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Boudou, el pez que por la boca muere

En su curiosa conferencia del jueves pasado en el Senado Boudou dejó ver cierta desesperación por hallar protección bajo el ala de su jefa. Para conseguirla, ocupó el centro de la escena y ligó su destino con el de todas las grandes causas y lemas del oficialismo. Seguramente espera de este modo asegurar que su eventual caída sea tan ruidosa, que el resto del gobierno se convenza de que no podría digerirla sin problemas y debe apostarlo todo para evitarla. Es en el marco de esta lógica extorsiva, que hace pesar su capacidad de daño sobre sus propios conmilitones, que hay que sopesar la acusación que lanzó contra Esteban Righi, factotum de la compleja trama con que el kirchnerismo viene controlando la justicia federal desde 2003, por haberle ofrecido supuestamente un servicio de lobby judicial completamente incompatible con su función.

Esta movida de Boudou es de muy distinto tenor que las demás acusaciones dirigidas a involucrar a Boldt, Scioli o los medios independientes, puramente distractivas y prístinamente funcionales a los intereses de la presidente. Involucrar a Righi en el complot supuestamente montado en su contra, en cambio, implica apuntarle a un pilar del edificio oficial. Según el vicepresidente, para separar aguas entre quienes serían, como él, cristinistas tan leales como imprescindibles, y quienes aun siendo hasta aquí más o menos kirchneristas no serían ya muy confiables, y lo serán cada vez menos a medida que pase el tiempo y se agudicen las contradicciones.

En parte, esta arriesgada apuesta de Boudou puede considerarse fruto de la soledad en que va hundiéndose más y más a medida que avanza la investigación judicial. Al haber querido crear su propia usina de negocios a la sombra del poder, corría ya de movida el riesgo de quedar a la intemperie en un sistema que ha sido siempre para estos menesteres, igual que para todo lo demás, monolítico en su verticalidad y quasi monopólico en la distribución de beneficios. Además, el vicepresidente tiene buenos motivos para pensar que la Justicia es más inquisitiva con él de lo que fuera con Jaime, De Vido o cualquier otro funcionario kirchnerista que haya enfrentado acusaciones de corrupción, por los mismos motivos que lo fue mucho más con María Julia Alsogaray que con el resto del menemismo: porque es más fácil dejar solo y a su suerte a quien, más allá de los méritos que haya hecho por el modelo vigente en su momento, no tiene mayores lazos con la imperecedera familia peronista. Recordar hoy la estela dejada por quien lo inspirara en su más tierna juventud y pasó en poco tiempo de estrella de la triunfante Argentina menemista a ícono culpable de todos sus males y merecedora por tanto de la única condena judicial por diez años de desmanes en el ejercicio del poder de toda una generación de dirigentes justicialistas, no le debe hacer ninguna gracia a Boudou. Pero le debe haber hecho reflexionar lo suficiente respecto a que si bien los peronistas son abiertos y hasta generosos con quienes pueden aportar a sus gobiernos desde fuera de sus filas, lo son sólo hasta que llega el momento de pagar los platos rotos y empieza a operar la cerrada lógica corporativa que manda proteger sólo a los “propios”. Se entiende entonces que evitar el aislamiento e identificar su destino con el del conjunto del gobierno se haya vuelto para él cuestión de vida o muerte.

Sin embargo, esto no es todo. Con sus palabras Boudou hace algo más, invita al resto del gobierno a continuar un proceso ya en marcha de profundización y radicalización. En su provecho, claro, pero se supone que también en el de los objetivos últimos del proyecto. Así, reacciona y se acomoda a una tendencia cada vez más gravitante en el oficialismo, que lo lleva a encerrarse paulatinamente en sí mismo, en el esfuerzo por preservarse del paso del tiempo y de la recurrente emergencia de problemas que no logra resolver. Proceso del que ya pueden dar cuenta unos cuantos ex aliados ahora excomulgados, desde Moyano y De Mendiguren, hasta Eskenazi y Brito.

El cristinismo, en mayor medida que el kirchnerismo clásico, tiene vocación por achicar su coalición y sus bases de apoyo, tal vez por una excesiva confianza en el respaldo que puede lograr en la opinión pública y en los recursos que le provee su control del estado. Y lo que está haciendo Boudou puede interpretarse como la aplicación a su caso y al terreno judicial de esta premisa, con el criterio de que, para seguir arriba del barco lo que importa es quedar del lado de adentro en el momento en que se derribe cada puente, se excluya a cada “socio prescindible”, o se tabiquen las decisiones sobre cada nuevo problema.

Quienes mejor han aprendido el método son, como pueden testimoniar sus víctimas, Moreno y La Cámpora. Al acusar a Righi, Boudou pretende imitarlos, para orientar el proceso de “purificación” a costa de uno de los más estables y útiles de esos puentes: el que ha unido al gobierno con la Justicia Federal.  Mientras se salva a sí mismo, podrá decir así que salva también la pureza y radicalidad del proyecto.

 El problema es si puede convencer a la presidente y su círculo íntimo de que le conviene demoler un vínculo que tan útil ha mostrado ser hasta aquí, pero que a él lo incomoda. Necesitaría al menos poder ofrecer un método de control alternativo y más conveniente, porque si no los costos que está queriendo socializar se verán como demasiado altos: su salvación significaría dinamitar el propio poder del gobierno, crear enemigos allí donde no los había y devolverle autonomía a actores judiciales potencialmente muy peligrosos.

Si sucede esto último, crecerán en el cristinismo las percepciones negativas ante su invitación a identificar el destino del grupo con el vicepresidencial. Y se fortalecerán las preferencias por prescindir no de los servicios de Righi ni de Rafecas, sino de los del propio Boudou.

El oficialismo aparece de momento dividido a este respecto. Y la presidente, indecisa entre desentenderse de la suerte de Boudou o salir en su defensa. La cuestión es si puede esperar mucho más tiempo sin tomar una decisión definitiva. Porque en las idas y vueltas la carga se vuelve cada vez más pesada y la posibilidad de evitar compartir los costos del entuerto cada vez más remota. Ahora ya está en marcha la impresión de billetes en la ex Ciccone, ¿cómo justificarla si dentro de unos días Boudou ya no puede seguir evitando a la Justicia?, después de que el grueso del coro cristinista, aunque no todo él, saliera a respaldar sus dichos en el Senado , ¿cómo evitar que el relato sobre el gobierno nacional y popular y su lucha contra “los poderosos” quede debilitado, reducido a una mera excusa para garantizar la impunidad de sus voceros, si la investigación sigue avanzando? El problema tal vez sea finalmente que no sólo el vicepresidente, sino el propio vértice del poder se ha vuelto incapaz de actuar pensando en el día después y apenas atina a fugar hacia delante, a la espera de que, como dijo hace poco Abal Medina, la causa Ciccone se congele o trabe como la de Skanska y tantas otras antes que ella.

Nota publicada en tn.com.ar el domingo 8 de abril de 2012

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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