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La exótica lógica de la política argentina reciente

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Uno va a hacerse mil veces la misma pregunta: ¿qué tiene de único la política argentina? ¿Es realmente un caso muy atípico o pensamos eso porque cualquiera que analiza su propio país cree que el suyo es un fuera de serie (más inexplicable, más interesante, más caótico, más exitoso)? La cara reciente de la misma pregunta es cuáles han sido los parámetros estructurantes de las políticas públicas en los años kirchneristas. Más allá de las múltiples novedades específicas y con enorme impacto (desde la Asignación Universal por Hijo hasta la ley de matrimonio igualitario), ¿qué patrones de larga duración son en verdad exóticos en la política argentina de la última década? Mientras el vértigo electoral concentra nuestra atención porque de ambos lados del clivaje dominante se percibe una transición de época, es clave comenzar a pasar en limpio algunos ejes de esta década política.

 Los análisis que consumimos ofrecen múltiples respuestas: el híper-presidencialismo, el peronismo, el colapso o la extrema fluidez del campo no peronista del sistema de partidos, una oposición “recalcitrante”, el poder del gran empresariado, un federalismo “perverso”, la redistribución del ingreso y su vinculación con el boom de commodities, la reconstrucción de una coalición multi-clasista de cuño populista clásico… Todos estos factores merecen pormenorizada atención, ausente en esta columna. Pero nada de esto hace tan peculiar a nuestro país. Propongo, en cambio, tres factores –sin dudas discutibles y no los únicos– que sí hacen de la Argentina de la última década un caso muy particular y que, a la vez, explican al menos una parte de “la lógica” del período post-2001-2: el corto horizonte temporal que orienta al Poder Ejecutivo; la insularidad respecto de los flujos del capital internacional; y el carácter estrecho del elenco de toma de decisiones. Los tres parámetros fueron de menos a más a lo largo de la década y, al parecer, se refuerzan mutuamente, anudando una peculiar lógica política de la Argentina reciente.

 Horizontes. En cualquier país del mundo los gobiernos se rigen por horizontes temporales relativamente cortos: hoy siempre vale más que mañana o, en la jerga politológica, es muy alto el factor de descuento del futuro. Esto es así acá, en la China y en los Estados Unidos. Pero… parece indudable que los presidentes argentinos de la post-crisis acortaron sus horizontes temporales un poco más de lo “común”. Dos políticas públicas –una del inicio y otra del final de la década– ilustran el punto: los congelamientos tarifarios y subsidios de amplio espectro y el llamado cepo cambiario. Las dos medidas pueden tener lógica siempre y cuando el “hoy es hoy” sea llevado a un extremo.

 En efecto, en el contexto de la inmediata post-crisis el congelamiento tarifario en servicios públicos trajo alivio para amplias franjas de la población y era fiscalmente muy barato: magros subsidios alcanzaban para mantener bajos los precios del agua, la electricidad, el gas y el transporte pese a la inflación creciente. Ahora bien, sólo un acortamiento significativo del horizonte temporal del Ejecutivo explica por qué la política de subsidios de amplio espectro se enraizó tan profundamente y creció con brío exponencial, al punto de volverse una trampa para sus propios creadores: cuando el horizonte no va más allá de los turnos electorales bianuales, nunca es buen momento para desactivar subsidios de amplio espectro. Aquello que empezó siendo una política fiscalmente barata se perpetuó a lo largo de la década y termina hoy con altísimos costos de oportunidad, atando de manos al Ejecutivo en su capacidad para adoptar políticas con menos “derrame inverso” sobre sectores medio-altos y altos, y termina, asimismo, siendo causa significativa del acogotamiento de divisas. El cepo cambiario, por su parte, es otro ejemplo: en lo inmediato atemperó el goteo de dólares y resulta una medida lógica sólo si se asume que incluso el futuro relativamente próximo no incide en la ecuación del Ejecutivo.

 Insularidad. Como bien articula discursivamente el gobierno, la crisis de 2008 volvió a mostrar que la plena integración de los mercados es un slogan neoliberal que en los hechos no aplican ni siquiera los países más desarrollados. Sin embargo, el grado de insularidad de la Argentina respecto de los flujos globales de capital es suficientemente más alto como para dar al caso atributos particulares. Cuando el ingreso de capitales se vuelve virtualmente imposible, los parámetros que rigen la política local cambian drásticamente y eso a su vez se convierte en condición de posibilidad de decisiones que, en perspectiva comparada, lucen llamativas.

