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La verdad que cada quien ve en las cacerolas

Abundan en el gobierno quienes creen que el cacerolazo del 13 no es una señal de alarma, sino la confirmación de que van por el buen camino. El argumento es que el adversario que se les puso delante es el que estaban necesitando para darle impulso a un nuevo ciclo de radicalización, que a los ponchazos venían tanteando y ahora podrá encontrar su escenario y su programa. Hay otros que dudan. Pero es probable que terminen cediendo ante aquellos, porque sólo en la constante radicalización seguirán encontrando razones suficientes para continuar en el mismo barco.

Entre quienes encuentran esa paradójica verdad confirmatoria en las protestas en su contra se cuenta el jefe de Gabinete: según él a esa gente no le importa el país y para advertirlo basta con mirarles las caras y la ropa; el racismo invertido ensayado por Carlotto, D´Elía y González adquirió así su máxima expresión, “ellos” no son “pueblo” ni buenos argentinos, por eso protestan; y con ello lejos de invitar a revisar el rumbo lo hacen a profundizarlo. Es curioso que Abal Medina se haya vuelto la prueba viviente de que demasiado kirchnerismo puede ser dañino. No cabe duda de que es un político trabajador e inteligente. A lo que suma el ser un politólogo sofisticado, capaz de codearse con la academia local e internacional, y el haber atravesado un interesante proceso de maduración, desde sus inicios en la ortodoxa y telúrica revista Línea hasta el ingreso al entorno de Chacho Álvarez en tiempos del Frepaso y la Alianza, lo que debió exigirle un giro copernicano en términos de modernidad, fe democrática y pluralismo. ¿Por qué entonces hoy se conforma con hacer extrañar la dosis de humor carrero con que al menos Aníbal Fernández volvía más pasables sus bravatas y descalificaciones?

Que lo mandan no es explicación suficiente. Su ejemplo cuenta porque ilustra lo que parece haberle sucedido a muchos otros intelectuales y políticos K: todos tienen en común el haber sacado sólo lecciones negativas de los experimentos en que  participaron antes de desembarcar en el kirchnerismo. Después de acompañar a Menem, la Renovación, Alfonsín o al Frepaso, terminaron renegando de lo que mal o bien esos proyectos tuvieron en común, una cierta dosis de tolerancia democrática y respeto por las instituciones republicanas. Ello explica que, tras ensayar caminos tan distintos, se reencontraran con viejos compañeros en la convicción de que ese virus, el liberalismo político, había sido el común factor corrosivo de sus esfuerzos, la fuente de debilidad y confusión que los había llevado a todos al fracaso. De lo que a su vez extrajeron una inapelable consecuencia: el mandato de regresar a las fuentes comunes en la tradición nac and pop.

Desde esa posición fuertemente informada por la ideología nacional populista, con esa heterogeneidad de trayectorias a cuestas y una común “lección de la historia”, se entiende mejor el papel que juegan tanto la diversidad interna como la fe en una perdurable identidad k para alentar la radicalización. Si les sumamos los éxitos electorales y de gestión de estos años se entiende también que sus protagonistas no estén dispuestos a escuchar los cantos de sirena de ninguna moderación, y encuentren en las voces disonantes la confirmación de lo que quieren creer: que por más riesgos y costos que implique, siempre será preferible abroquelarse y escalar los conflictos que ceder y negociar.

El adversario en este caso, una clase media de rostros difusos y mayormente proveniente de los grandes centros urbanos, reúne encima los rasgos necesarios para agitar el “síndrome Fito Páez”: es más fácil odiar lo que se tiene cerca y más sencillo atribuirle la voz que se quiere escuchar a quienes tienen infinitas voces y ninguna en particular; hacerlo viene bien, además, para calmar la ansiedad que genera no tener en el fondo muy en claro de dónde venimos ni adónde vamos.

