan. Una nueva “comunidad organizada”, se diría.

En suma, momento kirchenrista, mucho Estado (autolimitado), asimilación Estado-kirchenrismo, difícil democracia (ergo, al Estado K de encuadrarla) y autoorganización social selectiva (¿?). Ante semejante perspectiva, pareciera que estuviésemos librados a la autolimitación de un tiempo K (lo que me parece, hoy, una verdad absoluta!) y a la esperanza de que el momento K lleve al socialismo y oiga las voces que, desde dentro del kirchnerismo, sugieren corregir, evocativamente, errores como el de la minería a cielo abierto.

Se sabe (¿se sabe?): el Estado no necesita que lo defiendan. Esa es la diferencia con la democracia. La democracia es la fuente del litigio (y no el Estado, un gobierno o un tiempo K, pero esto el autor de la nota referida lo sabe ya, y también lo sabe el citado Foster); la democracia en ese sentido exige esfuerzo. Si el Estado vigila, la democracia vive de la vigilia (y no de la vigilancia). Que los (neo)liberales duerman tranquilos soñando en el Estado, ok. Pero el socialismo… Un apólogo de la democracia y el socialismo, pondría el acento, quiero suponer, en la defensa de los más desfavorecidos (o en la crítica de los poderosos). O al menos buscaría ampliar los márgenes de lo posible, como hace 30 años.

Lucas Martín

02/02/2012

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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