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La batalla por el sentido común

Desde el oficialismo se han ensayado dos argumentos para quitarle relevancia al cacerolazo de hace un par de semanas: uno que la atribuye a la clase media acomodada interesada en acumular dólares, así que no habría que preocuparse pues no es un reclamo compartido por el resto de la sociedad; y otro político, que sostiene que a diferencia del conflicto con el campo en 2008, esta vez no hay quien pueda representar el malhumor social, por lo que es más probable que él se agote y disipe.

El argumento social tenía alguna validez válido cuando los caceroleros eran unos pocos cientos en Santa Fe y Callao. Ahora que llenaron varias plazas en todo el país lo menos que cabe decir es que quedó desactualizado. Además es evidente que la convocatoria fue eficaz porque hilvanó reclamos de diversos sectores, contra variadas iniciativas oficiales. ¿Esa virtud no la volverá aun más peligrosa que las protestas contra la 125, focalizadas en un problema fiscal finalmente acotado, como (algo tarde) el gobierno descubrió cuando decidió desactivarlo?

A esto se suman otros dos aspectos también riesgosos para el gobierno. En primer lugar, si alguien coordinó la protesta fue la propia Cristina y su cadena nacional permanente, que han hecho todo lo posible por agitar el descontento y enajenarle al gobierno su bien más preciado en el control del sentido común, la espontaneidad. En pocos meses la estrategia de comunicación oficial retrocedió varias décadas, mientras un todavía difuso espacio opositor dio saltos adelante en su capacidad de darle voz a “la gente”.

En segundo lugar, más que indicio de una creciente polarización, la protesta lo es del fracaso en el intento de provocarla. También a diferencia de lo sucedido en 2008, en que hubo claramente dos bandos enfrentados que legítimamente movilizaban a “su gente”, y de lo sucedido en países donde la polarización sirvió a los populismos gobernantes para bloquear la competencia política, como Venezuela o Bolivia, aquí y ahora el oficialismo está perdiendo rápidamente esa capacidad. De allí que no sepa muy bien qué hacer, si ignorar el acontecimiento para que pase al olvido, o contrapesarlo con una movilización propia. Algo que en números aun está en condiciones de hacer, claro, pero de cuyos efectos políticos con toda razón desconfía: y es que ha sido tan exitoso en concentrar todo el poder del estado en una persona y en estatizar a sus bases de apoyo, que tiene motivos para temer que cualquier concentración masiva que intente deje ver, más allá de la contundencia que logre en volumen, la pérdida de respaldo y raigambre en la sociedad que viene experimentando. Renuente a elegir entre dos males, tal vez termine haciendo lo que de momento es más fácil, aunque a la postre sea lo más costoso: seguir abusando del talk show presidencial hasta que la platea se quede vacía.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.


2 Responses

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  1. emiliogaviria says

    Si el cacerolazo extendido resultó sorpresivo, la protesta de los armados desarmados, parece aumentar las sorpresas, que últimamente vienen en avance. Seguir abusando del talk show, en estas circunstancias, no resulta apropiado y por lo que no escuchamos, varió la modalidad expresiva a to be quiet.

  2. emiliogaviria says

    Para ampliar mi comentario anterior, incorporo lo que escribí en La Nación, el 06/10/12: Convendría hacer un ejercicio teórico basado en hipótesis y supuestos imposibles de realización,” que pierda Chaves”. Al respecto y sobre la situación actual del país,” que hablara la Presidente”.