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La madre avejentada de todas las batallas

El oficialismo festejó doble. El fallo de la Corte le hizo creer que podía barrer bajo la alfombra la derrota en las parlamentarias, reducida a una anécdota ya antes por el Ejecutivo porque, como sus funcionarios se cansaron de explicarnos, el 68% de votos en contra no cuenta si no altera la composición de las cámaras. Y, mucho más importante, festejó porque le sería finalmente permitido desenmascarar y deslegitimar a los agoreros, barriendo de aquí en más fuera de la vista las “malas noticias”, esas que, según su interpretación de las cosas, enemistan al pueblo con el gobierno popular haciendo infelices a ambos.

Pero la euforia desatada en el Ministerio de la Felicidad en que el kirchnerismo ha ido convirtiendo todo el aparato estatal difícilmente logre volverse contagiosa. No sólo en la sociedad, siquiera en el propio partido de gobierno. Pues el aval de la Corte, además de ser parcial, llega tarde.

Al darle impulso al polo más virulento del oficialismo, a Sabbatella, Moreno, Bonafini y D´Elía, justo cuando el grueso del peronismo lo que espera de su gobierno es un giro hacia la atención de problemas más prácticos con criterios menos fanáticos, que permitan heredar dentro de dos años algo que mínimamente funcione, el fallo puede resultar un regalo envenenado. El reverdecer del “vamos por todo” seguramente será más aparente que real. Obligará a todos a seguir discutiendo cosas bastante inútiles, y a Clarín a continuar por otros medios su ya eterna batalla judicial. Pero tal vez al que más termine afectando sea al propio gobierno si se lanza a un nuevo round de polarización en el que, a la larga, lleva las de perder. Además de a Scioli, claro, que parece estar abonado a las malas noticias y ya no quedarle cintura para evadirse.

En segundo lugar, la buena nueva le llega tarde al gobierno porque mientras tanto fracasó en el terreno que más importaba en toda esta discusión, el de la legitimidad de las voces públicas. Basta observar lo sucedido en los últimos tiempos con las audiencias de medios para advertirlo. Como un rey Midas al revés, todo lo que tocó el oficialismo en el terreno de la comunicación lo convirtió en poco fiable, por decir lo menos. El caso más extremo ha sido el de las empresas que eran de Hadad, cuya audiencia se deshilachó en cuanto quedaron en manos de quien tiene con el estado negocios mucho más rentables que el de ser creíble ante los ciudadanos. Fenómenos como la explosión de audiencia de Radio Mitre, por encima del 50%, o Periodismo para Todos hubieran sido muy improbables sin la destrucción de los competidores de Clarín practicada por el propio gobierno.

Además, es difícil imaginar que al oficialismo le pueda servir de algo encarar otra elección más con la economía trastabillando, escándalos de corrupción dando vueltas y candidatos desafiantes enfrente, y él dedicado a bombardear a los periodistas que relatan el partido. Ya a esta altura debería ser evidente, en particular para los propios kirchneristas, que la ley de medios fue mucho más útil como argumento que como instrumento, y no sólo por cómo se la quiso aplicar sino por sus fallas de concepción y el marco que le dio la estrategia general de la comunicación oficial.

Era en alguna medida buen negocio para el gobierno en 2009, más todavía lo fue en 2011, decir que las malas noticias estaban sesgadas, eran interesadas, y se debían a que él amenazaba los intereses de los “medios concentrados”, que lo criticaban pues reaccionaban como facción. Pero sobre todo lo fue porque las amenazas no se hacían realidad: los famosos “medios concentrados” parecían entonces suficientemente fuertes para resistir sus embates, y éstos se podían hacer pasar por hondazos de David frente a Goliat, valientes lances del defensor de los débiles frente a empresarios super villanos. Ahora que el poder gubernamental está en decadencia pero su vocación por la omnipotencia es más visible, resulta mucho más peligroso para sí mismo que para los demás que se quiera, y parezca que efectivamente se puede, ejercerlo sobre el periodismo crítico. Puede dejar más a la vista su condición de abusador, encima cuando no le alcanza para consumar el abuso.

