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El peronismo ante una nueva reconversión

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Hasta hace poco se contaban con los dedos de la mano. Ahora ya son miles y pronto serán decenas de miles los peronistas activos que se identifiquen como “ex kirchneristas”. Para evaluar sus conductas se suelen aplicar dos criterios bien distintos. El primero, la antigüedad: se dice entonces que, como sucede con el año de cosecha de los vinos de guarda, cuanto más remoto en el tiempo haya sido el distanciamiento mejor, y el involucrado merece mayor crédito.

El segundo criterio, por completo divergente, alude a los motivos del alejamiento y los costos y riesgos que en cada caso se hayan corrido: no es lo mismo alguien que fue removido de su cargo y estuvo callado y servicial hasta que ya no tuvo esperanzas de que le dieran otro, a quien renunció o se alejó del calor oficial por desacuerdos públicamente fundados, sabiendo que desde entonces sería señalado como un leproso y excluido del disfrute de los beneficios que reparte el vértice oficial, más allá de si eso sucedió al comienzo de la década k o hace poco tiempo.

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Puede que ambas cuestiones sean importantes. Pero lo que sin duda es conveniente atender es a cuáles son en concreto esos criterios en que se fundamenta la toma de distancia del oficialismo. Al respecto, hoy vuelve a hacerse patente que los propios peronistas son capaces de decir las peores cosas de su movimiento y sus gobiernos. O más precisamente: que se reservan el derecho a decir cosas que jamás aceptarían de otros que no son “del palo”, y serían tachados de “antipopulares”, “gorilas” y otras cosas por el estilo si lo intentaran.  Pero también se observa, curiosamente, que en ocasiones detrás de los juicios más demoledores se disfraza la salida más fácil y autocomplaciente, la pretensión de descargar todas las responsabilidades en unos pocos, o en uno solo, y disculpar a todos los demás, incluido quien vocifera. Negándose así a encarar una auténtica autocrítica y a sacar alguna lección más o menos sensata de la experiencia que durante algún tiempo se compartió. Así, la denuncia anula y reemplaza a la crítica. Algo que lamentablemente sucede con demasiada frecuencia entre nosotros.

Un buen ejemplo de esto lo ofrece el discurso que adoptó Hugo Moyano desde que rompió con el kirchnerismo. Su alejamiento no careció de riesgos y costos, eso hay que reconocérselo. Pero cuando tuvo que fundamentarlo, se refugió en el ya clásico discurso del engaño y el desengaño, como si él hubiera sido una víctima desprevenida de las maquinaciones siniestras de poderes ocultos. Apelando además a un “peronismo verdadero” cuyos mandatos habrían sido traicionados por Cristina Kirchner justo en el preciso momento en que él y su sector dejaron de apoyarla. Como si el peronismo realmente existente, incluido el sindicalismo peronista, no hubiera tolerado ya reiteradas veces que se hiciera casi cualquier cosa en su nombre, con la sola condición de que sirviera para conseguir recursos y conservar el control del estado. Eso sí: Moyano explicó su posición con algunas de las frases más picantes y demoledoras que se han escuchado sobre el kirchnerismo. Como esa que aludió a los “planes descansar” y que en boca de cualquier no peronista hubiera sonado a herejía.

Es bastante más interesante en cambio  el camino que siguen quienes se cuestionan precisamente esta labilidad y las razones por las que el peronismo avaló dócilmente un curso de gobierno cada vez más radicalizado e insostenible, sin que sonaran señales de alarma que advirtieran de un final lamentable y perjudicial para todos. Más todavía lo es cuando recuerdan que esta no es la primera vez que sucede, por lo que no hay por qué esperar que sea la última. Y advierten que, más allá de la suerte que pueda tener en esta ocasión la operación de reinvención, para que el peronismo pueda ofrecerse como la solución para los problemas que él mismo creó, es oportuno revisar críticamente su desenvolvimiento en el poder, y explicar y explicarse cómo pudo surgir de su seno algo tan peculiar como el kirchnerismo.

