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Cómo pesificar con 25% de inflación

El kirchnerismo tuvo una invalorable ocasión para pesificar la economía. Pero fue hace seis años, la dejó pasar y no hay vuelta atrás. ¿Significa esto que ya no puede ni debe intentarlo? Lo que es seguro es que tomar este camino supondrá ahora muchos más riesgos y costos sociales y, en el mejor de los casos, el resultado distará de ser ideal: supondrá prolongar por un buen tiempo la alta inflación y reducir las posibilidades de crecer. Aun así tal vez sea mejor que seguir como hasta aquí, dando manotazos sin ningún orden ni plan, o desdoblar del todo el mercado de cambios, que llevarán con seguridad a agregarle al dudoso mérito de haber reinstaurado en el país la inflación crónica, el aún más penoso de recrear el círculo vicioso de la especulación cambiaria.

Recordemos que entre 2003 y 2006 convivieron índices bastante bajos de inflación con superávits gemelos y un tipo de cambio libre, alto y estable, que dejaba más o menos conformes tanto a los exportadores como a los empresarios mercadointernistas. Ese fue el momento ideal para aplicar reformas que desdolarizaran la economía. Así como para hacer converger nuestros parámetros macroeconómicos con los de de Brasil, proveyéndole una base más sólida a la inserción externa del país. Pero no se siguió ese camino y todas esas ventajas se fueron perdiendo, debido a medidas que tomó Néstor para acelerar a cualquier costo el crecimiento, y que Cristina no hizo más que profundizar y enredar: se reemplazó la generación de empleo en el sector privado por la ampliación del gasto público, sin pausa ni control de calidad alguno; el aumento de la inflación fue disimulado con índices truchos y luego contenido apenas por medio de un creciente retraso cambiario y subsidios cada vez más insostenibles a la energía y los servicios; con lo que se fue perdiendo competitividad externa; todo lo cual desembocó en la fuga de capitales y el déficit fiscal que venimos sufriendo desde hace ya un tiempo.

Lo dicho relativiza la idea de que existe algo así como “un modelo K”. Ha habido al menos dos de esos “modelos” y ninguno muy envidiable que digamos: el inicial era mucho más ortodoxo de lo que hoy se quiere recordar, se basaba en salarios bajos en dólares, una economía abierta y exportadora; en tanto el actual es demasiado desordenado como para que pueda considerárselo siquiera populista, sufre crecientes desequilibrios en el sector público y necesita absorber más y más stocks de capital para sostenerse, pese a lo cual muestra rendimientos cada vez peores.

Con todo, hay cosas que no están todavía tan fuera de control como en ocasiones similares del pasado, y ellas permiten ser algo más optimistas: con precios altos de los alimentos y relativamente bajo nivel de endeudamiento del estado y las empresas, el sector exportador es todavía capaz de proveer los dólares que hacen falta para evitar un fuerte shock externo; y dados los problemas del mundo desarrollado, las muy bajas tasas de interés y la relativa buena salud de las economías de la región, no hay tampoco tantos incentivos como antaño para que los capitales se escapen en masa. A ello se suma un vértice estatal que si bien no es muy confiable que digamos en términos del cumplimiento de promesas, ni de sus destrezas técnicas, es indiscutiblemente legítimo y ha concentrado inéditamente el poder, lo que le garantiza una considerable capacidad de imponerse tanto sobre el resto de los actores institucionales como sobre los económicos.

Estos son los argumentos con que se viene respaldando la idea de que, más allá de todos los problemas y errores acumulados, todavía el gobierno podría sostener en el tiempo medidas restrictivas sobre el acceso y uso del dólar como las que ya están en marcha, o incluso otras aun más extremas, sin generar una estampida ni un agudo estancamiento económico. En tanto los exportadores crean que puede sostener el corralito cambiario o aun endurecerlo, seguirán liquidando sus divisas y los demás operadores los imitarán, renunciando a correr riesgos en una fuga especulativa que, de ser contenida, les significaría fuertes pérdidas.

Los beneficios potenciales de una pesificación forzada y acelerada de mercados hoy dolarizados, lo que incluye hoy buena parte del circuito inmobiliario, las finanzas, el turismo y también muchos intercambios en la industria, son tentadores: el Banco Central podría monopolizar el acceso a las divisas; y el gobierno concentrar en los consumidores y empresas el costo de la inflación. La promesa que él podría hacerles en compensación es que, tras derrotar la especulación, volvería a aumentar el consumo y la inversión, y ello beneficiaría un poco a todos.

Pero el problema es que para lograr este resultado y sostener en el tiempo la pesificación, el gobierno debería poder hacer algo que hasta aquí estuvo fuera de sus objetivos, y tal vez esté ya fuera de su alcance: sincerar precios (incluido el tipo de cambio, además de la energía y los servicios) y coordinar su corrimiento, para desactivar el temor a un shock de precios relativos. Y debería contar además con una ayuda externa  que está definitivamente fuera de sus manos asegurar: que siga por un tiempo más el dólar barato, que tanto hizo en beneficio del país en la última década, porque de él dependen entre otras cosas los precios altos de los alimentos y los bajos incentivos externos a la fuga.

En cuanto a lo primero, para tener éxito la pesificación necesitaría, en suma, que su principal impulsor, el supersecretario Moreno, deje de ser quien es. O que la presidente deje de agregarle tareas y ponga en funciones de una buena vez un equipo económico. Porque el problema de fondo es que los economistas K han sabido crear inflación, pero no un “orden inflacionario”, y es en gran medida por ello que crece el temor a un shock.  Para prevenirlo harían falta políticas como las que Brasil hizo entre los sesenta y setenta, es decir antes de que renunciara al vicio de la inflación (renunciando por largo tiempo en cambio a la democracia, algo que esperemos no esté en los planes de nadie en nuestros pagos), sincerando y coordinando variables que han venido siendo torpemente manipuladas y distorsionadas.

En cuanto a lo segundo, va a hacer falta otro milagro: pareciera que la revalorización del dólar ya ha comenzado, llega en el peor momento para el país, y de sus consecuencias no habrá malabar de política doméstica que pueda sustraernos.

publicado en tn.com.ar el 27/5/2012

Posted in Política, Politica Argentina, Politica Económica, Populismo.

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3 Responses

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  1. Pablo Díaz says

    Dos apuntes: ya hubo masiva fuga de capitales pese a falta de fuertes incentivos afuera (23 mil millones en 2011 antes del cepo) y en cuanto a sostener medidas aún mas restrictivas sin efectos recesivos, eso ya se está dando de manera gereralizada, en industria, comercio y agro incluso (ver trigo, por ej). Las cosas están peor de lo que se las pinta en la columna, según varios economistas, y son cada vez más, desde Espert a Levy Yeyati y Lllach Jr. El daño es reversible, pero a un alto costo político. Veo mini-Rodrigazo a futuro. O no tan mini, depende de cuánto tiempo aguante el tapón-cepo.

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Pablo, puede que tengas razón, y yo también apostaría a que esto va a terminar mal, mi argumento iba dirigido a sostener que la pesificación no es la peor opción que tiene a la mano el gobierno, y si fuera bien manejada podría hasta tener algunos resultados, por de pronto, evitaría se consuman todas las reservas en un juego especulativo. Pero bueno, tal vez ni siquiera eso se pueda salvar. Saludos

  3. Mario Ferreiro says

    Muy buenooo!!!!