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¿Cristina fortalece o debilita el estado?

Uno de los apotegmas de la época que más ha calado en el sentido común es el que sostiene que hasta que llegaron los Kirchner al poder el estado argentino se venía debilitando, y ellos en cambio han ido paso a paso fortaleciéndolo. Los mojones que señalarían ese fortalecimiento están bien a la vista. El más cercano es YPF, pero hay muchos otros, por ejemplo en el terreno fiscal: actualmente el sector público recauda por distintos conceptos alrededor del 40% del PBI, cerca del doble, de un PBI que es a su vez casi el doble, que en 2001, y lo hace sin hallar mayor resistencia en la sociedad.

¿Es eso bueno o malo? Una respuesta posible es: “depende”, de la redistribución social que se logre a través del gasto público, de su productividad vis a vis la del gasto privado, y del control democrático y republicano que se ejerza sobre él. Las mejoras registradas a lo largo de la última década en el primer terreno son discutibles, mientras que en los otros dos han sido, en términos generales y en el mejor de los casos, nulas.

Aun así podría considerarse un avance, y un logro que podríamos festejar todos los argentinos,  que dispongamos de semejante poder estatal, un poder que estará ahí disponible para que futuros gobiernos lo usen mejor que ahora y para mejores fines. Pero la condición que debería alcanzarse para que esta expectativa tenga alguna posibilidad de concreción es que esos recursos estatales duren en el tiempo. Y al respecto no cabe ser muy optimistas. En primer lugar, porque es probable que el ciclo político del kirchnerismo se consuma junto con el ciclo económico que en los últimos años ha sostenido ese inédito poder fiscal. En segundo lugar porque, aun cuando ese ciclo económico se extienda más allá, el gobierno actual habrá consumido por encima de sus posibilidades durante demasiado tiempo (ya lo ha venido haciendo y es seguro que lo hará en mayor medida aun este año y el que viene) y dejará un tendal de cuentas a pagar. Y en tercer lugar porque se tiende a profundizar un proceso de partidización y desarticulación facciosa del aparato estatal que hará muy dificultoso su uso futuro como instrumento técnico de fines públicos.

Esta última es tal vez la dificultad más seria que tendremos por delante. Ella, además, impugna de lleno el relato kirchnerista sobre el estado y obliga a pensar mejor la relación que existe entre su tamaño, sus áreas de ingerencia, y su poder: en verdad, el estado que él heredó era mucho más pequeño que el actual, pero también más poderoso de lo que el relato k pretende y que el que el kirchnerismo nos dejará como legado, que tiene toda la pinta de haberse vuelto ya un entramado tan extenso y ambicioso, como desarticulado, confuso e ineficaz.

Esta evolución a contramano del relato oficial, y del sentido común, puede ilustrarse con lo sucedido en la relación entre el sector público y las empresas de servicios y energía, incluida YPF. En 2003, cuando llegó Néstor Kirchner a la Presidencia, el estado no tenía control directo de ninguna de esas empresas, pero eso lejos de ser una dificultad era una ventaja, porque le permitía cobrarles impuestos y fijarles precios y demás condiciones de operación sin preocuparse por los costos que eso pudiera implicar, ni los problemas de gestión, acceso al financiamiento y conflictos sindicales que pudiera acarrearles. El fin de la Convertibilidad y la puesta en vigencia de la ley de emergencia económica en 2002 le habían permitido al estado nacional descargar buena parte de los costos del ajuste en esas empresas, sin que ello afectara las cuentas públicas. Estas condiciones fueron una suerte de reverso del contexto hiperinflacionario en que se habían realizado las privatizaciones: de un estado enorme pero incapaz de gobernar ningún precio de la economía ni hacer cumplir ninguna regla para su funcionamiento, y que se había venido deslegitimando debido a las múltiples demandas y actividades con que se cargaba y que no lograba satisfacer, se había pasado a un aparato pequeño pero mucho más eficaz, capaz de asegurar, es cierto que plenamente recién después de la devaluación y el default, el valor de su moneda y la provisión de recursos genuinos para financiarse, y a partir de ello, de establecer reglas para el conjunto de la economía.

El problema es que, visto en perspectiva, el estado que hoy tenemos se parece cada vez menos a aquel del comienzo de la era kirchnerista, y cada vez más al de la crisis inflacionaria. Por obra de una política que se esmeró en asignar en forma discrecional y particularista costos y beneficios, y en consumir todos los stocks de capital disponibles en los sectores de servicios y energía, para subsidiar al resto de la economía y acelerar al máximo su crecimiento de corto plazo, ha conseguido que las empresas de esos sectores dependan de sus decisiones, y que su valor de mercado se acerque a cero. Con lo que enfrenta ahora un dilema que es inconfesablemente semejante al que tuvieron que resolver Alfonsín durante toda su presidencia y Menem al comienzo de su período: ajustar sus tarifas para volverlas rentables, al costo de acelerar inmediatamente la inflación y dañar al resto de los sectores económicos, o seguir subsidiándolas al precio de mayor déficit fiscal, que también traerá a la larga más inflación. En suma, el tipo de discusión que recién está empezando a plantearse en el tema combustibles en estos días, y que es la que realmente importa. Y el tipo de situación en que el estado es omnipresente y hasta puede parecer omnipotente, por ejemplo cuando confisca y viola contratos y derechos de propiedad de hasta muy grandes empresarios, pero sólo porque es el instrumento de un poder político desbordado, que inconteniblemente devora los recursos y la legitimidad públicos.

No es de extrañar por ello que las estatizaciones y el ejercicio cada vez más extenso, punitivo y predatorio del poder gubernamental sobre la economía sean simultáneos a la reaparición de otras viejas costumbres argentinas como son el saqueo de las cajas previsionales, de los recursos del Banco Central, la emisión de bonos y pronto también “cuasimonedas” para cubrir gastos corrientes y otras cosas por el estilo.  A la presidente lo que realmente le importa es mantener en alto su imagen evitista, para que los sacrificios que imponga no puedan atribuírsele a ella sino a los mercados que aun no logra erradicar o a los enemigos del pueblo. Y el peronismo, en su inagotable disposición a probar todas y cada una de sus potencialidades, parece dispuesto en lo que sigue a ofrecernos un tipo de experiencia que en otros momentos críticos bajo su mando (como 1952 o 1973) optó por evitar: la profundización populista. Imposible saber qué del estado habrá sobrevivido cuando esto termine.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.