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Insaurralde vs. Moreno, ¿desbande kirchnerista?

Uno de los más serios problemas que puede enfrentar un gobierno en retirada es que todo lo que ceda y corrija sea presentado como un logro no de él sino de sus adversarios, y por tanto alimento de su crecimiento, y que su propio frente interno se divida entre los que quieren aflojar más y los que prefieren resistir y morir con las botas puestas. En eso está el kirchnerismo desde las PASO y no parece estar encontrando una vía de escape.

Las encuestas parecen indicar que los cambios que aceptaron hacer Cristina en Ganancias y Scioli en seguridad no conmueven a los votantes. El alza en el MNI de Ganancias puede que sostenga cierta recuperación que se observa en la confianza de los consumidores y la ofensiva de sobreactuada mano dura en seguridad, que la imagen pública del gobernador se tonifique, pero ni una cosa ni la otra bastarán para salvar a Insaurralde, empantanado por debajo del 30% mientras Massa se acerca ya a 45.

 Alarmados por la situación, el propio candidato y otros barones del conurbano apuntaron sus cañones la semana que pasó contra Moreno y la inflación.  Insaurralde lanzó una crítica apenas velada al Indec, habló de una preocupación seria por los precios y varios de sus pares directamente filtraron a los medios que Cristina debería sacarse de encima al secretario de Comercio. La intensidad que alcanzan estos conflictos en el frente interno oficial quedó a la luz en la respuesta de Moreno: ventiló los servicios con los que el ahora intendente de Lomas de Zamora habría iniciado su carrera en el distrito: cobrando coimas al juego clandestino.

¿Quiénes tienen más chance de imponerse, los oportunistas en campaña o el guardián del modelo? Depende del modo en que Cristina evalúe costos y beneficios, y responda la siguiente pregunta: ¿podría la eventual salida de Moreno, o al menos un sensible acotamiento de sus roles, marcar un quiebre en una campaña que parece ya jugada? Es lo que parecen creer algunos jefes distritales  bonaerenses y otros funcionarios del Ejecutivo, pero tal vez se equivoquen. Correrlo podría ser una señal de debilidad extra frente a Massa, que personalizó precisamente en Moreno sus críticas a la política económica oficial. Y brindar a la opinión la confirmación que faltaba de que es preciso acotar el poder del oficialismo para que se corrija, antes de que los problemas se sigan agravando.

El fondo del problema es que hay unas cuantas cosas que el gobierno, aunque quisiera,  ya no podría hacer, porque no tiene el tiempo necesario.  De haber desplazado a Moreno dos años atrás la “sintonía fina” hubiera podido funcionar mejor. Pero de intentarlo ahora tal vez pagaría costos inmediatos aun más altos que los que ya enfrenta, tanto en términos electorales como económicos.  Los primeros, porque los que ya no le creen tendrán más motivos para apoyar a quienes reclaman desde hace tiempo cambios como ése, en tanto los que dudan hallarán más alicientes para acompañarlos. Y los segundos porque sin el cancerbero de los precios es muy probable que la confianza en la capacidad del gobierno para mantener la inflación mínimamente bajo su control disminuya aun más.

La inflación tendería a acelerarse además si se percibiera que ya no podrá sostenerse mucho más el desequilibrio de precios relativos, y la actividad probablemente se resentiría en consecuencia antes de que se puedan crear las condiciones para una reactivación. Por lo que el gobierno de Cristina sería probablemente castigado por reconocer sus errores sin llegar a tiempo para ser premiado por haber corregido el rumbo.

Por otro lado, un cambio acotado de funcionarios podría tener un efecto dominó de impredecibles consecuencias sobre el resto del Ejecutivo. Los cuatro jinetes que manejan las riendas del monstruo en que se ha convertido el “modelo” (Moreno, Kicillof, Marcó Del Pont y Etchegaray, Lorenzino no cuenta mucho, por eso que siga o no donde está no es tan importante, ni ahora ni más adelante) actúan como peones en pugna alrededor de una reina sitiada por problemas apenas contenidos. Todos dedican buena parte de su tiempo a conspirar contra los demás, tratando de descargar en ellos la responsabilidad por problemas que no logran resolver. Por lo que podrían respirar aliviados si rodara la cabeza de alguno de sus pares. Pero de suceder algo así puede que ese alivio dure poco, porque el caído en desgracia tal vez arrastre al resto, y peor todavía, traslade la amenaza directamente sobre la propia reina, que cada vez tendrá menos margen para desentenderse de los problemas.

