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El 8N y el fracaso de la polarización

Hay quienes creen que el 8N expresa y potenciará la polarización política. Pero, en verdad, la política argentina no está tan polarizada como se dice. Lo que sí, está muy intelectualizada: tenemos intelectuales, más que funcionarios, explicando lo que el gobierno hace, a todo un intelectual tomando decisiones económicas y hasta una presidente que ansía más que nada ser reconocida como máxima intelectual de su proyecto. No debe sorprender por tanto que la vida pública esté alejada de la resolución de asuntos prácticos, le cueste pensarlos como tales y haya llegado a niveles de neurosis sólo comparables a los de las películas más neuróticas de Woody Allen, esas en que todos hablan de todo todo el tiempo y nadie hace nada.

Es porque nuestra vida intelectual está sí polarizada que pareciera que la política lo está, que el gobierno de Cristina representa un bloque social e ideológico enfrentado a otro, de intereses y creencias opuestos, cuando eso es más que nada una ilusión. El intelectual es el único terreno en que la polarización oficialista fue efectiva: allí sí hay bloques enfrentados, fronteras claras y muy difíciles de sortear. En todos los demás terrenos no: las fronteras son lábiles y ambiguas, grupos e individuos pasan de un lado al otro con facilidad según cómo sople el viento, los alineamientos son cambiantes y las cuestiones sustantivas en disputa definen clivajes cruzados, que dificultan además de la toma de decisiones la formación de campos políticos mínimante coherentes.

Si nos guiamos por lo que dicen públicamente y el entusiasmo que ponen en caerles bien a los funcionarios, podría creerse que casi todos los empresarios son oficialistas, aunque si los escuchamos en la intimidad nos convencen rápidamente de lo contrario. En cuanto a los sindicalistas, los que quieren ser aliados y los adversarios del gobierno han intercambiado roles abruptamente en estos meses, y es imposible saber cuánto van a durar las actuales alineaciones. Mientras que el ensordecedor silencio de casi todos los gobernadores peronistas impide determinar si tienen alguna posición al respecto o les resulta por completo indiferente y sólo se dedican a lo local. Tampoco hay evidencias de polarización en la opinión pública, más allá de las minorías fanatizadas a favor y en contra. Cuando los medios ofrecen sus micrófonos a esas voces más duras instalan la imagen de una sociedad dividida. Pero cuando se presta atención a datos más representativos, lo que salta a la vista es la velocidad y facilidad con que la gente cambia de opinión. Algo que justamente es muy difícil en sociedades polarizadas: si tomamos como modelo de ellas la venezolana, o incluso la norteamericana, lo que se observa es que los clivajes son allí muy rígidos y estables, y la variación de las opiniones es por tanto marginal. Algo parecido a la Argentina de hace cincuenta años, y muy distinto a la de la última década, en que la gente se enamoró y enemistó con el oficialismo varias veces, en algunos casos en cuestión de semanas y en general por cuestiones ajenas al debate de ideas o los modelos de país: lo decisivo fue el nivel de consumo, el empleo, la inflación, la inseguridad, etc.

Dicho esto, se entiende que también la interpretación del 8N tienda a polarizarse, y que con ello se confunda o pierda mucho de su significado. Así, el oficialismo más duro ha buscado identificar a los caceroleros con gente muy diferente a sus votantes. Pese a que la desilusión de una parte de quienes hace sólo unos meses apoyaban y hace un año votaron a Cristina es un componente importante de la protesta. Y no sólo de la de ayer, también de las que protagonizan cada vez más frecuentemente sindicatos de todo color. ¿Los gobernantes lo saben y quieren disimularlo?, ¿o están buscando polarizar para mantener cohesionado al polo oficial, y pegados con la “ultraderecha” a sus opositores?

El cristinismo también insiste en que las consignas del cacerolazo son de derecha y por completo incompatibles con el “programa nacional y popular”. Su objetivo en este caso es evidente: diluir detrás de un relato ideológico el hecho cada vez más indisimulable de que retrasar el tipo de cambio no es precisamente favorecer el empleo y la industria nacional, negarse a actualizar el piso del impuesto a las ganancias no se lleva con las proclamas a favor del consumo y la redistribución, y negarse a que los jueces determinen imparcialmente sobre la constitucionalidad de dos artículos de la ley de medios es bastante poco democrático. Si el gobierno necesita cada vez más polarización ideológica es porque no tiene otra cosa que ofrecer, ni una economía en crecimiento, ni beneficios sociales, ni un plan político viable para el futuro.

