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Tres décadas de Democracia

Tres décadas de democracia; ¿podemos periodizarlas atendiendo a otros procesos que no sean los ciclos políticos convencionales? Periodizar equivale forzosamente a interpretar. ¿Por qué deberíamos dejar a un lado – aunque sea provisoriamente – el proceso político institucional que pauta la periodización más familiar, para ensayar periodizaciones alternativas? Quizás porque traer a la luz otros procesos nos obliga a pensar, a interpretar de modos novedosos la complejidad de los acontecimientos. ¿Es esto posible para las tres décadas transcurridas? 1983 sucede a un colapso, el de un régimen militar que parecía omnipotente. El colapso no es tanto su derrota en Malvinas como su derrumbe, en el cual la sociedad argentina tuvo muy poco que ver. El retorno al orden constitucional nos cayó sobre la cabeza del mismo modo que el colapso de los militares. Y, como en una herida purulenta, también afloró la represión militar. Un líder político especialmente talentoso y osado fue capaz de convertir orden constitucional en democracia y represión en derechos humanos. Democracia y derechos humanos se articularon estrechamente para formar un consenso social inusitado en la Argentina de las facciones y de las agrias luchas que atraviesan épocas y regímenes. Ese consenso se erigía en contra de una dictadura cuasi totalitaria y de una represión monstruosa en sus dimensiones, alcances y propósitos. En el fondo, está expresado (como sostiene Claudia Hilb aquí mismo) en el Nunca más: se trataba de dos experiencias extremas (ahora, inclusive, para quienes no las habían vivido en su momento como tales) que la Argentina entera decidía que no volverían a repetirse. La lectura de quien elaboraría más finamente ese consenso político consistía en postular, innovadoramente, que bajo una dictadura los derechos más básicos estaban en peligro – leyendo tanto las experiencias dictatoriales sucedidas como aquellas, posibles, de las que había que preservar el futuro – y solamente la democracia podía ser la casa común en la que protegernos. El consenso parecía haber creado, o al menos estar creando, una nueva cultura política democrática entre los argentinos, al acunar valores y preferencias que adquirían raíces. Y que se traducían en prácticas, en los partidos, las instituciones educativas, los barrios, etc. Nacido precipitadamente en vísperas de la democracia, el consenso fue sin embargo muy duradero – se extendió al menos hasta las hiperinflaciones de 1989-90 –, y dejó un sedimento de inapreciable importancia: las preferencias ciudadanas por el régimen democrático y su inclinación a concebirlo como el único abrigo posible de los derechos se han mantenido altas (si comparamos con niveles latinoamericanos) desde entonces. Ya en esos primeros años, este consenso fue mostrando también perfiles más problemáticos frente a un régimen nacido apenas y un estado prácticamente quebrado: el nexo entre democracia y derechos sofocaba con su potencia la relación entre ciudadanía y deberes y alimentaba la percepción de todos de que la Argentina era “un país al margen de la ley”. Lo que tornaba prácticamente imposible la tarea de consolidación de una autoridad política legítima. También en esos años la sociedad tomó conciencia de lo que entendería como una impotencia de la democracia: que la pobreza que había dejado la dictadura como una estela que se agrandaba en su curso, no solamente no sería reabsorbida sino que crecería sin descanso. Esta relación incómoda entre la sociedad como un todo y los pobres como una parte no era fácilmente argumentable para un país que había estado acostumbrado a convivir con otros niveles, muy inferiores, de pobreza, y que se resistía a reconocer que no podría resolver el problema sin costos. Porque el descubrimiento de los pobres se daba en un marco algo mayor: que la sociedad era globalmente más pobre, aunque dentro de ese globo se profundizaba la desigualdad en modos que nos eran desconocidos. Más pobres y más desiguales, los argentinos lo esperábamos sin embargo todo del régimen que habíamos recuperado y que nos había formulado rutilantes promesas a la hora de abrazarnos con él. Pero esperarlo todo equivale a no esperarlo