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A treinta años

A treinta años del fin de la Dictadura Militar, a treinta años del retorno a la democracia, la primera línea a escribirse sobre el camino recorrido en el terreno de la justicia y la memoria no puede, a mis ojos, ser otra que una constatación maravillada. Desde la asunción de Raúl Alfonsín a la presidencia, la conformación de la Conadep y el juicio a las Juntas, y más allá de los avatares sucesivos qeu pudo conocer el enjuiciamiento y la condena de los responsables del Terror en Argentina, más allá de los matices y los clarooscursos, de los debates de buena y de mala fe, una cosa es ya un legado compartido e imborrable de nuestra comunidad política: Nunca Más. Nunca más los campos de tortura, desaparición y exterminio; nunca más la apropiación de niños; nunca más el Terror estatal. No importa al Nunca Más la discusión ni sobre las causas del terror, ni sobre responsabilidades, ni tampoco la discusión interesada sobre la cifra de víctimas del Terror –ello puede ser tema para la historiografía pero no para el sobresalto ético: aquello que sucedió no debió suceder; para siempre y sin adjetivos, Nunca Más.

Importa sí, a la construcción de la memoria, de las memorias, la discusión sobre causas, sobre responsabilidades. Pero, ¿cómo construir una memoria, las memorias, de un pasado traumático sin que en los clarooscuros de la historia y las historias, de las acciones y los hechos, las creencias y los valores, las intenciones y los motivos, se desdibuje la radicalidad del Nunca Más? ¿Cómo poder a la vez mantener incólumne el trazado de la línea del Mal absoluto –los campos de tortura y exterminio como seña indeleble de un régimen de Terror- e indagar ahora sí en causas, en motivos, en responsabilidades, en otros crímenes y otros males? Ese es, entiendo, el desafío que debemos enfrentar si pretendemos mirar hacia atrás, hacia nuestras historias y nuestras memorias, con una mirada que restituya la complejidad de un pasado para, tal vez así, comprender cómo pudo un día suceder aquello que nunca debió suceder. Cómo pudo un día suceder que hombres, hasta la víspera normales, cometieran hechos monstruosos: torturar a embarazadas, robar niños, tirar gente viva al mar. Cómo pudieron tantos otros elegir no saber, cuando era muy difícil ignorar. Cómo pudo justificarse lo injustificable: los torturados, desaparecidos, los tirados vivos al mar, algo habrán hecho. ¿Cómo comprender, entonces, sin en ese movimiento difuminar la barrera del Nunca Más?

Así, solo establecido el Nunca Más como suelo de la refundación de una comunidad civilizada, bajo el cobijo compartido de esa certeza ético-política, se abre ante nosotros la posibilidad, que es también la responsabilidad ineludible, de entablar una reflexión contradictoria, seria, implacable, sobre aquellos avatares en disputa, sobre las preguntas sin respuestas, o sobre respuestas que ya han olvidado sus preguntas. Nada hay, a mi entender que, establecida la barrera infranqueable del Nunca Más, no pueda ser objeto de controversia: la construcción de la memoria exige de nosotros una multiplicidad de relatos, solo el entramado de las voces plurales podrá constituir una verdad común. Lo sabemos: no hay soluciones perfectas para la salida del horror; no hay tampoco verdades sencillas para pasados complejos.

En ese saber –no hay soluciones perfectas, no hay verdades sencillas- se ha instalado, en estos treinta años, lícita, responsable, necesaria, la controversia: acerca de si debió, o no, en 1986 y 1987 establecerse un límite en el tiempo, una diferencia en responsabilidad, entre los autores del Terror estatal; acerca de si correspondía, o no, en 2003 al Congreso declarar nulas las leyes que establecieron ese límite, esa diferencia. Acerca de si habría sido deseable, o no, en 2005, ya trazada de manera indeleble la barrera del Nunca Más, imaginar –como lo promovieron algunas voces demasiado solitarias, la de Graciela Fernández Meijide, la de Claudio Tamburrini- un mecanismo de reducción de penas, a cambio de verdades necesarias: el destino de los cuerpos, el paradero de los niños apropiados. Controversia lícita, responsable, necesaria, más allá del peligro de sus apropiaciones interesadas, irresponsables, de mala fe.

