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Venezuela, ¿camino del populismo al castrismo?

En vida, Chávez se inspiró y referenció en Simón Bolívar y con más disimulo, pero también más pertinencia y actualidad, en Juan Perón, Velasco Alvarado y otros caudillos militares populistas del siglo XX. Sin embargo, una vez muerto quienes aspiran a heredarlo, y en particular quien busca sucederlo en la presidencia, Nicolás Maduro, parecen decididos a inscribir su legado en una tradición más radical: la de Lenin, Mao y compañía. ¿Ese es el rumbo hacia el que enfilarán los chavistas?, ¿lograrán llegar a la meta y Venezuela se convertirá en un régimen decididamente totalitario, más cercano de lo que es ahora a la Cuba castrista?

Para empezar, sucede que los deudos de Chávez, para sobrevivir, deben resolver urgentemente un problema de legitimidad, institucionalizando de alguna manera el carisma del líder ausente. Y las fórmulas comunistas pueden resultarles muy útiles en esta tarea.

Un régimen tan personalista como el que Chávez puso en pie corre un alto riesgo de desarticulación y fractura cuando de pronto el jefe desaparece. Para evacuar ese riesgo se necesita que la autoridad se transmita en forma rápida e inapelable a otra persona o grupo que nadie pueda desafiar, en suma, alguien que logre hacer lo que Stalin hizo con Lenin, o lo que el Comité Central del PC Chino hizo con Mao.

Si la mala situación económica pesa menos que los fastos del entierro y las elecciones a realizarse dentro de un mes consagran a Maduro como nuevo campeón electoral tal vez esto se procese de forma incruenta, y no sea muy necesario un endurecimiento manifiesto de las reglas de juego del régimen. Pero si la competencia se empareja, y peor aun si para asegurarse el triunfo el oficialismo necesita de manipulaciones aun más alevosas que las practicadas en su momento por el propio Chávez, entonces la crisis de la legitimidad electoral del régimen se agravará y no tendrá escapatoria: o acepta compartir más el poder y que con el tiempo la revolución chavista se disuelva, o se endurece del todo y liquida cualquier posibilidad de competencia.

Sucede, a este respecto, que hasta aquí el chavismo, tal como hiciera el primer peronismo, se movió en una zona ambigua, componiendo un híbrido en que podían convivir ciertos aspectos de la vida democrática con rasgos decididamente despóticos. Pero esta ambigüedad difícilmente pueda mantenerse en el futuro, porque ella necesita de un líder excepcional, alguien capaz de conciliar lo irreconciliable, uniendo en un puño los hilos de una madeja tan complicada, que en las manos de cualquier otro no podría evitarse se enredara o estallara.

Con Chávez vivo, el chavismo permitió que otros partidos se presentaran a elecciones, aunque colocándolos en inferioridad de condiciones, al identificar a su fuerza política con el propio estado, definir a sus enemigos como los del pueblo y de la patria, y reemplazar las instituciones públicas, incluso las propias fuerzas armadas, por órganos abiertamente partidistas. Además, aunque se basó esencialmente en la legitimidad electoral, se autodefinió como un poder revolucionario, cuyo origen podía rastrearse en el fallido golpe de 1992, que de atentado contra la democracia pasó así a ser un heroico antecedente de las luchas del pueblo por su libertad y por crear un orden auténticamente “nacional y popular”. Del mismo modo que el peronismo siguió recordando y celebrando, además del 17 de octubre y el 24 de febrero, expresiones máximas de la adhesión de masas a su régimen, el 4 de junio, que en 1943 había dado origen al movimiento militar nacionalista en que, al postular la unidad entre pueblo y ejército, se afirmaba en última instancia su poder y su proyecto.

Esta ambigüedad, y la hibridez resultante, parecen ser una característica inherente a todos los regímenes populistas. Y proveerles su peculiar plasticidad para comportarse en forma más autocrática o más democrática según las necesidades y conveniencias de cada momento; y según las demandas a atender y los desafíos a enfrentar. Pero ellas también son la causa de que, salvo muy raras excepciones (la más notable, la del PRI mexicano), los regímenes populistas no hayan logrado perdurar en el tiempo.

No lo logró el peronismo, expulsado del poder en 1955, pese a que sobrevivió como partido, y tampoco los efímeros regímenes populistas de Perú, Ecuador y Bolivia, que ni siquiera perduraron como movimientos políticos. Está por verse si el chavismo logra romper esta racha. Y está a la vista ya la vía que sus dirigentes prefieren para intentarlo: la mezcla de lo ridículo y lo siniestro que ofrece Nicolás Maduro seguramente nos hará extrañar pronto el espíritu bonachón y jocoso con que acompañaba Chávez hasta sus decisiones más ofensivas.

 publicado en Perfil.com el sabado 9 de marzo de 2013

Posted in Política, Política Exterior.

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