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España: la corrupción como indicador de institucionalización partidaria

Uno de los aspectos más llamativos del actual escándalo de corrupción política en España es el altísimo grado de institucionalización partidaria que expone. Para empezar, el dinero de los sobornos que, recordemos, estaban destinados a obtener prebendas de diferentes gobiernos autonómicos, era administrado no por cada uno de los presidentes de las comunidades ni por sus amigos, sino por el tesorero de la organización nacional del Partido Popular quien, para más datos, contaba con todo un cursus honorum en el manejo de las cuentas partidarias, habiendo sido antes gerente de la organización.

Contra toda la literatura de crisis de los partidos como instituciones y su reemplazo por liderazgos independizados de las estructuras, por lo que hasta ahora sabemos, la operatoria investigada involucraba una acción colectiva del liderazgo del PP, que a su vez administraba los fondos y los distribuía según normas informalmente establecidas. También, y aunque naturalmente una parte no pequeña abultaría los bolsillos de estos dirigentes, todo hace pensar que el grueso de lo recaudado ha estado destinado a financiar campañas y otros gastos del partido (y no de tal o cual líder ejecutivo en particular, como podría esperarse en un escenario de desinstitucionalización o presidencialización de los partidos).

En consecuencia, la responsabilidad por todo el asunto es atribuida al partido y, en esa misma lógica, es el Partido Popular quien asume la defensa del caso (comunicado oficial aquí). Como sea,  es la dirección del partido en nombre del PP quien debe responder (link aquí)

Barcenas Rajoy

Por otra parte, impresiona el hecho de que no haya hasta el momento indicios de disensiones dentro del inmenso contingente legislativo del PP. La situación de Rajoy es más que delicada, y su prestigio político se ha derrumbado por completo. Es probable que no continúe al frente del gobierno por mucho más tiempo. Pero en todo caso, nadie imagina que una moción de censura planteada por la oposición pueda resultar en algo más que una actuación para la galería, dado que el grupo parlamentario popular está sólidamente abroquelado y disciplinado. El propio PSOE, en una muestra de responsabilidad política propia de partido gobernante, le reconoce al PP su condición de partido mayoritario y en tal carácter le exige que tenga el decoro de reemplazar al presidente del gobierno. No osan los dirigentes del PSOE imaginar ni exigir siquiera como puesta en escena que legisladores populares honestos voten en contra de su organización.

Por cierto, las derivaciones políticas de una crisis de esta naturaleza son imprevisibles, y desde ya es inevitable que abonen el descrédito de la ciudadanía en los partidos. Y aun así, esta crisis ratifica que, pese a todo, los partidos políticos como instituciones colectivas continúan dominando los gobiernos en la Europa parlamentaria.

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