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¡Si le hubiera hecho caso a Boudou!

Con la confiscación de YPF, el alejamiento de Righi y Rafecas y la intensificación de las “guerras preventivas” contra Macri, Scioli y Moyano el gobierno retomó la iniciativa. Contrarrestó en parte la tendencia a la baja de su imagen y sobre todo la pérdida de control sobre la agenda que sufriera en febrero y marzo.  ¿Cuánto ganó y cuánto perdió en ello? En principio, es evidente que perdió aliados, más o menos firmes según los casos, a los que encima convirtió sin transición en enemigos. Habrá que ver si puede contrapesarlos con nuevos apoyos y recursos. Pero lo fundamental es que pierde también equilibrios esenciales para la salud de su gestión: de un lado, el que existía entre ganancias empresarias y precios subsidiados y le permitía hacer de los servicios y en particular de la energía el sostén del crecimiento; del otro, el que existía entre kirchnerismo y peronismo y aseguraba un lugar subordinado pero provechoso y previsible a quienes dentro del partido oficial conservan aun autonomía y sueños propios.

Los pasos adoptados indican un irreversible sendero de radicalización. Aunque sería un error pensar que eso le impedirá de aquí en más a la presidente mostrarse flexible: tan es así que, sobre los cadáveres aun tibios de la alianza estratégica con España y los acuerdos con Repsol y Eskenazi, ella se dio el lujo de poner un CEO market friendly en YPF y mandar emisarios a buscar inversores en EEUU. Por tanto, mejor que preguntarse hasta dónde querrá llegar Cristina de la mano de Boudou y Mariotto, Moreno y Kicillof, si expropiará más empresas, etc., es indagar si será efectiva la combinación de contención y profundización que está aplicando para lograr nuevos equilibrios, o al menos para ganar el tiempo suficiente y que los desequilibrios no estallen en sus manos.

Ello también dependerá, claro, de un montón de imponderables: ¿hasta cuándo la sociedad avalará todo lo que se hace en su nombre?, ¿si la crisis es más larga que en 2009, tendrá una opción para castigar al gobierno en las urnas?, ¿cuánto riesgo estarán dispuestos a correr los peronistas no kirchneristas?, ¿cuán efectivos serán el corralito cambiario y comercial y el aumento de circulación monetaria para impedir a la vez la pérdida de dólares y la recesión? Aunque más allá de todo esto es preciso evaluar la estrategia del gobierno en sí: ella revela, junto a una propensión al riesgo que no es nueva, una disposición a sobreestimar recursos y capacidades que sí lo es; y dado que se utiliza para pelear varias guerras simultáneas, económicas, sindicales, partidarias, internacionales, que agrupan enemigos y aliados en forma distinta, puede llevar al oficialismo a una encerrona.

Una breve ilustración de esas “guerras superpuestas” ilustrará el punto. En energía se eligió como enemigos a los españoles y como aliados a los norteamericanos, y éstos no ignoraron el convite pues les sirve para poner un pie en Vaca Muerta y asegurarse de que no lo pongan los chinos; pero para ir más allá tropiezan con demasiados obstáculos, puestos por el mismo gobierno: el CIADI, la OMC, el G-20, el Club de París, etc. Mientras tanto, la presidente ya decidió que parte del esfuerzo en YPF lo hagan las provincias petroleras resignando regalías y espera que el resto la respalde en ese cometido; pero las chances de conseguirlo se reducen debido a que ese sacrificio no alcanza y también deberán apretarse el cinturón los distritos grandes y poblados que más consumen combustibles, están pagando ya precios más altos y pagarán pronto unos aun mayores. En este marco, puede que no le sirva de mucho a Cristina el impresionante porcentaje de votos con que se aprobó la confiscación y siga acumulando problemas en otros frentes: la oposición no demoró en reflotar el caso Boudou ni en machacar contra Reposo y aun menos esperó Moyano para destacar que el transporte de combustible, como el de todo lo demás, sigue bajo su égida.

La situación es llamativa pues, tras ser reelecta, Cristina tenía opciones mejores a su alcance, que podían incluir dosis de radicalización, pero si se optaba por ella en lo económico era necesaria cierta moderación política, compartir algunas decisiones, abrir una perspectiva de sucesión no conflictiva, cosas por el estilo; y viceversa, si se elegía eliminar a los adversarios políticos, harían falta recursos que sólo podrían conseguirse con dosis importantes de “sintonía fina” económica. Una guerra política hay que pagarla, y la única forma de hacerlo a esa altura era endeudarse. En tanto avanzar en un control estatal de la energía, el mercado de cambios, el comercio, requería de firmes apoyos políticos y sindicales, que asegurasen una rápida “privatización” del ajuste. Como se descartaron esos caminos, pues no se le hizo caso a Boudou en la economía pero sí en la política, el gobierno no podrá endeudarse más que con el Central y la Anses, y tras monopolizar las decisiones para sacar del juego hasta a sus más tímidos adversarios tampoco podrá socializar fácilmente los costos del ajuste económico.

Algo que, atención, visto con buenos ojos debería ser motivo de alivio para sus críticos: podrán no sólo señalar que lo bueno que hace el gobierno en general lo hace mal, sino relajarse un poco porque lo que intenta de malo afortunadamente también lo ejecuta con torpeza.

publicado en clarin.com el 17/5/2012

Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina, Politica Económica.

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