Sucede además que cualquier modificación discordante con la línea impuesta en los últimos años, cuyo resultado es una estrambótica pero no por ello ilógica madeja de prohibiciones, arbitrariedades y “regulaciones”, que funciona como esos desprolijos diques con que los castores frenan las aguas de los ríos, tiene más chance de abrir la grieta por la que se iniciaría el derrumbe, que de generar un rápido efecto de confianza, estabilización, mucho menos de crecimiento. Para cuando las aguas hayan recuperado su nivel natural y el río vuelva a fluir por su curso normal, Cristina habrá salido de escena y no precisamente con elegancia.

Se da así una vez más la paradoja de que cuanto más débil se vuelve un esquema económico, más motivos para un cambio se ven desde fuera del gobierno, pero más razones tiene quien está al mando para negarse a instrumentarlo, aislarse y resistir a la espera de que un evento afortunado reduzca la presión. Una situación parecida, es bueno recordar, a la que se vivió al final de la Convertibilidad. La comparación es de todos modos injusta en al menos un aspecto: la rigidez no es en el caso actual fruto de una regla estricta, ni de un esquema que en su momento fue muy exitoso y se espera lo vuelva a ser; porque el llamado “modelo” no ha dejado de mutar a lo largo de los años y está compuesto como dijimos de miles de piezas y agregados  que por sí mismos son fáciles de cambiar. Lo que es realmente rígido hoy son las pruebas de fe que se exigen y la dependencia de las personas que las ofrecen. Ellos, los jugadores, no las reglas ni los instrumentos, se han vuelto imprescindibles.

Al respecto interviene algo más que el temor a efectos no deseados de cambios que pudieran hacerse en el gabinete, o que un pragmatismo resignado ante la falta de tiempo para cambiar el curso. Pesa decisivamente también el rasgo romántico del kirchnerismo. Cristina apela cada vez más a él, por ejemplo cuando afirma que no le importa inmolarse en el fuego de una batalla en la que el bien enfrente finalmente al mal. La figura heroica de Evita capitana se eleva a su máxima expresión cuando sostiene que lo único importante es la convicción y la autenticidad. De las consecuencias, que se arreglen otros, porque si las cosas salen mal, será obviamente culpa de ellos, de la maldad que impera en el mundo, y no de quienes “ofrendan su vida”.

Desde su inicio el kirchnerismo tuvo este rasgo romántico, así como un componente estético muy acorde con él, que le permite no sólo atraer a los cultores de la imagen y la teatralidad, sino estetizar la acción política, convertir en “gestos” todas y cada una de sus decisiones de gobierno. Pero ya a esta altura es claro que estos rasgos lo dominan todo y el oficialismo se jugará su suerte por defenderlos, por salvar sino el propio interés, el derecho a un final teatral. La competencia política y el pluralismo dentro y fuera del peronismo le han puesto un freno al daño que este giro romántico puede hacerle a la democracia argentina. Pero no hay que descartar que en aras de una salida “digna” el gobierno se abrace a sus figuras y sus gestos más idiosincráticos para liberarse de las ataduras.

publicado en tn.com.ar el 9/9/2013

Posted in Política.


One Response

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  1. Tomás Lüders says

    Para un gobierno que jugó retóricamente a la ética de los principios, y mezquinó o hizo a que no jugaba a hacer política del bienestar inmediato, cualquier maniobra que apunte a esto último sonará a poco y tarde. Llegando el fin de ciclo, cualquier otro, sobre todo si hoy lleva el apellido Massa, aparece como más preparado para tal cosa. Claro está, será la realidad heredadala que defina. Esa que ni el voluntarismo de Moreno -que es Cristina- ni las miras cortas del elector no dejan ver (y que poco y nada se deja “construir” por la abigarrada teoría en la que militan las mentes más leídas de Carta Abierta)