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¿La Iglesia de Roma vs la religión K?

Cristina dejó de ser nuestra compatriota más poderosa e influyente en el mundo. Tampoco será de aquí en más la única argentina, ni la única peronista, capaz de tocar el cielo con las manos y prometernos un futuro de Gloria.

Es comprensible por ello que la noticia de un Papa argentino haya caído como una bomba apenas disimulada en la cúpula oficial. No lo son tanto, en cambio, las reacciones que se dispararon en su seno.

En Cristina misma, acostumbrada a salirse todo el tiempo con la suya y a entender el poder como una unidad de mil caras, del que se es dueño absoluto o servidor, despertó una desconocida vocación religiosa: parece que también en esto querrá imitar a Chávez y a Evita, y tratará de convertir sus discursos en homilías que compitan en sensibilidad y convocatoria con las del Santo Padre. Si la religiosidad argentina va a salir de su modorra, no quiere que nadie más que ella la gobierne. El problema es que, intentándolo, puede terminar cargando en la mochila de su personaje ya demasiadas facetas, contradicciones y demandas, y ofrecer más flancos a sus críticos para que se lo cobren.

Como sea, la presidente mostró al menos mejores reflejos que sus seguidores más entusiastas, quienes en un ataque de flagelante paranoia, de manifiestos ecos soviéticos (¿cómo es que se les ocurrió precisamente a ellos traer a cuenta la comparación con Juan Pablo II y su lucha contra los regímenes comunistas?), salieron a objetar que Bergoglio mereciera semejante distinción. Y contrapusieron los valores auténticamente universales del modelo oficial a la hipocresía que caracterizaría a la curia en general y al nuevo Papa en particular. Con este planteo parecieran querer acompañar y avalar la entronización de Cristina como papisa de la religión K. Pero lo que ofrecen es bastante poco. Corren incluso el riesgo de enajenarle al gobierno uno de los otrora más firmes pilares de su prestigio, la capacidad de alimentar el orgullo nacional; completando la sustitución de dicho orgullo por el pobre sucedáneo de un nacionalismo herido y acorralado frente a un mundo hostil, que se viene alimentando ya desde hace tiempo con las sagas de Malvinas, los fondos buitre, los inversores que mientras escapan son acusados de ladrones, etc. Con lo que ya no podrían disimular que nos brindan, antes que un destino de Gloria, una autocomplaciente justificación del fracaso.

Del otro lado, se comprende el entusiasmo de la oposición, sobre todo la peronista. Aunque tal vez le convenga tomarse las cosas con calma. Muchos argentinos podrán sentir ahora que vuelven al mundo por la puerta grande, incluso que pueden hablar con una voz a la vez nacional y universal y hacerlo en un tono muy distinto del pueril y quejoso antimperialismo que imprime la presidente a sus discursos urbi et orbi. Sólo se trataría, según los aspirantes a sucederla, de dar locución local al mensaje de paz papal. Pero para movilizar a la sociedad argentina con ilusiones no tan mentirosas y frustrantes como han probado ser las kirchneristas no alcanzará con palabras. Tanto para los sacerdotes como para los políticos reconstruir los sentimientos de comunidad perdidos en sus respectivos campos requerirá un gran esfuerzo de colaboración e innovación. Que incluye aprender de los desafíos y las novedades que el kirchnerismo supo utilizar en su provecho y que no desaparecerán como un mal sueño.

publicado en clarin.com el 17/3/2013

Posted in Politica Argentina, Política Exterior.

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One Response

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  1. emiliogaviria says

    Con cintura política ágil, aplicó el si ahora no puedes con él, como hasta ayer, giro de 180 grados y unirse al triunfador. Nada nuevo en el país. Gran problema para los “intelectuales militantes”, (antítesis insuperable entre conocimiento y conveniencia), tener que cambiar el relato, ya que los jesuitas militan para Dios bajo la bandera de la Cruz y los políticos por las ventajas terrenales.