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Ella lo hizo, ¿quién lo arregla?

¿Cómo fue que Cristina logró juntar tanta gente en su contra?  En las últimas semanas se vio a su gobierno esmerándose en echar leña al fuego, con la grosera manipulación partidista de la ayuda a los inundados, con su supina indiferencia ante las denuncias de corrupción, y con un trámite express impuesto a la reforma de la Justicia, que sólo interrumpió para que el CELS aportara su legitimador granito de arena. ¿Fue adrede o no pudo con su genio?

Pesa, ante todo, lo que parece la definitiva resignación del discurso moderado y ecuménico de la campaña del 2011. Cristina lo retomó brevemente tras la designación del papa Francisco. Pero enseguida volvió a lo suyo, urgida por las batallas que cree prioritarias: la Corte, la Ley de Medios, la disciplina en el peronismo, las próximas elecciones.

Influye también en su ánimo una experiencia que cree haber incorporado sobre cómo lidiar con circunstanciales críticas de la opinión. Que estima efímeras, y por tanto soportables mientras se pueda blindar el poder institucional, para neutralizar su influencia en él. Agustín Rossii lo explicó con todas las letras: dado que la gente los votó, los kirchneristas asumen estar autorizados a hacer lo que quieran hasta que se vuelva a votar, y mientras tanto ignorar cualquier crítica, que puede tacharse de particular y “no representativa”. Toda una síntesis de cómo usar instrumentos de la democracia para pervertirla.

Por último, y en relación a lo anterior, pesa el principio  rector del método k, la polarización. Mientras se esté en control del estado, el método indica que siempre conviene extremar los conflictos, porque se abroquela a la tropa, se abre un abismo entre ella y el campo enemigo y, dado que se monopolizan las soluciones, con el tiempo se podrá dispersar a los quejosos y convertir a los más insistentes de ellos en encarnación de los problemas.

Así entiende que funcionó su estrategia durante la larga crisis disparada por el conflicto con el campo: negándose a reconocer errores y a negociar con los adversarios, y aislando de su influencia a los legisladores oficialistas, con proyectos que dividieran a esa opinión crítica y debilitaran su capacidad de incidir en el sistema institucional, se disipó el rol de la oposición. Es lo que en su momento el gobierno más valoró de la ley de medios, y parece querer repetir ese éxito con la reforma judicial. Aunque a la postre tampoco pueda aplicarla, estará satisfecho si logra polarizar, politizar y embarrar lo suficiente los poderes que no se le sometan.

Sucede sin embargo que la sociedad también ha ido aprendiendo a lidiar con esos dispositivos. Y en el éxito del 18A no sólo hubo reacción a lo que el gobierno hace, sino maduración de una agenda propia, cada vez más alejada de la oficial. Que explica no sólo el crecimiento cuantitativo de las protestas sino también el cualitativo, su mayor confianza y capacidad articulatoria.

En esta agenda decantan vínculos de sentido que todavía el 13S y el 8N estaban faltando, y hoy, mirando para atrás, lo que más sorprende es que hayan tardado tanto en emerger: por ejemplo, el que vincula la corrupción con los déficits de infraestructura y servicios públicos, la inflación con la falta de perspectivas económicas, o la inseguridad con el abuso de poder y la impunidad. Frente a  un oficialismo que lo más que puede articular, hoy por hoy, es la manipulación del temor, con el argumento de que “es mejor quedarse con Cristina y conservar lo que tenemos”, la opinión tiende a confirmar su diagnóstico, “tenemos un mal gobierno”, y se pregunta si será posible uno mejor.

Impedido ya de descalificar las protestas como golpistas y derechistas, el kirchnerismo insistirá en la tesis de su inutilidad. El problema  es que así no se atiende al fondo de la cuestión:  que la gente empieza a cansarse de pensar sólo de Cristina.

publicado en clarin.com el 20/04/2013

Posted in Politica Argentina.

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