Skip to content


La corrupción y la bancarrota intelectual del kirchnerismo

970326_631091380254354_482465314_n

Hay unas cuantas cosas sorprendentes en la defensa que ensayaron intelectuales y periodistas oficialistas ante las denuncias de corrupción que vienen demoliendo la imagen del gobierno. Pero sin duda la que se lleva las palmas no tiene relación con los argumentos que utilizaron, sino más bien con los que se abstuvieron de usar. Y es que casi ninguno de ellos se ha atrevido a afirmar que defiende una administración honesta. Y ni siquiera intentaron esa línea de defensa cuando los involucrados en las denuncias fueron sus figuras más prominentes. Algo sorprendente por partida doble, dada la carrada de virtudes que esos mismos intelectuales y periodistas están siempre dispuestos a hallar hasta en la más nimia acción o gesto de sus ídolos y conductores.

No hay, por ejemplo, una sola palabra en la última carta de Carta Abierta que hable de la honestidad oficial: se dice allí que hasta ahora la Justicia no ha podido probar nada, que las denuncias son parte de una ofensiva golpista de la derecha, que se trata de un ataque contra la política en general y no sólo contra algunos políticos, y que en cualquier caso los demás grupos de poder, en particular las “corporaciones”, ese comodín que el oficialismo usa para referirse a todo tipo de monstruos invertebrados, son más corruptos que el oficialismo. Pero es bastante obvio que esta comparación contiene en sí misma una odiosa resignación: supone reconocer que en el gobierno hay, por lo menos, una buena cuota de corrupción. Tal vez también a estos intelectuales iba dirigido en alguna medida el reproche que Cristina lanzó días atrás a quienes se hacen los idiotas y no se juegan lo suficiente para defenderla.

Como sea: se entiende que es justamente porque la honestidad es una virtud por la que se decidió no batallar desde el principio que los otros argumentos deban ser explotados al máximo, elevando hasta la cima del delirio la peligrosidad de la “odiosa campaña mediática” y descalificando con un neologismo desopilante, “honestismo”, las creencias de los que se preocupan por estos asuntos y se prenden en la “ofensiva antipolítica”.

¿Será que a los intelectuales K defender la honestidad de sus jefes no les interesa porque comparten el popular lema del “roban pero hacen”? Esta podría ser una buena explicación si no fuera que al respecto existe una aguda disonancia entre el modo en que piensan el problema estos intelectuales y periodistas y cómo lo hace el grueso de la sociedad, incluida la enorme mayoría de los sectores que apoyan al gobierno. Disonancia ésta que torna los argumentos justificatorios en danza aun más incriminatorios y autoflagelantes.

Empecemos por recordar que los Kirchner, siguiendo la máxima de Maquiavelo, no se preocuparon mucho por ser honestos pero sí bastante por parecerlo. Al respecto actuaron, por caso, bien distinto a Menem, que permitía que en su entorno proliferaran latrocinios de muy diverso grado de organicidad y prolijidad, así como un fuerte internismo que frecuentemente usaba para dirimir sus batallas la denuncia pública de los descuidos cometidos por los miembros de las facciones rivales. El kirchnerismo, en cambio, impuso una férrea disciplina, evitó entregar funcionarios, incluso a los indefendibles, y tabicó la administración pública y los negocios a ella asociados de la indagación periodística. Y así logró que fueran pocos los casos que llegaban a la prensa, y los que lo hicieron, como Skanska, Jaime, la mafia de los medicamentos, Sueños Compartidos y algunos más, no causaron mayores problemas, ni arrepentimientos ni delaciones.

Todo esto dio sus frutos: hasta hace poco la opinión pública consideraba a las gestiones kirchneristas bastante más honestas que las de Menem.  Situación que sin embargo cambió drásticamente en pocos meses, empezando con Ciccone y terminando con las denuncias de Lanata: hoy por hoy, según distintas encuestas, más de la mitad de la población estima que los Kirchner han sido tan o más corruptos que el riojano. Y es en este marco que la defensa y los silencios de los voceros e ideólogos del oficialismo se vuelve más sorprendente; y más perjudicial para el proyecto que dicen celebrar: ayudan sin querer a minar la apariencia de honestidad que sus jefes habían logrado crear, inconscientes de los peligros que ello supone.