nada; el desencanto se fue esparciendo aún antes de que el fantasma de la hiperinflación, que se pasó la década del 80 pisándonos los talones, nos alcanzara. En verdad, la hiperinflación expresó concisamente – al menos fue así leída – la totalidad de los males argentinos. Pero si era efecto, también podía ser considerada causa – y así lo fue: el exorcismo que la conjuró “definitivamente” en 1991 organizó un nuevo consenso social que desdibujó al anterior y eclipsó total o parcialmente sus elementos. Tal vez el epítome de este proceso esté dado por la facilidad con que la opinión pública creyó que los indultos a los jefes responsables de violaciones a los derechos humanos constituirían un efectivo dar vuelta la página en nuestra historia. Esta suerte de amnesia concurrió a la formación del consenso post inflacionario; este cancelaba la existencia de la pobreza y minimizaba la democracia, que pasaba a ser considerada un telón de fondo mucho más que un activo campo de tensiones entre instituciones, ciudadanos y actores colectivos. La base de este nuevo consenso no se limitaba a la estabilidad, sino que integraba una serie de creencias que constituían una genuina fe – el credo neoliberal – que se mantenía como tal a fuerza de esperarlo todo de las cosas más fáciles y esperar de Dios por la solución de las más difíciles. Porque estas últimas – reconstruir las instituciones públicas, organizar el mercado de trabajo y la estructura impositiva con eficiencia productiva, asignativa y equidad, establecer una justicia igualitaria y universal, encarar la cuestión del federalismo fiscal, etc. – no entrarían en el nuevo consenso. El nuevo consenso no consistía tanto en una tarea común como en algo ya realizado: la Argentina estaba ya en el primer mundo. Lo importante quedaría para otra oportunidad. Pero no fue por eso, como el lector sabe, que el consenso se disolvería, sino por el estallido de una crisis descomunal que ex post es fácil decir estaba inscripta en el origen – la convertibilidad – del consenso. La crisis fue tan profunda que dejó al desnudo un país con muy pocos activos aunque, sosegado el polvo de las ruinas, se hizo patente que la adhesión al régimen democrático era tan sólida como el rechazo a “todos”. Y este rechazo sentó las bases – paradójicamente – de un nuevo consenso, en el que la política (tras los años en que había sido eclipsada, según se decía, por la economía) volvía de la mano de fórmulas viejas que se anunciaban como impulsos al futuro. Ahora no se trataba de ingresar al primer mundo, o de modernizar la economía: el futuro iba a llegar gracias a una combinación de voluntarismo y recetas que tenían mucho de la fórmula autárquica del primer peronismo. Y los grandes protagonistas de los consensos previos volvían, pero muy diferentes a lo que habían sido: la democracia, los derechos humanos, regresaban con una coloratura fuertemente populista, arrinconando a la institucionalidad republicana. También volvía la retórica de la valorización del estado, apagando los fuegos privatistas de pocos años antes con un huracán que parecía inspirado no ya en los 80 sino más atrás, cuando el mundo era otro y nuestra economía también. En todo esto, la política abrevaba ávidamente del pasado. La fragilidad de ese consenso se expresaría, precisamente, en el surgimiento enérgico de una forma de protesta masiva que ya no sería explícitamente anti-partidos y que centrada en el aprecio a las instituciones buscaría influir en el proceso político. Con la perspectiva de los 30 años de democracia, la abundancia de ilusiones y desencantos, los climax seguidos al cabo de anticlimax, nos presentan un cuadro de volatilidad. A la volatilidad política, y a la económica, es preciso agregar entonces una tercera, la volatilidad en los valores, orientaciones y preferencias que si bien se alimentan del proceso político y político económico propiamente dicho, a su vez lo alimentan, mostrando que lo que parecen consensos son apenas fragilidades. ¿Tendremos una crisis, al menos un sacudón, que disloquen valores y orientaciones actualmente dominantes? Tal vez una nueva oportunidad que habría que aprovechar.

Publicado en el diario La Nacion el 8/12/2013

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