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La mala costumbre de ir a los píes del jugador y no a la pelota

El escrache no sólo atribuye responsabilidad a un actor político por algo que pasa  (eso lo hace todo el que ejerza la crítica pública y para los actos ilícitos es lo que hace el sistema penal). Sino que postula que el mal reside en ese actor, y sacándolo a la luz y luego expulsando a esa persona de la comunidad, las cosas se arreglarán. Es, en suma, la versión moderna de la Inquisición: identifica y condena al poseso, para alejar las garras del demonio de la comunidad de fieles.

¿Por qué esta práctica ha sido recurrente en nuestra vida política y se volvió tan intensa y “legítima” en nuestro tiempo? La creencia nacional-populista en que nuestros problemas se originan en la falta de unidad nacional y en las divisiones que impiden al pueblo alcanzar su identidad orgánica cumple un rol importante. Y se complementa con las dificultades efectivas que hubo casi siempre, y fueron muy marcadas en los últimos tiempos, para que los actores sectoriales y políticos colaboren entre sí. Ambos factores combinados hacen que diferencias acotadas, que en otras democracias se procesan sin mayor conflicto, se vuelvan aquí insoportables. Y que la construcción política se oriente a buscar culpables más que soluciones.

El resentimiento, cuya influencia parece tan extendida como bien justificada por sucesivas frustraciones  colectivas, tiene también su papel. Somos un país condenado al éxito que recurrentemente fracasa. Lo que se suele atribuir a quienes nos llevan por mal camino. Es lógico que el odio se enfoque entonces en quienes poco antes concitaron entusiasmo y admiración: los menemistas que no supieron reciclarse en años pasados, ahora los más emblemáticos kirchneristas que se cansaron de señalarlos. Y no sería de asombrarse que unos cuantos de los “puteadores” de ayer y de hoy sean los mismos.

Con una importante diferencia: en la última década, como no se veía desde la última dictadura, el propio vértice del estado estigmatizó a los “enemigos del pueblo”; así que ahora muchos dirán que se lo tienen merecido, porque el que a hierro mata está bien que a hierro muera. Pero ojo: nada podrá disimular el penoso hecho de que, si aprendimos tan bien el método k, es porque desde el principio estábamos dispuestos a aplicarlo.

publicado en el diario Clarin el 10/2/2013

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Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina.

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