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Gobierno débil = peronismo autónomo

La autonomía del peronismo es, desde el lunes pasado, un hecho. Para el gobierno nacional se trata, de momento, del mal menor: la alternativa, tras el resultado de las PASO, era dejar librados a los intendentes, sindicalistas y aun a los gobernadores del partido oficial a la fuerza gravitacional que sobre ellos empezaba a ejercer el massismo. De allí que la Casa Rosada aceptara resignadamente ofrecerles un cauce intermedio, no rupturista, a las expectativas de esos dirigentes por continuar en el poder más allá de 2015; aunque fuera uno que el kirchnerismo no está en condiciones de controlar.

Scioli, que había fallado en su apuesta por lograr un empate entre Massa e Insaurralde, no se equivocó ni demoró en relación al nuevo uso que podía hacer del partido: se aseguró de ser él quien convocara a la conducción justicialista, para dejar en claro que el resultado electoral no le quitaba iniciativa, que la derrota lo beneficiaba en alguna medida pues hacía más necesario que nunca su rol de garante de una transición no conflictiva, de nuevo, el mal menor entre las alternativas costosas y arriesgadas que ofrecían en su juego polarizado Cristina y Massa, y por tanto, que era el único capaz de recuperar la mayoría para que el peronismo institucional continúe en el poder y medianamente unido cuando Cristina ya no esté en la Rosada.

El resultado ha sido, hasta aquí, contundente. Y se refleja tanto en la docilidad con que el kirchnerismo duro se acomodó a los gestos y los tonos con que los peronistas clásicos manejaron la reunión del Consejo Nacional del PJ, como en el segundo plano a que quedaron relegados los gobernadores hasta aquí más afines a la Casa Rosada, como Uribarri y Capitanich, que también aspiran a la sucesión.

La pregunta que cabe hacerse es si estos logros alcanzan para habilitar la vía intermedia que pretende conducir Scioli, o si son éxitos sólo aparentes o efímeros, porque la polarización entre cristinismo y massismo no se detendrá y se llevará por delante cualquier obstáculo o corsé partidario que se le quiera contraponer. Que suceda una cosa o la otra depende en gran medida de la ventaja que obtenga Massa el 27 de octubre, de su éxito en sumar peronistas del interior, y de lo que decida Cristina respecto a la sucesión, claro, pero también de la gravedad que adquieran los problemas de gobierno de aquí en más.

Si Cristina le hiciera caso a los más fanáticos de sus seguidores y optara por un candidato leal, aunque sea para ir a una segura derrota, pero una que le permita conservar una cuota de representación propia para el “proyecto”, Scioli se quedaría rápidamente sin juego. Sólo en ese caso Massa podría hallar utilidad en participar de una interna peronista tal como la que promueve el Consejo Nacional, pero porque tendría todas las cartas para imponerse en ella.

Si en cambio la presidente desatendiera a los más fanáticos de su sector, y privilegiara la posibilidad de conservar cierta cuota de poder institucional dentro de un gobierno peronista que encabezara el actual gobernador bonaerense, entonces la candidatura de éste tendría cierta viabilidad. Pero para que tenga reales chances de triunfar aun necesitaría detener la sangría de apoyos hacia el massismo, y eso a su vez dependerá, además del arte que sea capaz de desplegar ese sector para convertir su triunfo bonaerense en trampolín hacia una gran coalición nacional, de cuánto se deteriore la situación política, económica y fiscal en los próximos tiempos.

Esta es probablemente la variable más difícil de controlar, tanto para Scioli como incluso para la propia Cristina. Porque está compuesta a su vez de múltiples factores, todos más o menos decepcionantes y cada vez más fuera del alcance de las autoridades locales: el juicio de los holdouts seguirá complicando el frente externo, y la sangría de dólares puede acelerarse, lo que impactará en el nivel de actividad y la inflación. Aunque las autoridades se nieguen a tomar cualquier medida de ajuste, y sigan emitiendo, escondiendo deuda bajo la alfombra y acumulando desequilibrios en los precios relativos, la economía privada se ocupará de ajustar por su cuenta, y lo hará seguramente en forma desordenada y socialmente injusta. Como si fuera poco, se suma a todo esto una debilidad personal de la presidente, que ha quedado a la vista dramáticamente en las últimas horas, y que si bien por un lado puede sensibilizar a la opinión pública, también alimenta temores e incertidumbres que el oficialismo no es ya capaz de atender, y la sociedad buscará cada día más que otros solucionen.

En una situación como esta, estar lejos de los pasillos del poder, y lejos sobre todo de la toma de decisiones sobre gastos, impuestos y funcionarios, dejará de ser una desventaja, como ha sido casi permanentemente en la última década, y la competencia electoral volverá a parecerse a la de fines de los ochenta o el ocaso de los noventa: una en que el palacio, con todas sus intrigas y sus déficits, enfrenta con desventaja a la calle.

Posted in Elecciones 2013, Internas abiertas, Kirchnerismo, Politica Argentina.


One Response

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  1. Carlos A. Soldan says

    Lo que Scioli parece ignorar es que ya en su momento Kirchner lo usó y lo tiró cuando no le hizo mas falta, e igualmente ahora Cristina hará lo mismo, luego de la derrota de las elecciones. Sobre todo sabiendo que intentó hacer una alianza con Massa y después tuvo miedo.