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Doctrinarios, oportunistas y la re-relección kirchnerista

En 2010, el presidente Lula, en el ápice de su popularidad y encabezando (como diría Ernesto Laclau) un proyecto de transformación, se enfrentó a un dilema: ¿cambiar un componente central del cuadro institucional o asumir el desafío de una sucesión presidencial en el marco del cuadro institucional existente? Lula optó por la segunda opción: descartó una reforma constitucional que lo habilitara a un tercer mandato, propuso a sus fuerzas políticas una candidata alternativa y se resignó a dejar la Presidencia de Brasil (tal vez para siempre). Hay que decir que Lula no improvisó su jugada: la posible candidatura de Dilma Rouseff comenzó a ser preparada con mucha anticipación. Lo cierto es que al decidir de este modo, Lula se abstuvo de incurrir en una práctica muy típicamente brasileña y conocida como casuismo. El casuismo consiste en alterar las reglas en favor de situaciones particulares y sin que la alteración pueda fundarse en el interés general. Como el equipo de futbol que va ganando 2 a 0 en el primer tiempo e impone que el partido dure apenas 45 minutos. No hay ninguna diferencia entre esta arbitrariedad gritante y reformar la constitución para favorecer a un presidente en ejercicio.

Pero la reforma de la constitución que pretende (a juzgar por muchas manifestaciones públicas) el conglomerado político oficial está siendo acompañada de una retórica refundacional. Según esta, la reforma sería necesaria para poner al día la carta constitucional que, en su actual estado, no acompañaría el “proceso de transformación de la relación de fuerzas en el campo sociopolítico”. Los doctrinarios como Laclau hacen una trampa a ojos vistas: deciden que son protagonistas de un proceso de transformación, y en virtud de esa decisión se arrogan el derecho de establecer la reelección presidencial indefinida, y alterar la arquitectura institucional para socavar las dimensiones republicanas (gobierno de la ley) y liberales (limitación del poder) de nuestra Constitución. Si hemos de tomarlos en serio, la re-reeleción no sería sino la punta del iceberg de una nueva carta en que se plasmarían las concepciones y los usos políticos del neopopulismo: el empoderamiento de un grupo que en nombre del pueblo está en condiciones de hacer prácticamente cualquier cosa.

Pero ¿debemos tomar en serio a los doctrinarios? Por un lado, indudablemente sí. Ellos creen firmemente en la retórica que utilizan, y perciben los cambios institucionales como la otra cara de la moneda de una transformación social que, supuestamente, expresaría el kirchnerismo. Pero, por otro lado, no: los doctrinarios son, dentro del conglomerado político oficial, una gota de agua en un mar de oportunistas. Para estos últimos se trata de otra cosa. En pocas palabras, son vivamente conscientes de que el peronismo oficial sería incapaz de llevar a cabo una sucesión ordenada. Si CFK dejara de ser candidata, se desataría una lucha interna sin cuartel que podría llevarlos a la ruptura y eventualmente a la derrota. Y la derrota les resulta sencillamente insoportable: dejando el gobierno federal perderían gran parte de los beneficios provenientes del macizo patrimonialismo que practican.

Como sea, doctrinarios y oportunistas coinciden fuertemente en los hechos, dado que los primeros o no se molestan con, o comparten, lo que procuran los segundos: no dejar pasar la oportunidad que creen tener de aferrarse por décadas al gobierno nacional. Los populismos suelen estar acompañados de una retórica de transformación, pero lo primero que esta retórica justifica es la perpetuación en el poder: las instituciones deben ser alteradas porque hay que darle más poder al pueblo y sobre todo hay que hacer posible que los líderes que conducen el proceso transformador continuen en el gobierno todo lo necesario para que este se desenvuelva. En la práctica, dar más poder al pueblo equivale a conferir a la casta populista gobernante una patente de corso sobre lo público y eternizar al líder no es sino un paso más en el camino en que este se erige por encima de la ley.

Lo asombroso es que aquellos que dentro del conglomerado oficial confían de buena fe en la retórica transformadora se nieguen píamente a cotejar sus convencimientos con la experiencia concreta del día a día de la administración kirchnerista. En efecto, el despliegue de desapego a la ley, de craso patrimonialismo, de arrasamiento institucional, de manipulación de lo popular, es tal, que es difícil no ver todo esto multiplicarse por cinco en caso de que una reforma constitucional le desate aún más las manos al conglomerado gobernante.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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One Response

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  1. Sebastián says

    La reforma constitucional ni siquiera se justifica en la continuación del supuesto proceso transformador. Solamente hace falta un plan de sucesión y el surgimeinto de liderazgos en un proceso democrático dentro de la fuerz política dominante.