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¿Perder la provincia pero aun ganar la nación?

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Ya es casi seguro que el voto oficialista va a estar este año muy por debajo del nivel que alcanzó en 2011. Las dudas son dónde está su piso, si es que existe, si alguien podrá sacar clara ventaja de su declinación, o la dispersión opositora le permitirá seguir siendo, aunque disminuida, la primera minoría a nivel nacional.

Ante el desafío de Massa y las evidentes dificultades que enfrenta su lista bonaerense, retener la condición de primera minoría nacional parece haberse vuelto la última esperanza de la presidente: el objetivo sería mostrar el 11 de agosto a la noche, y de nuevo el 27 de octubre, los resultados agregados a nivel país y la suma global de legisladores electos, para instalar la idea de que sale airosa de la competencia de medio término, y por tanto su proyecto aun tiene algún futuro.

Preparando el terreno para esta operación, los publicistas y voceros del gobierno se la pasan en estos días pronosticando para sus listas una cosecha nacional de alrededor de 40 puntos porcentuales. Lo que significaría, aproximadamente, el término medio entre el máximo alcanzado en 2011 y el mínimo que el kirchnerismo tocó en 2009. Aunque desde una perspectiva algo más objetiva se podría considerar fuera de su alcance ese resultado en número de votos, podría ser igual alcanzable en la distribución de las bancas. Porque la sobrerrepresentación de los distritos chicos jugará claramente a favor del gobierno, igual que lo ha hecho a todo lo largo del período.

Un sencillo cálculo desagregado por regiones puede ayudar a comprender esta situación. Los pronósticos para provincia de Buenos Aires (40% del total de electores) hoy ubican al oficialismo por debajo de los 30 puntos. En el resto de los grandes distritos (que suman cerca de otro 40% de los votantes) saldría aún peor parado, tal vez en torno a los 20 puntos. Y en el sur del país puede que en promedio esté en un nivel similar. Por más que en el norte conserve más del 40% de los votos, no tendría chance de sumar a nivel general más de 30 puntos, en el mejor de los casos 35. Sin embargo, dado que esta última región, aunque reúne más o menos el 15% de los electores, elige cerca del 30% de las bancas nacionales en disputa, haciendo en ella una buena elección el gobierno podría arrimarse a la meta que se propuso en términos de la representación en las cámaras.

Además, aun sumando más o menos los mismos votos que cuatro años atrás, el kirchnerismo podría hallar otros motivos para respirar aliviado, de los que entonces careció: no habrá en esta ocasión un frente como el Unión-PRO de 2009, que pudo festejar un triunfo doble en los dos principales distritos, ni tampoco habrá algo parecido al Acuerdo Cívico y Social, capaz de sumar en todo el país un porcentaje más o menos similar al oficial y ofrecer figuras presidenciables con chances de convertir ese porcentaje en la base de una nueva mayoría, como fueron en su momento Cobos y, en menor medida, Carrió o Binner (aunque luego todos ellos frustraran dichas expectativas).

Ahora los que encabezan las encuestas bonaerenses, porteñas, santafecinas, cordobesas y mendocinas son todas figuras, partidos y frentes distintos. Que tendrán más motivos para festejar por su cuenta y tranqueras adentro, en cada distrito, que para compartir la fiesta con los demás. ¿Para qué, cómo y dónde se encontrarían Cobos y Binner, en caso de ganar cada uno en su provincia? Y lo mismo cabe preguntarse de De la Sota, Macri y Massa. Incluso en el caso de estos dos últimos, que comparten algunos candidatos bonaerenses, ya los massistas han dado a entender que no pretenden compartir cartel ni siquiera en caso de lograr una victoria. O mejor dicho: menos todavía lo harían si llegan a lograrla.

Hay de todos modos una notable diferencia con 2009, que parece a esta altura difícilmente evitable, y le jugará en contra al kirchnerismo: el resultado en provincia de Buenos Aires. Todas las encuestas disponibles pronostican allí una caída del oficialismo por unos cuantos puntos más que cuando Néstor enfrentó a De Narváez. De allí que para Cristina no sea gran negocio concentrarse exclusivamente en la batalla bonaerense. Ni mucho menos presentarla como la principal pelea que tiene que librar, la “madre de todas las batallas” o algo parecido. Y esté buscando una suerte de equilibrio entre la necesidad de participar en la campaña en ese territorio, para levantar el perfil de su candidato, el casi desconocido Insaurralde, y la conveniencia de tomar distancia del asunto y exaltar su papel como única líder de alcance nacional.

El problema es que por esta vía tal vez no logre hacer mucho por su lista bonaerense y luego de las elecciones descubra que igual perdió ese monopolio de la representación nacional que se desespera por conservar. Porque si hay una diferencia notable entre el escenario político actual y el de 2009 es que esta vez la crisis kirchnerista no es sólo de popularidad, afecta el núcleo duro de la coalición de gobierno, en el territorio, el sindicalismo, el empresariado y todos los demás ámbitos de la vida política. Y nada impedirá que, sean cuales sean los números definitivos, ellos se lean en función de la pelea por la sucesión presidencial.

 

Posted in Elecciones 2013.