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La impopularidad de Cristina, ¿fenómeno nuevo o repetido?

¿Qué pasa por la cabeza de un líder político que se considera el salvador de su pueblo cuando ese mismo pueblo le da la espalda? ¿Reacciona razonablemente o se extravía?

Este es el dilema en que ha vuelto a caer Cristina Kirchner en las últimas semanas. Todavía después de la derrota electoral de octubre su imagen positiva era levemente superior a la negativa; parecía iba a terminar un no muy buen 2013 al menos sin repetir la mala performance de 2012, año en que perdiera al menos 20 puntos de su popularidad; e incluso algunos en su entorno creían que en virtud  de su enfermedad y de la delegación parcial de poder planteada en noviembre podría iniciar un ciclo de recuperación, o al menos preservarse de las malas noticia. Pero tras las protestas policiales, los saqueos, la aceleración inflacionaria y los cortes de luz la opinión pública experimentó un vuelco sólo comparable al vivido al estallar la crisis con el campo en marzo de 2008. En unos pocos días la presidente perdió entre 10 y 15 puntos de adhesión (según distintas encuestas, con variaciones menores, de poco más de 40 pasó a menos de 30% de apoyo) y se incrementó en igual o mayor medida su imagen negativa.

En el núcleo duro del oficialismo creen que el antecedente de lo vivido durante el conflicto por las retenciones agrarias en 2008 no es desalentador, sino todo lo contrario: igual que entonces, ahora la polarización permitirá conservar un disciplinado alineamiento del activismo y de la dirigencia, incluidos legisladores, gobernadores e intendentes, y retener un piso de 30% de adhesiones firmes en la sociedad.  Así que no habría motivos para revisar las premisas sobre las que se construyó el liderazgo “nacional y popular”, sus políticas troncales, ni tampoco para hacerse demasiada mala sangre; con tiempo, la pálida instalada circunstancialmente por “la opo” será reemplazada por una nueva ola de entusiasmo. Y la gente se dará cuenta, igual que sucedió a fines de 2010, que la que se había equivocado había sido ella, no Cristina.

Como siempre, la presidente comparte esta rígida perspectiva. De allí la insistencia con el ascenso de Milani y su coronación como Beria criollo, guardián de la seguridad y la inteligencia no del estado sino de la facción gobernante. De allí también que se haya mandado a La Cámpora a poblar de militantes/comisarios uniformados con remeras alusivas el acto de lanzamiento de un nuevo congelamiento de precios. Una escena que en cualquier otro país hubiera desatado risas, o terror, pero que en el anesteciado ambiente político argentino parece sólo haber generado indiferencia. Lo que no deja de ser comprensible dado que el congelamiento de precios nadie sabe qué congela, a qué precios ni por cuánto tiempo. Ni siquiera los gurúes adolescentes que manejan ahora las riendas en el Ministerio de Economía, y que con sus planillas “insumo-producto” quieren controlar en serio y educadamente lo que antes Moreno hacía como que controlaba a los gritos.

Sin embargo la idea de un “piso de adhesiones firmes”, sea de 30% o del número que se quiera, y de un núcleo duro de dirigentes y militantes, más allá del estrecho círculo que componen quienes dependen exclusivamente de Cristina para tener empleo y  algún futuro, carece de mayor asidero. O mejor dicho: esos pisos y núcleos probablemente existieron en el pasado y ayudaron a Cristina a atravesar su anterior valle de lágrimas frente a la sociedad, entre 2008 y 2011, cuando el kirchnerismo todavía podía hacer crecer la economía y el peronismo dependía de él para mantener el control del estado. Pero no existen desde que ambas precondiciones se evaporaron.

Al respecto es notable la diferencia de criterios que hoy plantean, precisamente, kirchneristas y peronistas. Si algo diferencia actualmente los diagnósticos sobre el presente y el futuro de estos dos espacios, que antes se confundían, es la respuesta a la pregunta “¿cuántos votos realmente le quedan hoy al kirchnerismo? Recordemos si no la brutal contestación que ofrecieron intendentes bonaerenses a los jefes de La Cámpora semanas atrás, cuando éstos reclamaron lugares en la conducción del PJ del distrito: “no les vamos a dar nada, los votos que sacamos en la provincia son nuestros, no vamos a dejar que nos sigan corriendo con el argumento de que hablan en nombre de Cristina”.

Es un recurso habitual en contextos de incertidumbre tratar de interpretar el futuro con las enseñanzas que nos brinda el pasado. Y hacerlo se justifica aun más cuando ese pasado contiene experiencias exitosas. Esto les sucede, en varios aspectos, a los kirchneristas con la “década ganada”. Pero si así ignoran diferencias evidentes entre lo que pasó y lo que puede suceder, esta forma de pensar se vuelve una trampa.

Y este es el caso, en forma visible desde 2011, y en sentido estricto desde bastante antes, desde que adoptaron una visión puramente ideológica de las razones de sus éxitos, visión que llevó a ignorar los problemas y minimizar la importancia del contexto. Esta disonancia cognitiva que afecta a Cristina y sus seguidores arrojó cada vez costos mayores para ellos mismos en los últimos años. Y de no abandonarse, bien puede derivar a problemas serios de gobernabilidad para todos nosotros en los dos años que quedan.

Los antecedentes que vendrán entonces a cuenta son bastante más remotos que los de 2008 y subsiguientes, y más incómodos: lo cierto es que tenemos experiencias de sobra en problemas de este tipo, de gobiernos que se abrazaron a instrumentos de los que creyeron dependían para controlar el contexto, y fracasaron porque no vieron que ellos se habían vuelto parte del problema, las vías por las que dicho control se les escurría de los dedos. Les pasó a los militares con el uso de la fuerza, a Alfonsín con las devaluaciones y a De la Rúa con la no devaluación.

La raíz económica de los problemas actuales emparenta el final de ciclo kirchnerista con el de las últimas administraciones radicales. Aunque su ceguera, su peculiar disonancia cognitiva, y el hecho de que las dificultades no son fruto de un ambiente particularmente desfavorable sino básicamente de muy malas decisiones de gobierno, lo asemeja más bien al ocaso de la última dictadura.  De allí que convenga recordar cómo lo último que perdieron las autoridades militares fue la popularidad. Y cuando ello sucedió, y los uniformados admitieron que ya no podrían recuperarla, era demasiado tarde para intentar cualquier cambio de política o salida negociada, pues todo lo demás había sido consumido en el altar de la opinión.

-publicado en tn.com.ar el 23/12/2013

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.