¿Esta ceguera se explica por el hecho de que ellos ya sabían lo que ahora se hace público y no se atreven a desmentir lo evidente? ¿O a que no consideran tan grave que se robe al erario público, y por tanto al pueblo, dado que por otro lado se lo beneficia enormemente? Es probable que este sea el motivo determinante. Pero lo más paradójico es que se explica no por una inconsistencia moral de estos intelectuales y periodistas, similar a la del “roban pero hacen”, sino por una fuerte conexión lógica entre sus más íntimas creencias políticas y la depredación de lo público.

Sucede que estos pensadores y publicistas se toman muy en serio la idea de que toda propiedad es un robo y el capitalismo es robo organizado; así que no hay por qué dar tantas explicaciones, menos aún cuando quienes las exigen son la prueba viviente de esta inmoralidad estructural: la derecha, las empresas periodísticas, las corporaciones, todos y cada uno de sus integrantes han logrado su posición robando, así que no tienen por qué reclamar que los recién llegados al poder hagan otra cosa; y al pretenderlo sólo defienden su propio interés, el de ser ellos los que sigan aprovechándose del estado.

Los voceros del modelo aplican así al problema de la corrupción un criterio ya utilizado contra el periodismo y la justicia: no hay nada parecido a “lo público”, “interés común” ni la “vigencia de la ley”, todo eso no es más que el verso que usan los poderes hasta acá dominantes para imponer sus intereses; lo único que hay es lucha entre esos intereses y los del pueblo, moralmente superiores a todo lo demás, por lo que en su nombre se puede hacer cualquier cosa, incluso robar.

La lógica predatoria del kirchnerismo queda así plenamente a la vista. Y lo peor, por obra y gracia de sus epígonos, y en el momento y en la pelea más graves que ellos han tenido que librar. Es natural entonces que el modelo pierda rápido todo su encanto. Porque si bien es cierto que los votantes del oficialismo han comulgado en alguna medida con idea de que “robaban, pero hacían”, y lo que muchos reclaman ahora es que “se ve cómo robaban justo cuando ya no hacen”, no deja de ser cierto también que les debe resultar insoportable escuchar que quienes más fervor sienten por el gobierno confirman que deberían haberlo sabido desde un principio, y de quejarse ahora serán tratados como “honestistas”, practicantes de la peor versión de la hipocresía.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

Tagged with , .


3 Responses

Stay in touch with the conversation, subscribe to the RSS feed for comments on this post.

  1. Tomás Lüders says

    Es increíble, pero lo que señala Novaro, respecto de que el peor robo es el capitalismo, entonces que robe el glorioso Estado interventor en nombre del pueblo está escrito, casi con esas palabras exactas, en el libro de JP Feinmann, “Peronismo, historia de una persistencia…”. Junto con esta noción tan elementalmente maximalista, que obtura lo obvio (que a un ladrón nunca le importan los pobres), Feinmann, y los demás intelectuales (que hacen del estado poco menos que un fetiche mágico), demuestran una supina ignorancia sobre economía política, pero, ey, como dijo Horacio González “la política es nuestra, pero la economía es de derecha”… Parece joda, pero no, no… lo dijo textual..

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Tomás, no conocía esa frase de González, es bien sugerente, lo que no sé es si en esto pesa tanto el fetiche del estado como el más plebeyo de asumirse como una contraelite recién llegada al poder, que en virtud de su prolongada e inmerecida exclusión de los beneficios del mismo, tiene todo el derecho de tomarse revancha. Es como si operara una justificación inversa a la que le permitió a Putin y sus amigos pasar de la KGB a Rusia Unida, y por eso es mucho más plebeya que estatista. De allí que en el fondo el estado les interese mucho menos de lo que aparentan.Saludos

    • Tomás Lüders says

      Sí, acuerdo totalmente. Solo me refería a cómo el estado emerge en su discurso como un actor privilegiado, una suerte de personaje heroico o como la fortaleza desde la que los “virtuosos” pelean contra los “viciosos”… Pero ese carácter casi mágico no le resta efectividad simbólica entre una proporción minoritaria pero asombrosamente grande de la población. Por otra parte, difícilmente podamos saber por dónde pasan las preocupaciones “materiales” de estos cultores sibaritas de esta revolución expresiva. (PD: La frase de González la cita Feinmann en su delirante “El Flaco”).