Si por el lado del relato y la ideología K la diversidad del adversario aporta lo suyo, otro tanto hace por el lado del cálculo electoral su condición sociológica de “minoría estructural”. Su estrategia al respecto el gobierno la viene aplicando hace tiempo, combinando iniciativas económicas, institucionales y culturales para lograr una polarización ya no sólo política, sino también social, entre un campo de beneficiarios y otro de expropiados y humillados. Todo en una versión de barra brava de la lucha de clases, que extorsiona a la tribuna con un pacto mafioso: tolérennos y reciban las migajas de la fiesta, o corran el riesgo de compartir el destino de las víctimas. Lo que se matiza según los casos, desde el ya conocido “maltrato al poderoso” con que cotidianamente Moreno practica la justicia social, al sueño de Mariotto y Manzano de intervenir Cablevisión para bajar a la mitad la cuota de los abonados. El esquema, para funcionar, sólo necesita respetar un simple cálculo: que los que se sientan injustamente tratados no puedan formar una mayoría, para que sus derechos se contrapongan a la felicidad del pueblo.

Esta política es abundante en maltratos, pero no necesita liquidar al enemigo. Como dijo en una ocasión Jorge Coscia, el populismo peronista siempre ha sabido hacerle la vida insoportable a sus adversarios, y con eso le alcanza. ¿Cabrá Argentina en este molde? Sostener que nuestra sociedad es distinta a la venezolana, o distinta hoy a lo que fue en los años cincuenta, y creer que esa será barrera suficiente tal vez sea demasiado optimista. Es lo que tienden a hacer quienes celebran en la protesta del 13 una verdad sociológica de la Argentina opuesta a la oficial: que el nuestro es un “un país de clase media”. Puede que a estos les convenga prestarle un poco más de atención a la lógica oficial y a las complejidades políticas que deben resolver.

Todo se resume, finalmente, en un problema de acción colectiva: si los “expropiados y humillados” no son capaces de coordinarse, y ni ellos ni los políticos logran ofrecer alternativas más amplias, el temor a engrosar las filas de los perseguidos y la atracción que ejerzan disfrutes simbólicos y materiales obtenibles a su costa (ver sufrir a los ricos, repartirnos lo que “ilegítimamente” les pertenece, etc.) puede bastar para que el proyecto triunfe. O al menos para trabar las cosas de manera que la supervivencia acotada de los “otros” no signifique una verdadera amenaza.

La pregunta decisiva es entonces si los resistentes podrán encontrar también una “verdad política” en la calle, que les permita superar su condición minoritaria. Al respecto, lo de Abal Medina fue particularmente infausto, porque puso el dedo en la llaga que llevó a tanta gente a abandonar el letargo: el temor a que el país deje de ser también un poco suyo, a que quienes gobiernan logren dejarlos no sólo fuera de una mayoría circunstancial, sino definitivamente fuera de la comunidad. No deja de tener algo de razón el oficialismo, hay que reconocerlo, cuando advierte que la atribución de todo tipo de males a su gestión es un poco injusta viniendo de sectores a quienes hasta aquí él benefició, y mucho: subsidios al consumo, salarios por lo menos empardándole la carrera a los precios, pleno empleo, etc. Ahora bien: de ello se puede extraer, como hace el oficialismo, la conclusión de que esta gente no se conforma con nada y por eso se solivianta cuando se le imponen costos justificados, o al menos pasables, como un poco más de impuestos u obstáculos para que escape de la inflación. Pero podría también leerse esa “ingratitud” en un sentido opuesto: concluyendo que otra cosa fue lo que la llevó a movilizarse. En estos términos, la conclusión podría ser que lo realmente problemático en la relación entre el kirchnerismo y las clases medias ha sido la desproporción entre beneficios materiales, propuestas políticas y horizontes futuros. Precisamente porque el gobierno hizo en el pasado tanto por liberar a esos sectores de preocupaciones materiales y fortalecer su optimismo, es lógico que ellos se muestren poco comprensivos y acomodaticios cuando los maltrata. Les ha dado instrumentos y motivos para que se sientan en su legítimo derecho de patalear: ¿cómo impedir que consideren que los beneficios acumulados los merecían, y lo que ahora reciben en cambio son castigos gratuitos e injustificados? Es toda esta madeja de equívocos y enredos en que han estado envueltos la clase media y el kirchnerismo lo que entró en crisis. Y lo que resultará de ello es hoy difícil de prever. Lo único seguro es que, más que a un “momento de la verdad” ambos tienen por delante futuros complicados.

publicado en lanacion.com.ar el 18/9/2012

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.