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Una sofisticada legitimación para democracias polémicas

Días pasados, y en Página 12, se publicó una interesante entrevista a la politóloga Chantal Mouffe, bajo el título “Hay que latinoamericanizar Europa”, que continúa un debate en el que participan, expresa o tácitamente, muchos autores. Cabe observar que Chantal es esposa de Ernesto Laclau, y ambos han publicado importantes trabajos en coautoría. También ambos, y sobre todo Ernesto, son, como se sabe, fuertes referencias intelectuales del kirchnerismo.

El núcleo de la entrevista está dado por la articulación entre democracia y liberalismo. Mouffe establece así el contexto histórico de ciertos “modelos” (europeos) y reivindica otros (las “nuevas democracias latinoamericanas”). Ya que Mouffe se refiere profusamente a “modelos” de democracia, comienzo diciendo que ellos son perceptibles solamente a posteriori. En cada momento presente, lo que hay es una lucha por valores, por fundar las instituciones en tradiciones, etc. Por ejemplo en 1853 en Argentina, no se optó por “un modelo de democracia”, se escogieron formas institucionales que la élite dominante veía como adecuadas a sus valores y problemas. Así pensadas las cosas, al sostener que los actuales gobiernos latinoamericanos han subordinado al elemento liberal y han puesto al elemento democrático como principal, Mouffe incurre en patente arbitrariedad: primero afirma que Latinoamérica no está obligada a aceptar el “modelo europeo”; luego, prescribe la democracia que ella prefiere, resuelve interpretar en términos de (su) modelo las “democracias latinoamericanas recientes” y decide cual es el mix adecuado, presentándolo como de posible constatación empírica: “En las experiencias de las nuevas democracias de Sudamérica no hay un rechazo a la tradición liberal, pero sí hay una articulación distinta entre las tradiciones liberal y democrática.”. Pero Mouffe fuerza así las cosas, porque, primero, aunque no da nombres, sí podría decirse que ciertamente en algunas de las así llamadas nuevas democracias hay un abierto rechazo a la tradición liberal – tal es el caso de Bolívia, Ecuador, Venezuela y la Argentina. Este rechazo podrá ir más o menos lejos en cada país pero está en la palabra y en las acciones de los gobernantes. Y segundo, lo que hace la entrevistada es, no muy disimuladamente, abusar de una interpretación para pasar una receta, legitimada ahora por las experiencias de los pueblos latinoamericanos. En efecto, es porque en su receta el mix de liberalismo y democracia es más equilibrado que en la realidad, que la entrevistada tiene la necesidad de afirmar que en las nuevas experiencias “no hay un rechazo a la tradición liberal”.

Podría apuntalarse en casos concretos una perspectiva contraria: hay países latinoamericanos – como Brasil, Uruguay y Chile – en los que la dimensión liberal de sus regímenes democráticos no se ha visto dañada. Esto representa una esperanza para todos aquellos que, como es mi caso, estamos convencidos de que el liberalismo así como el republicanismo (con todo lo diferentes que son entre sí) constituyen dimensiones sin las cuales la índole democrática de un régimen político es inevitablemente erosionada. Por otra parte, esto pone directamente en cuestión otro supuesto fuerte de la entrevistada, cual es el de la concepción de la propia democracia. Salta a la vista que Mouffe tiene una idea eminentemente gubernativa de la soberanía popular, identificando democracia con esta. Así, dirá: “Ese predominio del componente liberal es lo que están poniendo en cuestión los gobiernos latinoamericanos, que han puesto al elemento democrático como elemento principal. El elemento liberal no ha sido eliminado, pero está subordinado.”. En la democracia, la soberanía popular jamás puede entenderse – como se entiende, por ejemplo, en los casos latinoamericanos ya mencionados – como encarnada, como materializada en la voluntad de un cuerpo político y / o un líder. Cuando eso ocurre, las dimensiones liberal y republicana, así como la propia dimensión democrática, sufren daños irreparables. La soberanía popular, por el contrario, puede entenderse como teniendo diversos campos de realización, desde el electoral (todos los votantes la realizan, no solamente los ganadores) hasta distintas formas de participación política y en el juego de las instituciones. Instituciones en las que, para que estén abiertas a la participación popular, han de estar presididas por fuertes dimensiones liberales y republicanas. Porque, ¿qué quiere decir que “El elemento liberal no ha sido eliminado, pero está subordinado”? Elijamos el caso quizás más dificil para contraargumentar, la propiedad social, o la regulación de la propiedad por razones de bien público. ¿Se trata de una subordinación del elemento liberal? Difícilmente; en el marco de un régimen democrático, liberal y republicano, conflictos entre acciones o concepciones inspiradas en sus distintas orientaciones, se plantean constantemente. Nada tiene esto de “subordinación” (a mi entender la entrevistada tiene razón al observar que en muchas de las democracias europeas la dimensión democrática ha quedado subordinada a la dimensión neo-liberal). Como sí tiene en cambio mucho de subordinación – y me siento obligado a suponer que Mouffe lo aprueba – el sometimiento del poder judicial o el remodelamiento de la constitución con el propósito de que la “soberanía popular” (encarnada en una mayoría y un jefe) se perpetúe en el poder. En suma, a Mouffe parece no preocuparle – o, más bien, aprueba – que el “elemento democrático” subordine al liberal (del republicano nada dice). No se pregunta en qué medida la “rearticulación con predominio de la soberanía popular” erosiona al propio régimen democrático. La entrevistada es muy clara: “…uno no puede decir que países donde existe la posibilidad de la reelección indefinida, como Venezuela, sean menos democráticos que países sin esa posibilidad, como los europeos.”. Por el contrario creo que la atención al principio liberal del control y la limitación del poder hace directamente a la calidad de la dimensión democrática de un régimen político.