 La insularidad financiera de la última década fue, en los inicios, un hecho heredado para los gobiernos kirchneristas ya que el default de deuda soberana más grande de la historia simplemente impuso ese escenario. Luego del canje, en cambio, el carácter isleño fue, al menos parcialmente, decidido. El punto es que una vez que la frontera financiera se estabiliza (por herencia o por decisión propia), cuando emitir señales a “los mercados” extranjeros se descarta de plano como objetivo (para emitir bonos soberanos o corporativos o para aumentar la inversión extranjera directa), la política local adquiere atributos peculiares. Así, cursos de política antes obturados se vuelven posibles, tentadores, y hasta lógicos: desde estatizar la compañía petrolera privatizada sin compensaciones significativas o expropiar, de hecho, las inversiones hundidas de compañías de servicios públicos, hasta convertir al banco central casi en un ministerio más del Ejecutivo, pasando por eliminar un sistema creíble para medir la inflación. Esta “des-globalización” financiera no haría tan llamativo al caso argentino si el país fuera un típico rentismo de recursos minerales: el aislamiento financiero no sorprende en Venezuela ni sorprendería tanto en un caso con la riqueza mineral de Chile, pero sí sorprende en nuestro país, donde la soja trae bonanza pero no rentas fiscales fáciles y despolitizadas.

 Elenco. En todos los países las decisiones cruciales se toman dentro de círculos pequeños pero la Argentina reciente sobresale por una estrechez de los elencos gobernantes que es poco común en democracias modernas. La tendencia fue creciente: en pocos años se pasó de un matrimonio gobernante de hecho con un gabinete relativamente fuerte a una sola persona con un gabinete muy débil. El punto es que esta gradual reducción hacia el núcleo durísimo genera un modo particular de producción de políticas públicas. Cuanto menor sea el número de comensales sentados a la mesa del poder, cuanto más homogéneas sean las fuentes de poder de los comensales (miembros del partido de gobierno, en contraste a miembros de un partido aliado, de una corporación, de un movimiento social…), y cuanto menor sea su autonomía intelectual respecto del líder sentado en la cabecera, mayor será la probabilidad de que las políticas públicas que surjan de la mesa produzcan efectos inesperados. En mesas de este tipo no hay tubos de ensayo suficientes para testear las ideas antes de que salgan a la cancha.

 Múltiples políticas ilustran esta dinámica. Mientras el canje de deuda contó con una mesa relativamente extensa y heterogénea, ya al promediar la década la Resolución 125 fue discutida por un elenco más estrecho y monocorde –generando un pico de efectos inesperados–, y al finalizar la década el blanqueo de capitales fue lanzado con una puesta en escena de decisión colegiada pero en los hechos el número, el tipo de pertenencia política y la autonomía intelectual de los decisores fueron estrechos. Los efectos inesperados están a la vista.

 Resulta interesante pensar que estos tres factores (cortos horizontes temporales, insularidad financiera y elencos gobernantes estrechos) han crecido en grado con el paso de los años y han tenido un efecto de retroalimentación que terminó por sedimentar una lógica que hace exótica a la Argentina reciente. Es probable que los círculos estrechos de gobierno acorten el horizonte temporal del Ejecutivo en un país donde ya desde el vamos los agentes descuentan mucho el futuro (desde ahorristas y consumidores hasta empresarios y líderes sindicales). Cuando esto sucede, es más tentador terminar de amurallarse financieramente antes que emprender el lento camino de “reintegrarse al mundo”: al descartar todo tipo de señal pro-mercados, los márgenes de acción se ensanchan, ampliando el repertorio de políticas posibles. El debate mediático ha tendido a subrayar en exceso los aspectos limitantes de ese encierro financiero sin reparar que ese curso de acción al tiempo que cierra opciones en el futuro, abre muchas nuevas en el presente. Una vez desatada esta dinámica, seguir dando sorpresas populares en el presente se torna aún más tentador para el elenco gobernante, lo que vuelve a acortar el horizonte temporal y conduce a expulsar del elenco a cualquier miembro que mencione los efectos futuros de las políticas públicas. Hoy es hoy. Así, entre los tres patrones se generan complementariedades que explican parte de la lógica o racionalidad de la época y que iluminan algunos aspectos exóticos de nuestro país.

 Argentina no es un caso único respecto de los factores que suelen subrayarse en el debate mediático. O es mucho menos único de lo que se dice. Pero la intuición sobre su excepcionalidad no es errada. Hay elementos particulares que separan al país de otros semejantes y que parecen reforzarse mutuamente, dando una lógica a los resultados de política pública de los últimos diez años. El punto, quizá, no es si éstos son exactamente los tres factores más relevantes ni si la lógica es exactamente ésta: mucho más importante, en cambio, es abandonar la pereza intelectual para preguntarse, en serio y más allá de los vaivenes electorales de coyuntura, qué es realmente lo que la política argentina tiene de único. Separar lo común de lo exótico es, por lo difícil, apasionante.

Publicado en El Estadista, 3 de octubre de 2013.

Posted in Politica Argentina.


One Response

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  1. Emilio Gaviria says

    Enfoque claro y preciso de muy alto interés. Se entronca con la realidad histórica del país, concentración unitaria y a degüello del mismo, feudalismo federal, imposicionismo ya sean conservadores, peronistas, radicales, izquierdistas, desequilibrio en la distribución de las poblaciones y recursos, con cabeza de Goliat en cuerpo débil. (E. Martínez Estrada). Poblado por habitantes sujetos al poder, con garrote o subsidio, de turno, que no somos ciudadanos, y a veces, como relámpagos, con cumplimiento de las normas. Los horizontes, insularidad y elenco, sin embargo, tengo la sensación que, también se repiten.