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Cristina, a la hora de tragarse su orgullo

En pocos días desde que Cristina volvió de su licencia el escenario cambió y mucho. En algunos terrenos el cambio es tan acelerado y disonante con las tendencias previas que sus protagonistas se desesperan por demostrarnos que no es que el proceso político esté escapando de su control, sino que siempre quisieron llegar a dónde el destino los ha llevado. Y que lo que sacrifican en términos de lealtad a las premisas y los planes con que hasta aquí venían actuando es poco en relación a las oportunidades que ello les proveerá para realizar sus objetivos de siempre. Tal vez no les falte algo de razón: puede que el giro impuesto a la gestión por la presidente al echar a Moreno, pagarle a Repsol y acelerar el ritmo de devaluación termine siendo, como ella explicó a sus seguidores, la vía para profundizar el modelo, o al menos permitirle sobrevivir. Y algo parecido pueda decirse de la resignación de Scioli a negociar su presupuesto para el año que viene con Massa, después de intentar excluir al vencedor de octubre de cualquier acuerdo.  Aunque, huelga decirlo, es claro que en estos menesteres de tragarse el orgullo Scioli tiene tanta más experiencia que Cristina, que de lo suyo no cabe colegir nada parecido a un giro pragmático.

Quien aparece en principio como impulsor y beneficiario de estos cambios y parece estar ganando el control que otros pierden es Jorge Capitanich. Pero, ¿hay en ello algo más que apariencia? En una de esas salidas ocurrentes que la distinguen, Elisa Carrió comparó la semana pasada al nuevo jefe de gabinete con el Cavallo de la Alianza. Probablemente logró su principal cometido, irritar a los legisladores del oficialismo. Y tenga también razón en que, en el caso de Capitaniche igual que en el del Cavallo de 2001, la hiperactividad aporta más a la ilusión de control que a un control efectivo. Aunque las diferencias entre ambas situaciones y personajes no deben pasarse por alto.

En primer lugar porque Cristina dista de ser, como era el caso de De la Rúa, un jefe de estado abandonado por su partido y sin margen para maniobrar. Es más: en la propia designación de Capitanich podría verse menos la resignada e irreversible delegación de autoridad que han querido adivinar muchos analistas y más un manipulador y transitorio recurso para descargar costos.

Si después de acelerar la devaluación, ajustar tarifas y presionar a la baja los salarios aun subsiste algo del sueño presidencial del chaqueño, todavía él estará a tiro de decreto de la presidente. Que podrá descargar en el jefe de gabinete la responsabilidad por haber dado tan malas noticias y buscar a continuación otros con quienes compartir el tiempo que se haya así conseguido y el margen para reactivar los alicientes al consumo.

Finalmente, se sabe que la memoria colectiva es frágil y de muy corta duración. Y si se lograse operar en un plazo acotado aunque sea sólo parcial y desordenadamente el ajuste que hace falta, habría tiempo para que, a la hora de volver a las urnas en 2015, los disgustos y la resignación ante los límites del “modelo” hayan quedado atrás, y se vaya a votar con ánimos más optimistas que la vez pasada.

Una apuesta similar a ésta es la que guía los pasos del gobierno en relación a YPF. Acelerando el acuerdo con Repsol y el ajuste del precio de los combustibles se alcanzarían más o menos rápidamente algunas de las condiciones que hay que satisfacer para atraer inversiones. Que para 2015 estarían en condiciones de mejorar mínimamente las cuentas externas del sector y la disponibilidad de energía.

Los principales obstáculos para que la operación funcione tienen origen en las inercias instaladas tanto en la economía como en la política.

Opera ya desde hace tiempo una indexación de precios que tiene más chances de acelerarse que de moderarse con las últimas medidas dispuestas por el gobierno: las suba en las naftas, en el ritmo de devaluación y la que viene en las tarifas seguramente llevarán el piso de inflación del 25 a por lo menos el 30%. Y va a ser muy difícil hacerlo bajar de esos niveles, más todavía si al poco tiempo se vuelve a los estímulos al consumo vía emisión y gasto público.

Opera asimismo, aunque desde hace menos tiempo, en un terreno muy bien abonado por la experiencia, una inercia centrífuga en el peronismo que debilita las chances de controlar desde los despachos oficiales sus alineamientos presentes y futuros.

La resignada decisión de Scioli de negociar el presupuesto de su provincia con Massa, en este sentido, aunque es una réplica de la disposición de la presidente a tragarse el orgullo, es también una muy mala noticia para ella, y puede operar incluso como un límite para la viabilidad del giro que acaba de emprender. La apuesta de Scioli revela, en un sentido más general, que mucho de lo que Cristina quiere negarle a los gobernadores y sindicalistas ellos estarán en condiciones de proveérselo por sus propios medios, cooperando entre sí y con otros actores. Si el ejemplo cunde, y lo utilizan los gremios para conseguir de los empresarios aumentos por encima del tope establecido por las autoridades, y los demás poderes territoriales para endeudarse y gastar más allá de lo que el ahora austero Ejecutivo nacional quiera transferirles, entonces Cristina tal vez descubra, en algún momento de 2014, que con tragarse su orgullo no consiguió demasiado: tal vez por haberlo hecho demasiado tarde, apenas sólo obtenga un breve respiro.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.