Y esto nos lleva al punto de las opciones políticas de los electores. “Desde mi perspectiva – dice Mouffe –, el criterio para saber si un país es democrático es si a la gente se le da la posibilidad de escoger, si tienen alternativas y no simplemente alternancia entre partidos distintos que, una vez en el poder, no hacen ninguna transformación fundamental.”. Mouffe ahora mide la democracia según la actividad electoral de los ciudadanos, algo notoriamente unilateral. Pero asumiendo su criterio, ¿qué puede observarse en los países que ejemplifican las “nuevas democracias”? Que cuando las posibilidades de escoger son reales, esto viene acompañado con una negativa polarización. Esta polarización es celebrada por Mouffe, que es muy crítica en relación al “consenso al centro” de los países europeos. Y yo creo en contrario que cuanto más diversa sea una democracia – es decir, cuanto más equilibradas y en tensión estén sus dimensiones democrática, liberal y republicana – menos propenso será ese régimen a dar lugar a la polarización que Mouffe desea (el caso brasileño es un buen ejemplo). Esto quizás ayude a entender porqué gobiernos como el de Cristina Kirchner encuentren tan atractivas conceptualizaciones como las de Chantal (o las de Laclau): sus impulsos crudamente imperativos de todo tipo encuentran allí legitimaciones sofisticadas.

Por fin, Mouffe hace bien en subrayar que “el objetivo de la democracia no es encontrar los procedimientos para poner a todo el mundo de acuerdo, porque eso no es posible, sino encontrar cómo manejar el conflicto”. Pero mientras las interacciones en el “modelo” de democracia que ella prefiere tienen lugar en el registro “amigo-enemigo” que ella rechaza, es en las democracias republicanas y liberales donde el reconocimiento de la legitimidad del oponente, y las interacciones de los sujetos políticos en tanto adversarios, que ella declara preferir, es más probable. Hay por tanto una patente incongruencia entre su defensa de los “modelos latinoamericanos” y su preferencia normativa.

Posted in Politica Argentina.


2 Responses

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  1. Tomás Lüders says

    Es increíble observar la cerrazón en la que caen ciertos intelectuales. Parecen víctimas de eso qu Ardent llamó el sexto sentido autoritario, en donde, contra toda evidencia, los creyentes asumen que ven lo que los demás no ven. En este sentido, suponiendo que el “maximalismo” en el que caen Mouffe, Laclau y otros es “el camino”, en un irresponsable y total abandono de un mínimo de “ética de la responsabilidad”, yo me pregunto en dónde ven satisfecho su irredentismo? cuál es la revolución? de qué nos perdimos los no iluminados?

  2. jose says

    excelente conclusión. es cierto, hablando en términos normativos, si se parte del supuesto de que la polìtica es antagonimo, como estos intelecutales asumen, solo un sistema republicano y liberal, que reconozca la legitimidad de intervención política del oponente, puede darle cabida.

    de todos modos, resulta dificil pensar a dónde iría a parar eso que algunos llaman “la izquierda” (imagino q laclau y mouffe se deben sentir identificados con ella). estos planteos hace cuasi imposible reputar ideologicamente un gobierno/una forma de hacer polìtica. por ello pareciera que a estos autores les da lo mismo una “gestión” de izq o derecha, con tal de que sea “populista”. no reivindico la dicotomia ideologica, sólo me parece extraño q estos intelectuales la soslayen por completo.