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Congelamientos: la hora de los últimos recursos

En los últimos días el gobierno parece haber decidido acelerar y radicalizar conflictos que venían escalando desde hace tiempo y tendían a escapar de su control: en el  terreno político con la apuesta por ignorar a los gobernadores y atender en forma directa a los intendentes con transferencias discrecionales masivas, en el judicial con una difusa democratización que le debería permitir hacer a un lado a los jueces díscolos, y en el económico, con congelamientos también masivos con que espera frenar en seco la puja distributiva y salir de la estanflación. En todos los casos se trata de recursos de última instancia, que o bien funcionan, y por lo menos le permiten ganar tiempo, o bien fracasan, y entonces ya no tendrá otra oportunidad para intentarlo.

Yendo en concreto al congelamiento de precios, hay dos formas de verlo: como recurso de excepción ante una emergencia, o como rasgo característico de la etapa en que ingresa el modelo. Es decir, se puede ver en él un manotazo más, fruto de la improvisación y por tanto sin conexión con todo otro montón de decisiones e iniciativas; o bien una consecuencia lógica, punto de llegada de un movimiento de largo plazo que nos ha llevado progresivamente del intervencionismo a la estatización. Puede que haya un poco de las dos cosas. Y lo más sorprendente es cómo ambas dimensiones, la improvisación coyunturalista y la estatización progresiva, se han ido reforzando.

La observación crítica más habitual sobre los congelamientos anunciados por el gobierno nacional es que no funcionarán. Para fundarla se trae a colación la experiencia del pasado reciente, en particular la de los sucesivos congelamientos intentados por Alfonsín en los años ochenta. Es un buen punto, pero tal vez la comparación no deja ver el costado más oscuro de las medidas en marcha, y pasa por alto importantes diferencias, tanto en el contexto como en el ánimo que las gobierna: Alfonsín y su equipo económico intentaron congelamientos como recursos de última instancia para estabilizar mercados en crisis, mientras que para la actual gestión parece que de lo que se trata es de liquidar mercados, no de rehabilitarlos. Por lo que un problema de inflación objetivamente más manejable, puede ser usado para justificar un intervencionismo mucho más amplio y prolongado. Visto desde esta perspectiva, puede que no sea un obstáculo serio para el gobierno que estos congelamientos fracasen, como sus críticos anticipan: al contrario, en caso de que así sea, se justificará seguirlos de otros más ambiciosos.

Congelar todos los mercados, tras haber fracasado con el único precio, el del tipo de cambio, que era capaz de coordinar la expectativas de los actores económicos, tiene su lógica. Puede decirse incluso que sería la conclusión inevitable de todo lo vino haciendo el oficialismo en la materia desde que tomó el camino de la radicalización.

Siguiendo la “estrategia del salame”, aplicada con éxito en otros procesos de limitación progresiva de libertades, el kirchnerismo ha venido cortando en fetas los espacios de autonomía de los operadores económicos. Y dado que éstos se fueron refugiando en el salame que aun no había sufrido las cuchilladas, era natural que, para hacer efectivo el control centralizado de la economía, se convirtiera esos refugios en nuevas tajadas; hasta que ya no les quedara dónde escapar.

Ya se sabe que cada vez que el kirchnerismo enfrenta el fracaso de una medida intervencionista responde con otra más amplia y abusiva. Lo hizo en el sistema energético, en el sector petrolero, y en el mercado cambiario. Ahora ha decidido llevar todo lo no aprendido en esas experiencias, el desconocimiento de los enormes costos que se impuso así a la economía, y en particular a la inversión y la generación de empleo productivo, a la administración general de los precios. ¿Qué puede resultar de ello?

De reproducirse la secuencia observada en las experiencias previas es de esperar que el congelamiento dispuesto por 60 se seguirá de otros más extensos, hasta que sea ya muy difícil abandonarlo. Lo que reproducirá la lógica de la intervención: no porque ella sea exitosa, sino todo lo contrario, por su fracaso, y para evitar que ese fracaso se vuelva contra el gobierno, descargar los costos derivados en otros actores y patear para adelante los problemas.

Se escuchan por estos días pronósticos sombríos respecto a lo que sucederá el día 61. Pero es probable que nunca se sepa que hubiera pasado. Evitándolo, el gobierno podrá decir que el congelamiento era el único camino, y tan es así que, en su infinita astucia, lo extiende por más tiempo, a más actividades y bienes.

Cuando la situación resultante se haya “normalizado”, como ha sucedido con la prohibición impuesta a comprar legalmente dólares, o sucedió en Venezuela con medidas similares, el gobierno tal vez pueda sostenerse en el conformismo de una parte importante de la sociedad. La que privilegie la conservación de ciertos beneficios, empleo público o informal, plan social, que aunque precarios o insatisfactorios se considerarán más seguros que los eventuales beneficios de un cambio muy complejo y conflictivo de política, que se habrá vuelto además más complejo y conflictivo.

Los obstáculos para desmontar el nuevo régimen se habrán vuelto, así, el principal recurso oficial. El orden económico creado por el kirchnerismo podrá ser todo lo trucho que se quiera, pero algún grado de normalidad proveerá. Al menos a una parte de los pobres, de los sectores medios e incluso de los empresarios. Para todos ellos puede parecer más conveniente que esa normalidad se conserve, a que se ingrese en una fase de inestabilidad y distribución abierta de costos por el debilitamiento del poder que la garantiza. Más todavía si el cambio se presenta como no demasiado prometedor.

Podría decirse que el gobierno, enfrentado a obstáculos difíciles de remover para alterar el orden institucional heredado, está apuntando a hacer todo lo que pueda para cambiar el orden económico, que no ofrece tantas resistencias. Si lograra un cambio de régimen en este terreno, ¿luego podrá avanzar en aquél? Tal vez no haga falta porque se habrá vuelto una cáscara vacía.

Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina, Politica Económica.


One Response

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  1. emiliogaviria says

    Clave: “el gobierno tal vez pueda sostenerse con el conformismo de una parte de la sociedad”. Los pauperizados sobreviven con los subsidios, changas, usurpaciones, trabajo negro e ilegalidad, no tienen otras alternativas. Los habitantes de la ciudad con servicios baratos. Los dueños de las empresas concentradas, que controlan la mayor parte de la actividad económica del país, alimentos…hasta oro. En el momento que se reduzcan los ingresos por soja, automotrices y mercados chino-brasileños, finaliza el populismo.