Y se ha instalado, asimismo, lícita, responsable, necesaria, la interrogación: ¿cómo pudo llegar a suceder aquello que nunca debió haber sucedido? ¿qué es aquello que en nuestra historia fue abonando el camino que un día desencadenó el Horror? Y aquí sí, nos hemos visto compelidos a enfrentar el desafío de indagar en causas, en motivos, en responsabilidades, en otros crímenes y otros males; a rememorar lo que antecedió al horror. Ha debido volver a la memoria el desprecio por las instituciones y la celebración de la violencia de los que participaron no solo los apologistas de los golpes militares sino también los integrantes de las organizaciones políticas revolucionarias mayoritarias; hubo que recordar los asesinatos de uno y otro signo que asolaron las calles del país en 1975 y restituir el clima de disolución política y el temor sordo que los acompañó. Debió interrogarse sin concesiones el modo en que la vindicación del crimen político asentada en la certidumbre de la superioridad de los propios valores pudo contribuir a pavimentar el camino del infierno que se desató más tarde. Fue necesario volver a situarnos allí, en ese momento, en que la confrontación violenta era llamada a esclarecer, por fin, quien era quien, para poder preguntarnos: ¿qué responsabilidad pudo caber no solo a quienes promovieron el golpe militar, sino también a aquellos que, en nombre de un porvenir esplendoroso, abonaron un mañana en el que germinó el horror, que los convertiría en sus principales víctimas? Nada de lo que podamos haber comprendido, nada de lo que podamos comprender podrá dar nunca la medida del Terror criminal desencadenado desde el Estado, nada de esto justificará nunca el Mal. Pero, porque es nuestra responsabilidad comprender, fue necesario remover certezas, diluir discursos petrificados, para que de sus grietas emergieran viejas y nuevas preguntas. Viejas y nuevas preguntas que con desprejuicio, inteligencia y talento, enfrentan hoy, más y mejor, nuevas generaciones de historiadores y politólogos, de cineastas y narradores –los hijos de actores y espectadores, de víctimas y victimarios de aquella tragedia.

Treinta años después, ¿se ha hecho lo debido? No hay salidas perfectas a regímenes de Terror, ni puede haber, jamás, un castigo a la medida del Mal Radical. Pero a mi entender se ha logrado lo esencial: trazar, indeleble, la barrera del Nunca Más. Lo demás ha de quedar abierto a controversia –aunque no debemos ignorar que hay un silencio que no hemos logrado horadar: ¿dónde están los centenares de niños apropiados, hoy adultos, que no han recuperado su identidad? Treinta años después, ¿se ha comprendido lo suficiente? No hay verdades sencillas para pasados complejos; pero a los relatos más simplificados del bien y el mal se han sumado voces contradictorias que sin difuminar la diferencia esencial –que distingue un régimen de Terror, tortura y campos de exterminio, del crimen político- han asumido la responsabilidad de afrontar preguntas políticas y éticas incómodas, inconvenientes, que nos fuerzan a reinterrogar nuestra historia. Hay, claro está, y las habrá siempre, voces que pretendan a la univocidad de las soluciones y respuestas, que reclamarán para ellas la suma de la legitimidad; pero hay, asimismo, numerosas voces que aportarán a su multiplicidad.

 Entonces, a treinta años del fin del Terror, a treinta años de la instauración de la democracia, celebremos el legado imborrable, infranqueable, de la barrera ética y política del Nunca Más. Y celebremos también que esa barrera haya trazado, hacia adelante, el terreno en el cual podemos debatir, y debatimos, como ciudadanos, como historiadores, como sobrevivientes, como los padres y madres de nuestros hijos, sobre los modos imperfectos de salir del horror, sobre los modos múltiples de leer el pasado, sobre los modos múltiples de imaginar el futuro.

Publicado en el diario La Nacion el 8/12/2013

Posted in Política.