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Competencia a la vez intensa y confusa

Se suele pensar que cuando distintos candidatos se enfrentan muy duramente en una competencia electoral se debe a que hay diferencias muy claras y marcadas entre ellos: creen en valores y programas políticos irreconciliables, defienden intereses claramente enfrentados, etc.

Pero eso no siempre es así. Y en nuestro país incluso sucede que no es lo más frecuente: muchas de las más intensas disputas electorales se dieron cuando los contendientes eran más parecidos, existían consensos tal vez implícitos pero también amplios entre ellos y entre quienes ellos aspiraban a seducir, sobre los problemas y lo que había que hacer para resolverlos, y el enfrentamiento giraba en torno a quién era el más capacitado para brindar esas soluciones.

Ello puede atribuirse, al menos en alguna medida, al hecho de que los bandos en pugna, antes peronistas y radicales, ahora principalmente distintas facciones del peronismo, buscan ocupar el centro político y el polo del espectro que en la ocasión encuentra más simpatías en la población. Así sucedió con Alfonsín y Cafiero, entre 1985 y 1987, con sus muy similares propuestas “socialdemócratas”; también con las ideas promercado de Angeloz y Menem, no tanto en 1989 pero sí en 1991; y de nuevo en 1995, esta vez con protagonistas exclusivamente provenientes del peronismo, que se disputaron la “continuidad con mejoras” de la convertibilidad.

La polarización con la que el kirchnerismo buscó disolver y reformatear nuestro sistema de competencia podría entenderse como el esfuerzo por introducir una diferencia más sustantiva y “clarificadora” en la vida política nacional. Pero lo cierto es que la polarización no fue el único instrumento que el oficialismo ha utilizado en sus campañas electorales, y en ocasiones estuvo lejos de ser el más importante. Y tampoco es claro que haya generado amplios efectos de acomodamiento ni en el resto de los actores políticos, ni en el electorado. Esto fue bastante evidente en 2005 y 2007, cuando buena parte de la competencia tuvo lugar entre candidatos peronistas que compartían tanto el interés por seducir a los votantes de centro como también la inclinación al distribucionismo y el intervencionismo estatal, y se disputaron el mérito y la capacidad de dar continuidad al crecimiento económico entonces en curso.

Es cierto que desde 2008 en adelante la polarización oficial se intensificó. Pero no lo es tanto que haya podido, ni siquiera que haya buscado realmente, terminar con las ambigüedades y los grises. La elección de este año no es la excepción a este respecto, sino que confirma y profundiza esta regla.

Hay algunas contundentes evidencias de ello, por caso, en la provincia de Buenos Aires. Quien se presenta allí como el rey de los moderados, Massa, es la más evidente, pero dista de ser la única. Incluso De Narváez, quien más se esfuerza por polarizar, esperando hallar en ello un antídoto contra el massismo, se sabe que comparte planes y gustos centristas con Scioli, ahora travestido en campeón oficialista. Y la personalización extrema de la diferencia que el colorado plantea frente al gobierno conlleva un metamensaje apenas disimulado: que “el problema es ella”, y una vez que se la haga a un lado, los acuerdos y la convivencia entre todos los demás, al menos los demás peronistas, serán por demás sencillos y amplios.

Incluso el propio oficialismo, aunque por una parte continúa agitando la idea de los “modelos de país” en pugna, ha tendido en las últimas semanas a centrificar nuevamente su campaña, como hiciera en 2007 y en 2011. Y esta vez además a despolitizarla abiertamente: su lema “seguir haciendo” se parece, y mucho, a esas consignas habituales en las campañas macristas que tanto critican los kirchneristas porteños.

Con todo, es claro que con eso no le va a alcanzar al gobierno nacional para revertir la desventaja que lleva en prácticamente todo el centro del país, donde viven más casi tres de cada cuatro votantes. De allí que probablemente intente algo más. Las opciones más a la mano son de dos órdenes. De un lado, intentar una nueva ola de épica nacionalista, de esas que crean simpatía en el grueso de la opinión, independientemente de sus demás preferencias, fortalecen la imagen del gobierno en lo inmediato, y revelan sus costos y limitaciones recién después de los comicios. Patear el tablero del juicio de los hold outs, despotricar contra Repsol y los organismos internacionales, y algún invento más contra la persistente fuga de divisas podrían servir en una operación de este tipo. ¿Alcanzarían para recuperar el centro de la escena y sumar votos? No hay que descartarlo.

Del otro lado, el kirchnerismo necesitará hacer algo más contra Massa. Hasta aquí le viene cuestionando su ambigüedad, buscando volver en su contra su principal ventaja: así, mientras algunos oficialistas le reprochan que haga campaña reivindicando logros del gobierno, abonando implícitamente la tesis de De Narváez de que es un oficialista disfrazado e insincero, otros lo presentan como máximo exponente de las corporaciones, un Capriles con piel de cordero, y exponente del peor derechismo. El tigrense ha reaccionado razonablemente, interviniendo más activamente en los medios e insistiendo en su moderación. Y con una campaña claramente dirigida a los votantes de sectores populares del conurbano, esos que valen doble en la disputa con la lista oficial. Si el kirchnerismo lograra neutralizar ese esfuerzo puede que acorte distancias. Pero lo que necesita por sobre todo, aunque suene paradójico, es combatir la polarización, y que Massa pierda atractivo en los demás sectores del electorado. Así que no hay que descartar que la campaña se ponga realmente tensa en los próximos días.

publicado en tn.com.ar el 29/7/2013

Posted in Elecciones 2013, Kirchnerismo, Politica Argentina.