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Humanidad y precariedad en la imagen de Cristina

¿Cuánta  humanidad y cuánta precariedad transmite hoy la presidenta? La pregunta es pertinente para conocer las chances que tiene de de salir fortalecida de la nueva complicación de su salud. Por de pronto, de lo que no cabe duda es de que, haya manejado más o menos a conciencia los tiempos y modos en que se divulgó la noticia, a Cristina no se le escapa ninguno de los efectos políticos que pueden seguirse de ella.

Si la novedad sobre el golpe en la cabeza que sufrió tras las PASO sensibilizara a una opinión pública en los últimos tiempos indiferente a su viudez, ¿podría victimizarse frente a adversarios que le propinaron un golpe mucho más serio y concluyente a su proyecto ese 11 de agosto, y se preparan a terminar de enterrarlo dentro de tres semanas?, ¿Lograría así Cristina recentrar la atención de los electores en su persona y su voluntad, aun valoradas incluso por algunos que votan a opositores, haciendo olvidar de momento sus políticas, que generan masivos rechazos en casi todas las áreas?

El riesgo sería que la fragilidad de su salud personal se sumara a la que ya aqueja a su gestión, reforzando la imagen de un equipo cada día más desarticulado, cuyos referentes suman a su incapacidad para resolver problemas dosis crecientes de rivalidad y soberbia. ¿No terminaría de hundir las chances de sus candidatos?, ¿no alentaría a los votantes a reducir su capacidad de daño y fortalecer a quienes pueden darle mínima racionalidad al proceso de transición ya iniciado?

Recordemos que el redescrubrimiento de Cristina por parte de la sociedad tras la muerte de Néstor, del que están por cumplirse tres años, estuvo en gran medida posibilitado por un sentimiento de culpa colectiva: por haber prestado oídos a quienes le hicieran la vida imposible a su marido, por haberla criticado tanto y entonces pareció que sin fundamento, por no haber reconocido el costado humano de ambos actores políticos, en suma, por no haber valorado el sacrificio que significaba para ellos el ejercicio del poder.

Reflotar esos sentimientos puede resultar tentador cuando ya fallaron todos los artificios de la publicidad de campaña, y los alicientes de emergencia al consumo no lograron mover el amperímetro.  Pero recrear el cuadro de fines de 2010 es obviamente imposible. Así que Cristina debe saber que le toca recorrer un estrecho desfiladero. Su mes de descanso en el mejor de los casos le sumará algunos votos. Y, aun cuando eso no suceda, la ayudará a preservar su imagen en la derrota. Pero dejar el gobierno en manos de un vicepresidente impresentable y dar la sensación de un barco a la deriva podría significar que pierda por un lado lo que gane por otro. Así que es probable que se esmere por mostrarse “activa contra la recomendación de los médicos”, gobernando contra la adversidad y decidida a seguir adelante. Con lo cual tal vez se evite que le pregunten adónde ha decidido llevarnos en ésta, su hora más difícil.

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