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Estamos destruyendo el estado

Achicar el estado es agrandar la nación, rezaba una sentencia tristemente célebre que estábamos obligados a escuchar durante el última dictadura. Hoy día, cuando estamos destruyendo el estado a pasos agigantados, no puedo menos que recordarla. Los acontecimientos en Córdoba de días pasados son un ejemplo terrible de este proceso de destrucción que, por supuesto, tiene muchas facetas. Los episodios cordobeses ilustran al menos dos. Una de ellas es el uso de la fuerza, al interior del propio estado, para dirimir conflictos. Este ha sido, si duda, el caso de la policía de la provincia: resolvió potenciar su negociación con elementos contundentes, lo que constituyó, en esencia, un descomunal chantaje – que dejó inerme al gobierno provincial, evaporando la estatalidad y desprotegiendo barriadas enteras de cordobeses. No ha sido, igual que otras veces, ni la acción de “grupos organizados”, ni el vandalismo, ni la desintegración social, ni el hambre o el deseo de apropiarse de bienes inalcanzables, ni nada de eso, lo que desató el caos. Lo único que desató el caos, su causa necesaria y suficiente, ha sido esta forma siniestra de suscitar la implosión del estado.  El estado es, como nadie debería ignorar, un bien público; su ausencia implica poner en acto un potencial de destrucción tal que todos quedamos desprotegidos, incluyendo a gran parte de los saqueadores que aunque en el corto plazo pueden beneficiarse (casi diría que muchos están siendo empujados a saquear), en un plazo más largo no pueden sino perjudicarse por la destrucción de la que han sido también ellos más víctimas que victimarios. Claro que no estoy evocando el estado estrechamente liberal de la ley y el orden (que no cumple siquiera su promesa de suministrar de modo igualitario esos bienes); hoy día, el estado sufre implosiones en muchas de sus dimensiones (al destruir el Indec, al vaciar de todo contenido la política ambiental, etc.). Pero el modo que discutimos aquí tiene mayor visibilidad y un efecto destructivo de corto y largo plazo. Así como un rasgo particular: este modo de chantaje está directamente ligado a la violencia, precisamente al monopolio legítimo de la violencia, el núcleo duro de la legitimidad estatal. El quiebre de este compromiso básico del estado pone en peligro, por tanto, todos los otros, que dependen de él.

Pero hay otro rasgo del problema que no puede ignorarse: la brutal utilización de la gente como masa de maniobra de la disputa política. En este caso, la omisión del gobierno nacional propició, en el vacío creado por la ausencia de las fuerzas policiales, los disturbios que arrasaron la ciudad. Desde este punto de vista, no se trata de un caso excepcional. Vida y hacienda de los argentinos están así sometidos a los caprichos de una contienda insensata.

Y sin embargo, hasta ahora, los argentinos tendemos a considerar casi normal este tipo de episodios. No los aprobamos, pero, del mismo modo que con las huelgas sin restricciones en los servicios públicos, parecemos resignarnos ante ellos. Hay una cierta tolerancia social, que no sanciona con la gravedad que debe una huelga de policías y en cambio cae pesadamente sobre los efectos de la misma, en este caso los saqueos. Constatación que nos lleva a preguntarnos qué hacer. Para empezar, deberíamos poder crear un piso firme en la opinión pública argentina de repudio sin tapujos de episodios de este tipo, trátese del chantaje a los gobiernos por parte de quienes tienen la encomienda de la seguridad pública, trátese de la manipulación de la gente por parte de los propios gobiernos. Deberíamos, además, convencernos de que es perfectamente posible – con voluntad política e inteligencia – apartar a los cuerpos públicos armados de esta metodología inadmisible. Estos cuerpos no tienen cómo no acatar – sin duda luego de episodios de tensión – a un poder civil determinado y con respaldo popular. En ese sentido, la legislación debería ser revisada para ponerla a la altura de este objetivo. Por fin, la irresponsabilidad criminal de gobernantes que exponen a la población a mil peligros con tal de sacar provecho del río revuelto debería ser castigada, no solamente en las urnas, sino también en las celdas.

Estamos destruyendo el estado; como cortar la rama en la que estamos sentados, esta destrucción puede acabar por erosionar fuertemente la convivencia social y la trama de interacciones ciudadanas. Todavía estamos a tiempo para detener este proceso, no porque no haya llegado lejos, sino porque los medios para hacerlo están a disposición, aún no se hayan puesto aún en juego.

publicado en Clarin el 10/12/13

Posted in Política.


2 Responses

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  1. Marcos Novaro says

    Estimado Tito, estoy muy de acuerdo con todo lo que decís, pero ¿no te parece que la justificada crítica a las protestas policiales se está utilizando desde el gobierno como cortina para velar todo el contexto que hizo posible los estallidos (incluidos los problemas salariales del sector público en general) y descargar la responsabilidad de lo sucedido en otros, asi como antes se hacía con los medios? Si nos atenemos al discurso de Cristina, pareciera que el problema se va a resolver si volvemos a darle una carta blanca a las autoridades para que pongan en caja a esos uniformados facinerosos. No digo que eso convierta a los policías las víctimas de la situación, me pregunto simplemente: si en la etapa que se abre vamos a tener de un lado huelgas cada vez más salvajes, que uno quisiera se moderen para reducir el daño al estado y a la sociedad en general, y un gobierno cada vez más irresponsable apostando al terror para conservar apoyos, ¿cómo pesar las dos amenazas? La verdad es que me parece este último es el factor más peligroso y destructivo. ¿Vos qué pensás? Saludos

  2. Vicente says

    Hola Marcos! Estoy de acuerdo con lo que decís, el gobierno hace ese juego. Que es más perverso cuanto descarga su propia irresponsabilidad sobre responsables. Ahora, parecería que no le da ningún resultado, que la gente no se compra el buzón y hace más responsable al gobierno que a los canas. Creo que el gobierno entró en una etapa en la que haga lo que haga es condenado.

    Un abrazo,

    Tito