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Entre quienes encaran esta compleja tarea vale la pena destacar el trabajo absolutamente oportuno y riguroso realizado por Silvia Mercado en El inventor del peronismo, la biografía política de Raúl Apold, el todopoderoso responsable de la comunicación pública de Perón. No sólo ni principalmente porque Mercado, igual que Moyano, se atreve a plantear cosas que, en su condición de peronista, son evidentemente revulsivas, como desmontar el mito del 17 de octubre, recordar la admiración de Perón por la estética y los espectáculos fascistas y explicar la peculiar relación que se estableció desde muy temprano entre Apold y Evita (a lo que ya se había referido Loris Zanatta en su notable biografía política de Eva). Sino sobre todo porque, sin abusar de las analogías, Mercado deja ver lo mucho de regreso a las fuentes, y por tanto de “peronismo verdadero”, que ha habido  en el kirchnerismo.

Porque lo cierto es que, revisando la historia de Apold y su rol en el primer peronismo, es inevitable concluir que los actuales gobernantes no inventaron nada.  La duda que queda es la siguiente: ¿fue conciente la operación que montó el kirchnerismo para rescatar todas las políticas e ideas antiliberales y antipluralistas que se condensan en la figura de Apold, el “inventor del peronismo”, tal como insinúa Mercado, o lo hicieron sin darse realmente cuenta, dejando salir a la luz fuerzas y tendencias que estaban latentes, pero que nadie había querido o había podido erradicar? La cuestión es importante no sólo para entender al propio kirchnerismo. Sino para prever los problemas que deberán enfrentar los peronistas que aspiran a sucederlo.

 

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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3 Responses

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  1. julia castells says

    “El peronismo pudo haber sido otra cosa, Luis Gay C.Reyes y tantos más”… intentaron algo parecido a la social democracia internacional adaptada a las condiciones argentinas que plasmaron en el Partido Laborista, la máquina que fabricó la victoria de Perón en 1946.Después vendrían las desiluciones, las persecuciones y el confinamiento. Excelente trabajo plasmado por Juan C. Torre , L.A. Romero y L.Gutierrez en la extensas entrevistas al principal gestor y miembro de la “vieja guardia sindical” Luis Gay tristemente célebre, lider de los telefónicos.
    La historia que se repite muestra el orígen espurio del movimiento peronista desde su nacimiento que rigurosamemte detalla S. Mercado en su ultimo trabajo sobre Apold el inventor del peronismo.
    El virus viene inoculado desde el origen y siendo “mutante” carece de anticuerpos para su cura.Tal la autocrítica que surge en sus militantes viejos y jovenes en momentos del desengaño y la rebeldía.Más simple y menos doloroso que la autocrítica es el mecanismo de culpa y negación con la consiguiente marcha atrás y la vuelta al redil del ” padre pura razón y todo poderoso” Jupiter Tonante- como hijos pródigos.Es la fácil artimaña de la reincidencia como un atavismo impúdico que no se destraba con el paso del tiempo, un mecanismo de eterno retorno al lugar original “seguro y sólido” la falta de madurez y la aceptación de la mediocridad. Tulio Halperin Dongui en sus charlas del C.C.S. lo presagió agobiado ya al comienzo del nuevo milenio. Podremos ahora romper el hechizo?

  2. Tomás Lüders says

    Excelente texto. Pero más allá de los Apolds de ayer y hoy, lo que siempre nos cuesta entender a los que no creímos desde el principio es “en qué creen los que creen”. .. Uno puede dimensionarse el alcance de la creencia de masas en los 40s-50s, también he llegado a entender el por qué de la izquierda nacional y la seducción que ejerció en la nueva izquierda… pero aún no ha surgido quien pueda brindar claves interpretativas para, lo que a falta de mejores calificativos, uno se ve tentado a llamar el nuevo setentismo pequeño-burgués.

  3. Emilio Gaviria says

    Muchos de los dirigentes nativos, sin haber leído a Maquiavelo, ni sabido de los discursos ni procedimientos de Stalin, del Duce, del Führer, de Franco, del imperio británico y sucesores…, obran por intuición basada en el oportunismo realista, con amnesia selectiva y traición política. Por algo todos, con Perón incluido, reclaman lealtad. En cuanto a la autocrítica, no está inscripta en nuestros genes coloniales. Corran el foco de atención, desde los “conductores”, como emergentes, sobre la sociedad de donde salen, nosotros mismos, repitiendo de continuo, lo mismo.