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Más y más circo

A lo largo de 2012 Cristina Kirchner sólo dejó de caer en las encuestas en dos momentos bien puntuales, y similares entre sí: cuando confiscó YPF, y cuando se agravó la pelea judicial con los fondos buitre y los hold outs, la Fragata Libertad fue retenida en Ghana y pareció que volvíamos al default. Moraleja: la agitación nacionalista, en particular una de tono victimista y redencionista, sigue siendo la veta que más le rinde.

El nacionalismo de los argentinos ha servido en ocasiones para que los gobiernos justifiquen graves errores e inmoralidades. Y también para que la sociedad se autojustifique en esas y otras circunstancias comprometedoras. Pero ¿cuánta pasión nacionalista logra realmente movilizar el kirchnerismo? ¿En qué medida la opinión pública acepta que los problemas que hoy enfrenta se encaren como heroicas batallas entre la nación, encarnada por el gobierno, y el mal, encarnado por todos los injustos intereses que se atreven a ponérsele enfrente?

No parece que estemos a este respecto igual que bajo el primer peronismo, cuando hasta Perón fracasó en convencer de las ventajas de las inversiones extranjeras, ni tampoco como en tiempos de la “campaña antiargentina”, fantasma evocado equívocamente por la presidente cuando la disputa por la deuda se extremó.

Recordemos varios intentos de manipulación nacionalista que se frustraron, por ser demasiado evidente que los problemas concretos a resolver persistían, o aun se agravaban: fue el caso de Aerolíneas, que sigue teniendo mala imagen pese al enorme esfuerzo publicitario por evitar que los viajeros prefieran, siempre que los dejen, volar por otras compañías sin por eso sentirse antipatriotas.

Tampoco el nacionalismo, cuando funciona, es tan potente que anula otras consideraciones: en el caso de YPF la expectativa colectiva es que se consigan inversiones para que el combustible deje de escasear y aumentar de precio, y pocos creen que ello se logre agitando la banderita. Es difícil que el gobierno salga indemne del hecho de que convenios como los firmados con Bridas y Chevron por Vaca Muerta tornan ambos objetivos, precio y cantidad, al menos por un tiempo incompatibles. En el mismo sentido, están muy repartidas las opiniones sobre las responsabilidades en la crisis de la petrolera, sobre la necesidad de un acuerdo con Repsol  y en general una relación menos conflictiva con el mundo.

El episodio de la Fragata será otro significativo test para el discurso oficial. Tras un momento en que pareció indetenible la ofensiva de los fondos buitre, que acompañan, conviene recordar, acreedores más sinceramente hastiados de las escondidas del gobierno argentino, él logró zafar. Conviene también recordar, más por la prudencia de los jueces y las normas internacionales que por mérito propio. Aunque quiera ignorarlo y hacer creer que “resistir y no pagar”, contra quienes le recomendaban negociar, funcionó.

Para ello prepara un espectáculo al estilo Vuelta de Obligado, pero con final feliz. Como sucedió el 7D, el gobierno ya no logra imponer sus políticas, pero aun puede hacer grandes actos de masas. Con los que mantiene viva la escena en que encarna la alegría, el futuro, las buenas noticias, mientras sus enemigos son siempre los que traen, y por lo tanto causan, las malas.

¿Alcanzará para disimular los costos de la reapertura del canje de deuda?, ¿y de una más desfavorable que la de 2010, o de la que se hubiera logrado con una actitud inicial más flexible y menos insuflada de retórica nacionalista? La clave al respecto es la misma que para muchas otras “subóptimas políticas oficiales”, porque como suele suceder, la fuerza del nacionalismo depende de la debilidad del pluralismo y la democracia: si no hay actores capaces de presentar como factibles alternativas mejores, la solución kirchnerista seguirá siendo, aun para los que compren sólo condicionalmente su relato nacionalista, “lo que hay”, con lo que debemos conformarnos. Es natural que semejante resignación requiera cada vez más cartón pintado y retórica engolada para hacerse digerible.

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