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El pluralismo peronista en acción

Las encuestas hablan de una importante tendencia a la polarización del electorado bonaerense entre opciones peronistas, que muy probablemente terminará siendo todavía más intensa en estas elecciones que la vivida cuatro años atrás, cuando Néstor Kirchner fue derrotado por De Narváez sumando entre ambos algo más de 60% de los votos en ese distrito.candidatos

Mientras que la lista oficial viene creciendo por impulso de Scioli y Cristina, la que lidera Massa lo hace a costa de De Narváez, pero también de Stolbizer y Alfonsín. El lema del Frente Renovador a favor del voto útil, convocando adhesiones de todas las procedencias con el argumento de que “alguien tiene que ponerle un límite y en lo posible ganarle a Cristina”, parece estar dando resultado. Con independencia de la común procedencia y otras muchas coincidencias que ha habido hasta hace muy poco, y seguramente seguirá habiendo o volverá a haber en el futuro, entre los principales candidatos del FPV y del FR.

No es el único distrito en que las internas abiertas se volvieron externas y compiten entre sí, por casi todo el electorado, distintas listas peronistas o filoperonistas. Pero es en el que probablemente se alcance el mayor porcentaje de votos para todas esas expresiones: casi seguro sumarán más del 80% del total. Y en el que además más patente se vuelven tanto la utilidad de corto plazo de este pluralismo peronista como sus costos de mediano y largo plazo.

Porque si por un lado es en alguna medida cierto lo que dan a entender Massa y De Narváez, que la división en el peronismo es lo que asegura que haya competencia y que alguien pueda imponerle una derrota al gobierno nacional, para que vuelvan a regir límites institucionales elementales en nuestra vida política y haya alguna chance de alternancia en 2015, también es cierto que el modo en que se procesa la competencia entre facciones peronistas reproduce y agrava la crisis de los partidos argentinos, la informalidad política, la falta de estabilidad de las alianzas y lealtades, y a raíz de todo ello, la fragilidad y opacidad de los vínculos de representación entre electores y elegidos. Todos problemas que se vienen padeciendo al menos desde hace una década y puede que sobrevivan al kirchnerismo.

Así, el pluralismo peronista actúa como sucedáneo del pluralismo interpartidario. Y al hacerlo logra que sea cada vez más difícil que éste vuelva a funcionar.

Como se dijo recién, puede que en esta ocasión entre Massa, Insaurralde y De Narváez superen el 80% de los votos, superando todas las marcas anteriores. ¿Ello significará que hay menos de un 20% de “no peronistas” entre los votantes bonaerenses?, ¿que prácticamente toda la sociedad se ha vuelto peronista? Si nos atenemos a las encuestas de opinión sobre identificación partidaria realizadas en ese distrito, igual que en los demás, la realidad dista mucho de ello: no son mucho más de 20% los ciudadanos que hoy por hoy se identifican como “peronistas”, en tanto la gran mayoría se considera independiente, incluso en sectores bajos que no hacen más que votar a uno u otro de los candidatos que ofrece el peronismo desde hace décadas.

De ello puede extraerse la siguiente conclusión: la enorme capacidad del peronismo de captar adhesiones no tendría origen tanto en la sociedad, en su “inserción en las masas” como se decía antes, como en el estado. Es aquí donde se reproduce lo esencial de su poder, la capacidad de formar mayorías sólidas, controlar la toma de decisiones, incluso cuando ocasionalmente no está en control del gobierno, sea del nacional, los provinciales o municipales, atendiendo demandas y distribuyendo recursos.

Un reconocido politólogo argentino-norteamericano, Edward Gibson, en un estudio reciente sostiene que el peronismo se ha ido constituyendo en el gran “partido del poder” de la Argentina, condición que compartiría con otros grandes partidos que en determinado momento llegaron a monopolizar el acceso a sus estados y controlaron así la representación de intereses y la atención de demandas de todos los grupos sociales, canalizando las expectativas y preferencias más diversas. Gibson encuentra similitudes a este respecto entre el peronismo y el partido de Putin, Nueva Rusia, el Partido del Congreso indio, así como también con el PRI mexicano. Aunque es obvio que existen también importantes diferencias entre éstos y aquél.

Una de estas diferencias es precisamente la informalidad organizativa y la tendencia a experimentar cismas, generando facciones que compiten entre sí a lo ancho y largo de la sociedad, y que luego de disputarse la mayoría electoral vuelven a converger en un tronco común, para volver a empezar una y otra vez la misma historia.

Quienes objetan esta dinámica suelen destacar como uno de sus peores vicios la deslealtad que promueve tanto entre los propios políticos como en la relación entre electores y elegidos: ya todos saben que los acuerdos que se alcanzan serán efímeros y que disputas hoy irreconciliables terminarán probablemente de la noche a la mañana en un amable entendimiento, para disgusto de votantes oficialistas y opositores que se sentirán traicionados en sus preferencias y deseos. Pero tanto esto es así que ya la acusación de deslealtad e inconsecuencia pierde sentido: acusar de “desleal” a alguien que participe de esta secuencia de disputas y reagrupamientos suena trillado porque lo cierto es que serlo constituye la condición básica e imprescindible para ser parte del juego. Y aunque desagradable, tiende a aceptárselo entonces como regla: así como antes convenía abandonar la oposición, y muchos gobernadores, intendentes y legisladores en su momento lo hicieron, ahora conviene alejarse del oficialismo, aunque cuando vuelva a funcionar la aspiradora de lealtades desde el estado probablemente no habrá mayores objeciones a que se vuelva a la moda anterior.

Tal vez más útil que un juicio moral sea uno práctico: uno que eche luz sobre las distorsiones y costos que el pluralismo peronista nos impone, a través de la desconfianza latente que genera en los actores sociales e institucionales que participan de los gobiernos, y la incertidumbre que ello provoca en la toma de decisiones sobre políticas públicas, al achicar enormemente el horizonte temporal con que se calculan costos y beneficios. Desde esta perspectiva, puede que sea incluso conveniente que los propios dirigentes peronistas pongan atención al hecho de que, aunque el sistema les permite una y otra vez reciclarse para continuar en el poder, es difícil que les vaya a permitir alguna vez hacer un buen uso del mismo. Algo que esperemos a algunos de ellos al menos les interese.

Posted in Elecciones 2013, Politica Argentina.

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2 Responses

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  1. FEr Suárez says

    Estimado Marcos:

    Me parece una reflexión interesante sin duda, y me despierta alguna reflexión al respecto -aunque no demasiado sesuda ni original-. La proliferación de las “deslealtades” políticas, los cambios de bando, las estrategias políticas extra-partiarias, se han vuelto moneda corriente, sin embargo el electorado lejos de castigar este tipo de conductas parece premiarlas. Pienso: ¿No será acaso que el electorado vota a aquellos actores políticos que más se asemejan a sus propias conducta? ¿Este tipo de virajes y “deslealtades” no acompaña acaso las propias tendencias que evidencian una altísima volatilidad del voto?.

    Te dejo esta inquietud y te mando un abrazo.

    Fernando

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Fernando, creo que es exactamente como vos decís, la política argentina sigue siendo muy representativa, demasiado representativa incluso. Abrazo