Sobre todo porque, mientras tanto, el periodismo crítico ha logrado sobreponerse a la acusación de que exageraba o directamente mentía: visto cómo han ido saliendo las cosas, en particular en la economía, pero también en relación a la probidad de los funcionarios y otros asuntos, el “Clarín Miente” también atrasa y deja al gobierno discutiendo con fantasmas que ya no asustan.

La discusión sobre los medios y su credibilidad, mientas tanto, continuará. Y cada vez más correrá por carriles que poco y nada tienen que ver con los planteos oficiales o las regulaciones de la “ley de medios”. Las preguntas que la gente se hace son otras: ¿de cuántos casos de corrupción nos enteramos en estos diez años gracias a Página 12 o a los canales de tv adictos al oficialismo?, ¿podemos creerle a un diario o a una radio que gracias a mostrarse amistosos con el poder de turno embolsan el 80 o 90% de sus ingresos totales?, ¿es bueno que los medios estén en manos de empresarios del petróleo, la obra pública u otros servicios que son tan rentables que su preservación siempre justificará sacrificar credibilidad y audiencia?, ¿qué sentido tiene que haya cadenas nacionales de noticias gubernamentales y que no pueda haberlas privadas?, ¿no habría que promover desde el estado la formación de grandes multimedios nacionales capaces de competir en el mundo cada vez más globalizado de las noticias, el entretenimiento y la cultura? Las respuestas del kirchnerismo a estas preguntas atrasan o no existen.

 

 

Posted in Política, Politica Argentina.


3 Responses

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  1. Tomás says

    Estimado Marcos, certero análisis, como siempre. Al gobierno siempre le cupo mejor el sayo del “débil” enfrentado a los “poderes reales”, los “titulares”.
    Por otra parte, La ley 26.522 ha sido ponderada -en su espíritu- por especialistas como Martín Becerra por su caracter desconcentrador (por ejemplo: http://www.perfil.com/contenidos/2013/11/02/noticia_0062.html). Becerra, aunque hoy critica la aplicación discrecional de la ley y la falta de pluralismo del gobierno, por otro, y al igual que muchos expertos, parece desentenderse de que los medios no pueden existir si no son rentables. ¿Cómo ve ustede este último punto?

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Tomás, sobre el caso que vos aludís no tengo idea, pero el argumento sobre la ausencia de relación entre rentabilidad de los medios y libertad de expresión, o en su versión extrema, la inconveniencia de que los medios busquen ser rentables, creo que anuda parte importante de las confusiones en que se asentó la “ley de medios” y se basa buena parte de la izquierda que la apoyó y apoya: es lo que le permite ignorar el hecho simple e indiscutible de que sólo en las democracias capitalistas existe libertad de expresión, y que es bueno, no malo, que sean empresarios ansiosos de ganar plata y relativamente indiferentes al contenido de las noticias que les permiten hacerlo, los que manejen una parte considerable de los medios.
    De allí esta idea absurda de limitar al 33% del espectro disponible las licencias para empresas privadas (y que se condene a universidades y ongs a gastar enorme cantidad de dinero en tener medios que pocos ven, y obviamente dependerán del subsidio gubernamental, en vez de promover que produzcan contenidos para medios privados que sepan venderlos), los límites a la posibilidad de nacionalizar canales privados de noticias, pero no los gubernamentales o “sociales”, y cosas por el estilo que se pusieron en la ley como grandes inventos “desconcentradores” pero son básicamente anticapitalistas.
    Esta idea encuentra mucho eco, creo, por la opinión muy difundida de que los empresarios, como buscan ganar dinero, están dispuestos siempre al engaño, mientras que los políticos que quieren el poder para imponer sus ideas, o los que sólo tienen ideas, los ideólogos, son sinceros y por tanto más confiables. Es curioso: en Argentina la gente que se reconoce como socialista es una minoría muy estrecha, pero los que en sus creencias y hábitos se revelan anticapitalistas son en verdad una gran mayoría, de allí el crédito de estas ideas antiempresarias, que se aplican creo a todos los asuntos y se aplican especialmente a la cuestión de los medios, y las comparten unos cuantos que no son para nada de izquierda. Incluidos algunos que son también ellos empresarios.

  3. Tomás says

    Suscribo!