En síntesis: la política no está polarizada, está confundida. Está sí polarizada la interpretación intelectual de los hechos. Y esto porque sobre ella actúa como un bloque cerrado y rígido de apotegmas el discurso sobre el “gobierno nacional y popular” en épico combate contra sus enemigos. La construcción de esta imagen es el único gran triunfo ideológico del nacional populismo. Y ojo: ni siquiera su imperio es extendido en el Ejecutivo: buena parte de sus funcionarios están atrapados en una dinámica de aislamiento que no sólo les disgusta, saben que no les conviene. Aunque el problema es que allí la racionalidad del fanatismo funciona. Para los realmente convencidos, pocos pero estratégicamente ubicados en torno a quien decide, el juego en danza es uno en que el premio no es mejorar la situación social, ni siquiera asegurarse la continuidad en el poder, el premio es tener razón, “conquistar la hegemonía”. Y tras la victoria electoral del año pasado, que pareció dejar ese supremo trofeo al alcance de la mano, ¿cómo no intentarlo todo, pagando el precio que sea, para alcanzarlo?

Desde entonces, para todos los demás, incluidos los kirchneristas moderados, se volvió más difícil convencer a los fanáticos de que esa prueba que buscan, para su ideología igual que para cualquier otra o para la existencia de Dios, no existe. Hay quienes creen que una masiva protesta como la vivida debería bastar para despertarlos de ese sueño inútil: finalmente, ¿hay algo más absurdo que un “gobierno popular” que se vuelve cada día más impopular, enfrentado a miles y miles de ciudadanos en las calles? ¿No es acaso el 8N antídoto suficiente para el “baño de pueblo” que desde la muerte de Néstor Kirchner hasta la reelección le permitió a Cristina hablar a la vez en nombre del estado y la sociedad y dar rienda suelta a las fantasías hegemónicas? Tal vez no: las verdades selladas sirven precisamente para escaparle el bulto a hechos incómodos como éste, desmintiendo datos contradictorios con las creencias para que no afecten el santuario en que ellas rigen. De allí que, por más evidencia haya del fracaso de la polarización, se la siga intentando.

Desde una versión más dura de la “pedagogía del fracaso” hay quienes sostienen que esa terquedad tiene sus ventajas, pues nos librará de la tara cultural del nacional populismo, dejando en evidencia lo absurdo e irracional de sus recetas. Tal vez sea bueno recordarles a quienes razonan de este modo que así como no existen pruebas infalibles a favor de ninguna ideología, tampoco existen en contra. Siempre habrá forma de convencerse de que el país no se merece a esta presidente.  Así puestas las cosas, conviene no sólo desalentar la polarización oficial, sino la de opositores que se extasíen ahora en su  propio baño de masas.

Posted in Politica Argentina.


3 Responses

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  1. emiliogaviria says

    Recordar lo dicho por Jauretche de los los intelectuales nativos y su entrega al poder. La observación descarnada, exacta, sobre la política argentina, “todos hablan, todo el tiempo y nadie hace nada”,( agrego, y se equivocan más de lo razonable), se corporiza en el programa nacional y popular que ha espantado a miles de millones de dólares propios y ajenos, necesarios para el desarrollo. Al faltar el dinero auténtico, segunda sangre social, se apagan las ideologías, los ortodoxos viran a heterodoxos, para entrar en el próximo “ismo”. Lo del gobierno popular que se vuelve impopular es una contradicción conocida así como la profecía suicida (J.Venn).

  2. Pablo Díaz de Brito says

    De acuerdo, no estamos ante la sociedad del 55, ni la del 73, pero hay polarización más allá de los intelectuales. Se vive en familias, trabajos (redacciones), etc. Pero bien, el punto es que CK polariza a fondo a a falta de otra cosa mejor, eso es acertado señalarlo. Otro punto clave del 8-N, creo, es que cerró la puerta a la re-re. El silencio de tumba, o los comentarios de los que tienen votos (gobs, del PJ) lo demuestra. Los que condenaron al 8-N no tiene un voto que perder (los intelectuales, precisamente, los de Carta, o políticos pre-jubilados como Aníbal). La furia verbal de CK hoy en Sta Fe, por ej, respondería también a que se notificó de esta imposibilidad.

  3. Marcos Novaro says

    Estimado Pablo, creo que en general las evidencias de polarización que se ofrecen, provienen de familias y trabajos intelectualizados, justamente vos lo referís a “redacciones”, podemos agregar universidades, y algunos pocos más, no creo que sea el caso de otros trabajos menos teñidos por el debate intelectual. saludos